«Caballero—me dijo uno de los médicos—, es necesario ante todas cosas que usted tenga confianza en nosotros.» «La tengo muy grande—le respondí—, pues estoy cierto de que con la asistencia de ustedes quedaré curado de todos mis males en pocos días.» «Sí—respondió—, lo quedará usted mediante Dios, y nosotros haremos a lo menos lo que esté de nuestra parte para ello.» En efecto, estos señores se portaron tan maravillosamente, que a ojos vistas me iban llevando a la sepultura. Desconfiado ya don Andrés de mi curación, hizo venir un religioso de San Francisco para que me ayudase a bien morir. El buen padre, después de haber hecho su deber, se retiró, y yo, viéndome en mi última hora, hice señas a Escipión para que se acercara a mi cama. «Amado amigo mío—le dije con una voz casi apagada; tal era la debilidad que las medicinas y sangrías me habían causado—, de los dos talegos que hay en casa de Gabriel, te dejo uno y te suplico lleves el otro a Asturias a mis padres, quienes, si todavía viven, estarán necesitados. Pero, ¡ay de mí, temo mucho que no han de haber podido sobrevivir a mi ingratitud! Lo que Moscada sin duda les habrá contado de mi dureza quizá les habrá causado la muerte. Si el Cielo los ha conservado a pesar de la indiferencia con que he pagado su ternura, les darás el talego de doblones, suplicándoles me perdonen mi mala correspondencia, y si han muerto te encargo emplees el dinero en pedir al Cielo por el descanso de sus almas y la mía.» Diciendo esto, le alargué una mano, que bañó con sus lágrimas sin poder responderme una palabra; tal era la aflicción que tenía el pobre mozo de mi pérdida; lo que prueba que el llanto de un heredero no es siempre risa disimulada.

Esperaba, pues, experimentar el trance de la muerte, y, no obstante, me engañé. Habiéndome desahuciado mis doctores y dejado campo libre a la naturaleza, ésta fué la que me sacó del peligro. La calentura, que, según su pronóstico, debía llevarme al otro mundo, quiso desmentirlos y me dejó. Poco a poco me restablecí con la mayor felicidad y un perfecto sosiego de espíritu fué el fruto de mi mal. Ya entonces no necesité de consuelo; antes bien, miré las riquezas y honores con aquel desprecio que inspira la cercanía de la muerte, y, vuelto en mí mismo, bendecía mi desgracia y daba gracias al Cielo, como si me hubiese hecho un favor particular, e hice firme propósito de no volver más a la corte, aun cuando el duque de Lerma quisiese llamarme a ella, con ánimo, si salía de la prisión, de comprar una casa de campo y vivir en ella como un filósofo.

Escipión aprobó mi pensamiento y me dijo que, para que tuviese efecto cuanto antes, pensaba volver a Madrid a solicitar mi soltura. «Me ha ocurrido una cosa—añadió—. Conozco a una persona que podrá servirnos, y es la criada favorita del ama de leche del príncipe, que es una muchacha de entendimiento. Voy a que hable a su ama y a poner todos los medios imaginables para sacar a usted de esta torre, en donde, aunque se le dé el mejor trato, siempre es prisión.» «Dices bien—le respondí—. Vé, amigo mío, sin perder tiempo, a dar principio a esa diligencia. ¡Pluguiese al Cielo que estuviéramos ya en nuestro retiro!»


CAPITULO IX

Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron los dos después de haber salido de la torre de Segovia y conversación que tuvieron.

Salió, pues, Escipión para Madrid, y yo, ínterin volvía, me dediqué a la lectura. Tordesillas me suministraba más libros de los que yo quería, los que le prestaba un comendador viejo que no sabía leer, pero que, queriendo hacer ostentación de hombre sabio, tenía una gran librería. Sobre todo me agradaban las buenas obras morales, porque encontraba en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban mi aversión a la corte y la afición que había cobrado a la soledad.

Tres semanas estuve sin oír hablar de mi agente, el cual volvió en fin y me dijo muy contento: «¡Ahora sí, señor de Santillana, que traigo a usted buenas nuevas! La señora ama ha tomado cartas por usted. Su criada, a mis ruegos, y mediante cien doblones que le he ofrecido, ha tenido la bondad de moverla a que pida al príncipe solicite vuestra soltura, y éste, que, como otras veces he dicho a usted, nada le niega, ha prometido hablar al rey su padre a fin de conseguirla. He venido a toda prisa a decíroslo y con la misma vuelvo a dar la última mano a mi obra.» Diciendo esto me dejó y volvió a tomar el camino de la corte.

No fué largo su tercer viaje. Al cabo de ocho días estuvo de vuelta y me dijo que el príncipe había, aunque no sin trabajo, obtenido del rey mi libertad, lo cual en el mismo día me confirmó el señor alcaide, quien vino a decirme abrazándome: «Mi amado Gil Blas, gracias al Cielo, usted ya está libre y tiene abiertas las puertas de esta prisión; pero las dos condiciones con que se le concede a usted esta libertad quizá le darán mucha pena y siento verme en la obligación de hacérselas saber. Su Majestad prohibe a usted se presente en la corte y le manda salir de las dos Castillas en el término de un mes. Me es de gran mortificación el que se le prohiba a usted ir a la corte.» «Pues yo estoy muy contento—le respondí—. ¡Bien sabe Dios lo que pienso de ella! Sólo esperaba del rey una gracia, y me ha hecho dos.»

Viéndome ya libre, hice alquilar dos mulas, en las cuales salimos el día siguiente mi confidente y yo, después de haberme despedido de Cogollos y dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores que me había hecho. Tomamos alegremente el camino de Madrid para recoger del señor Gabriel los dos talegos, en cada uno de los cuales había quinientos doblones de a ocho. En el camino me dijo mi compañero: «Si no tenemos bastante dinero para comprar una hacienda magnífica, a lo menos habrá para una mediana.» «Yo me daría por feliz—le respondí—aun cuando no tuviese mas que una choza; en ella estaría contento con mi suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de mi carrera, estoy tan desengañado del mundo, que sólo quiero vivir para mí. Además de esto, te digo que me he formado de los placeres de la vida campestre una idea que me embelesa y hace que los goce con anticipación. Me parece que ya veo el esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseñores y el murmullo de los arroyos; que unas veces creo divertirme en la caza y otras en la pesca. Imagínate, amigo mío, los diferentes recreos que nos esperan en la soledad y tendrás tanta complacencia como yo. En orden a nuestro sustento, el más simple será el mejor; un pedazo de pan podrá satisfacernos cuando nos atormente el hambre, y el apetito con que lo comamos nos le hará parecer muy sabroso. El deleite no consiste en la bondad de los alimentos exquisitos, sino en nosotros, y esto es tanta verdad como que mis comidas más delicadas no son aquellas en que veo reinar el arte y la abundancia. La frugalidad es una fuente de delicias maravillosa para conservar la salud.»