»Como mi tía ignoraba que habían engañado a doña Elena, tenía razón para hablarme así y no podía darme un consejo más discreto, por lo que me prometí seguirlo, o a lo menos aparentar un aire indiferente si no era capaz de vencer mi pasión. Sin embargo, no pude resistir al deseo de saber de qué modo se había concertado este casamiento y, para enterarme, resolví ver a la amiga de Felicia, es decir, a la señora Teodora, de quien ya os he hablado. Fuí a su casa, en donde casualmente encontré a Felicia, la cual, estando muy ajena de verme, se turbó y quiso retirarse por evitar la averiguación que juzgó querría yo hacer. La detuve y le dije: «¿Por qué huís de mí? ¿No está contenta la perjura Elena con haberme sacrificado? ¿Os ha prohibido escuchar mis quejas? ¿O tratáis solamente de evitar mi presencia por haceros un mérito con la ingrata de haberos negado a oírlas?»
«Señor—me respondió la criada—, confieso ingenuamente que vuestra presencia me confunde; no puedo veros sin sentirme despedazada de mil remordimientos. A mi ama la han seducido y yo he tenido la desgracia de ser cómplice en la seducción. A vista de esto, ¿puedo yo sin vergüenza presentarme a usted?» «¡Oh cielos!—repliqué yo con sorpresa—. ¿Qué me dices? ¡Explícate con más claridad!» Entonces la criada me contó punto por punto la estratagema de que se había valido Cambados para robarme a doña Elena, y advirtiendo que su narración me atravesaba el alma, se esforzó a consolarme. Me ofreció sus buenos oficios para con su ama; me prometió desengañarla y pintarle mi desesperación; en una palabra, no omitir nada para suavizar el rigor de mi suerte; en fin, me dió esperanzas que mitigaron algún tanto mis penas.
»Dejando a un lado las infinitas contradicciones que tuvo que sufrir de parte de doña Elena para que consintiera en verme, al fin pudo conseguirlo y resolvieron entre ellas que me introducirían secretamente en casa de don Blas la primera vez que éste saliese para una hacienda, adonde iba de tiempo en tiempo a cazar y en la que se detenía por lo común un día o dos. Este designio no tardó en ejecutarse; el marido se ausentó, de lo que advertido yo, fuí introducido en el cuarto de su mujer.
»Quise principiar la conversación con reconvenciones, pero ella me hizo callar diciéndome: «Es inútil traer a la memoria lo pasado; aquí no se trata de enternecernos uno y otro, y os engañáis si me creéis dispuesta a halagar vuestro afecto. Yo os declaro que no he dado mi consentimiento para esta secreta entrevista ni he cedido a las instancias que se me han hecho sino para deciros de viva voz que en adelante no debéis pensar mas que en olvidarme. Quizá viviría yo más satisfecha de mi suerte si ésta se hubiese unido a la vuestra; pero ya que el Cielo lo ha dispuesto de otra manera, quiero obedecer sus decretos.»
«Pues qué, señora—le respondí—, ¿no basta el haberos perdido? ¿No basta ver al dichoso don Blas poseer pacíficamente la única persona que soy capaz de amar, sino que también debo desterraros de mi pensamiento? ¡Queréis privarme de mi amor y quitarme el único bien que me queda! ¡Ah, cruel! ¿Pensáis que sea posible que un hombre a quien robasteis el corazón vuelva a recobrarle? ¡Conoceos más bien que os conocéis y dejaos de exhortarme en vano a que os borre de mi memoria!» «Está bien—replicó ella con precipitación—; pues cesad vos también de esperar que yo corresponda a vuestra pasión con algún agradecimiento. Sólo una palabra tengo que deciros: la esposa de don Blas no será la amante de don Gastón. Caminad sobre este supuesto. Retiraos—añadió—y acabemos prontamente una conversación de que me reprendo a mí misma, a pesar de la pureza de mis intenciones, y que miraría como un crimen si la prolongase.»
»Al oír estas palabras, que me privaban de toda esperanza, me arrojé a los pies de doña Elena; habléle con la mayor ternura y empleé hasta lágrimas para enternecerla; pero todo esto no sirvió mas que de excitar acaso algunos afectos de lástima, que tuvo buen cuidado de ocultar y que sacrificó a su deber. Después de haber apurado infructuosamente las expresiones amorosas, los ruegos y las lágrimas, mi cariño se convirtió de repente en furor y saqué la espada con intento de atravesarme con ella a presencia de la inexorable Elena, que apenas advirtió mi acción cuando se arrojó a mí para precaver sus consecuencias. «¡Deteneos, Cogollos!—me dijo—. ¿Es este el modo que tenéis de mirar por mi reputación? Quitándoos así la vida, vais a deshonrarme y hacer pasar a mi marido por un asesino.»
»En la desesperación de que estaba dominado, muy lejos de atender a estas palabras como debía, no pensaba mas que en burlar los esfuerzos que hacían el ama y la criada para salvarme de mi funesta mano. Sin duda hubiera conseguido demasiado pronto mi intento si don Blas, que estaba avisado de nuestra entrevista y que en lugar de ir a su hacienda se había escondido detrás de un tapiz para oír nuestra conversación, no hubiera acudido corriendo a unirse a ellas. «¡Señor don Gastón—exclamó, deteniéndome el brazo—, recóbrese usted y no se rinda cobardemente al furioso enajenamiento que le agita!»
»Yo interrumpí a Cambados diciéndole: «¿Es usted quien me impide ejecutar mi resolución, cuando debiera atravesar mi pecho con un puñal? Mi amor, aunque desgraciado, os ofende. ¿No basta que me sorprendáis de noche en el cuarto de vuestra esposa? ¿Se necesita más para excitar vuestra venganza? ¡Traspasadme para libraros de un hombre que no puede dejar de adorar a doña Elena sino cesando de vivir!» «En vano—me respondió don Blas—procura usted interesar mi honor para que le dé la muerte. Bastante castigado queda usted de su temeridad, y yo agradezco tanto a mi esposa sus sentimientos virtuosos, que le perdono la ocasión en que los ha manifestado. Creedme, Cogollos—añadió—, no os desesperéis como un débil amante; someteos con valor a la necesidad.»
»El prudente gallego, con estas y otras semejantes expresiones, calmó poco a poco mi arrebato y despertó mi virtud. Me retiré con ánimo de alejarme de Elena y de los lugares que habitaba, y dos días después me volví a Madrid, en donde, no queriendo ya ocuparme sino en el cuidado de mi fortuna, comencé a presentarme en la corte y a ganar en ella amigos. Pero he tenido la desgracia de contraer una estrecha amistad con el marqués de Villarreal, gran señor portugués, el cual, por haberse sospechado de él que pensaba en libertar a Portugal del dominio de los españoles, está hoy en el castillo de Alicante. Como el duque de Lerma ha sabido que yo era íntimo amigo de este señor, me ha hecho también prender y conducir aquí. Este ministro cree que puedo ser cómplice en tal proyecto, ultraje que es más sensible para un hombre noble y castellano.»
Aquí cesó de hablar don Gastón y yo le consolé diciendo: «Caballero, el honor de usted no puede recibir lesión alguna en esta desgracia, la cual en adelante sin duda será a usted de provecho. Cuando el duque de Lerma se entere de su inocencia, no dejará de darle un empleo importante para restablecer la buena opinión de un caballero acusado injustamente de traición.»