«Con el permiso de usted, señor Gil Blas—me interrumpió mi secretario—, yo no soy enteramente de su opinión sobre la supuesta frugalidad con que usted quiere obsequiarme. ¿Por qué nos hemos de mantener como unos Diógenes? Aun cuando comamos bien, no caeremos enfermos por eso. Créame usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con qué vivir cómodamente en nuestro retiro, no le hagamos la mansión del hambre y de la pobreza. Luego que tengamos una hacienda, será preciso abastecerla de buenos vinos y de todas las demás provisiones convenientes a personas de entendimiento, que no dejan el trato humano para renunciar a las comodidades de la vida, sino más bien para gozarlas con más quietud. Lo que cada uno tiene en su casa—dice Hesíodo—no daña, en lugar de que lo que no se tiene puede dañar. Vale más—añade—tener uno en su casa las cosas necesarias que desear tenerlas.»
«¡Qué diablos es eso, señor Escipión!—interrumpí—. ¿Usted ha manejado los poetas griegos? ¡Hola! ¿En dónde leyó usted a Hesíodo?» «En casa de un sabio—respondió—. Serví algún tiempo en Salamanca a un pedante que era un gran comentador; en un abrir y cerrar de ojos componía un grueso volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos, que extractaba de los libros de su biblioteca y traducía al castellano. Como yo era su amanuense, he retenido no sé cuántas sentencias, todas tan notables como las que acabo de citar.» «Siendo así—le repliqué—, tienes la memoria bien adornada. Pero, viniendo a nuestro proyecto, ¿en qué reino de España te parece del caso que fijemos nuestra residencia filosófica?» «Yo opino por Aragón—respondió mi confidente—; allí encontraremos sitios muy amenos, en donde podremos pasar una vida deleitosa.» «Está bien—le dije—, sea así. Detengámonos en Aragón; consiento en ello. ¡Ojalá descubramos una morada que me proporcione todos los placeres con que se recrea mi imaginación!»
CAPITULO X
De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién encontró Gil Blas en la calle, y de lo que siguió a este encuentro.
Luego que llegamos a Madrid fuimos a apearnos a una pequeña posada, en la cual se había alojado Escipión en sus viajes. Lo primero que hicimos fué ir a casa de Salero a recoger nuestros doblones. Recibiónos muy bien; me manifestó se alegraba mucho de verme en libertad. «Aseguro a usted—añadió—que he sentido mucho su desgracia, la cual me ha disgustado de la amistad de las gentes de la Corte, cuyas fortunas están muy en el aire. He casado a mi hija Gabriela con un rico mercader.» «Usted ha obrado con juicio—le respondí—. Además de que este partido es más sólido, un plebeyo que llega a ser suegro de un noble no está siempre gustoso con su señor yerno.»
Después, mudando de conversación y viniendo a nuestro asunto, proseguí: «Señor Gabriel, háganos usted el favor, si gusta, de entregarnos los dos mil doblones que...» «Vuestro dinero está pronto—interrumpió el platero, el cual, habiéndonos hecho pasar a su gabinete, nos mostró dos talegos en los cuales había unos rótulos que decían: «Estos talegos de doblones son del señor Gil Blas de Santillana.»—. Ved aquí—me dijo—el depósito tal como se me confió.»
Di gracias a Salero del favor que me había hecho, y muy consolado de haberme quedado sin su hija, nos llevamos los talegos a la posada, en donde contamos nuestras monedas. La cuenta se encontró cabal, rebajados los cincuenta doblones que se habían gastado en conseguir mi libertad. Ya no pensamos mas que en disponernos para ir a Aragón. Mi secretario tomó a su cargo comprar una silla volante y dos mulas. Yo por mi parte cuidé de la compra de ropa blanca y vestidos. En una de las veces que iba arriba y abajo a estas compras encontré al barón de Steinbach, aquel oficial de la guardia alemana en cuya casa se había criado don Alfonso.
Saludé a este caballero alemán, quien, habiéndome también conocido, se vino a mí y me abrazó. «Me alegro en extremo—le dije—de ver a su señoría en tan buena salud y al mismo tiempo de tener ocasión de saber de mis amados señores don César y don Alfonso de Leiva.» «Puedo dar a usted noticias suyas muy ciertas—me respondió—, pues ambos están actualmente en Madrid y en mi casa. Tres meses hace que vinieron a la corte a dar gracias al rey de un empleo que su majestad ha conferido a don Alfonso en premio de los servicios que sus abuelos hicieron al Estado; le ha nombrado gobernador de la ciudad de Valencia, sin que le haya pedido este cargo ni solicitándolo por otra persona. No se ha hecho una gracia más espontánea, lo cual prueba que nuestro monarca gusta de recompensar el valor.»
Aunque yo sabía mejor que Steinbach el origen de esto, no manifesté saber la menor cosa de lo que me contaba y sí un deseo tan vivo de saludar a mis antiguos amos, que para satisfacerlo me condujo inmediatamente a su casa. Yo quería probar a don Alfonso y juzgar por su recibimiento si me estimaba todavía. Le encontré en una sala jugando al ajedrez con la baronesa de Steinbach. Luego que me conoció, dejó el juego y se vino a mí arrebatado de gozo, y estrechándome entre sus brazos me dijo en un tono que manifestaba una ingenua alegría: «¡Santillana! ¡Conque al fin vuelvo a verte! ¡Estoy loco de contento! No ha estado en mi mano el que no hayamos permanecido siempre juntos; yo te rogué, si haces memoria, que no te fueras de la casa de Leiva, y tú no hiciste caso de mis ruegos. No obstante, no te lo imputo a delito; antes bien, te agradezco el motivo de tu ida; pero desde entonces debieras haberme escrito y ahorrarme el trabajo de hacerte buscar inútilmente en Granada, en donde mi cuñado don Fernando me había escrito que estabas. Después de esta ligera reconvención—continuó—, dime qué haces en Madrid. Regularmente tendrás aquí algún empleo. Ten por cierto que me intereso ahora más que nunca en tu bien.» «Señor—le respondí—, no hace todavía cuatro meses que ocupaba en la corte un puesto de bastante consideración. Tenía la honra de ser secretario y confidente del duque de Lerma.» «¡Es posible!—exclamó don Alfonso con grande asombro—. ¡Qué! ¿Has merecido tú la confianza de este primer ministro?» «Logré su favor—respondí—y le perdí del modo que voy a decir.» Entonces le conté toda esta historia y concluí mi narrativa exponiéndole la determinación que había tomado de comprar, con lo poco que me quedaba de mi prosperidad pasada, una pobre choza para pasar en ella una vida retirada.