El hijo de don César, después de haberme oído con mucha atención, me dijo: «Mi amado Gil Blas, ya sabes que siempre te he querido y ahora más que nunca. Pues el Cielo me ha puesto en estado de poder aumentar tus bienes, quiero que no seas más tiempo juguete de la fortuna. Para libertarte de su poder, te quiero dar una hacienda que no podrá quitarte, y pues estás determinado a vivir en el campo, te doy una pequeña quinta que tenemos cerca de Liria, distante cuatro leguas de Valencia, que ya has visto tú. Este regalo podemos hacerlo sin incomodarnos, y me atrevo a asegurar que mi padre no desaprobará esta determinación y que Serafina recibirá en ello gran contento.»

Me arrojé a los pies de don Alfonso, quien al momento me hizo levantar; le besé la mano y, más enamorado de su buen corazón que de su beneficio, le dije: «Señor, vuestras finezas me cautivan. El don que me hacéis me es tanto más agradable cuanto que precede al agradecimiento de un favor que yo he hecho a ustedes y más bien quiero deberlo a su generosidad que a su gratitud.» Mi gobernador se quedó algo suspenso de lo que oía y no pudo menos de preguntarme de qué favor le hablaba. Díjeselo con todas sus circunstancias, lo cual aumentó su admiración. Estaba muy lejos de pensar, como el barón de Steinbach, que el Gobierno de la ciudad de Valencia se le hubiese dado por mediación mía. No obstante, no teniendo ya duda de ello, me dijo: «Gil Blas, pues que te debo mi empleo, no quiero darte sólo la pequeña hacienda de Liria: quiero agregar a ella dos mil ducados de renta al año.»

«¡Alto ahí, señor don Alfonso!—interrumpí—. ¡No despierte usted mi codicia! Los bienes no sirven mas que para corromper mis costumbres, como harto lo tengo experimentado. Acepto gustoso vuestra quinta de Liria. En ella viviré cómodamente con lo que tengo. Por otra parte, esto me es suficiente, y, lejos de desear más, primero consentiré en perder todo lo que hay de superfluo en lo que poseo. Las riquezas son una carga en un retiro en donde sólo se busca la tranquilidad.»

Don César llegó cuando estábamos en esta conversación. No manifestó al verme menos alegría que su hijo, y cuando supo el motivo del agradecimiento a que me estaba obligada su familia, se empeñó en que había de aceptar yo la renta, lo cual rehusé de nuevo. En fin, el padre y el hijo me condujeron a casa de un escribano, en donde otorgaron la escritura de donación, que ambos firmaron con más gusto que si fuera un instrumento a favor suyo. Finalizado el contrato, me lo entregaron, diciendo que la hacienda de Liria ya no era suya y que fuese cuando quisiese a tomar posesión de ella. Después se volvieron a casa del barón de Steinbach y yo fuí volando a la posada, en donde dejé pasmado a mi secretario cuando le dije que teníamos una hacienda en el reino de Valencia y le conté el modo como acababa de adquirirla. «¿Cuánto puede producir esta pequeña heredad?», me dijo. «Quinientos ducados de renta—le respondí—, y puedo asegurarte que es una amena soledad. Yo la he visto, por haber estado en ella muchas veces en calidad de mayordomo de los señores de Leiva. Es una casa pequeña, situada a la orilla del Guadalaviar, en una aldea de cinco o seis vecinos y en un país hermosísimo.»

«Lo que me gusta mucho—exclamó Escipión—es que tendremos allí caza, vino de Benicarló y excelente moscatel. ¡Vamos, amo mío, démonos prisa a dejar el mundo y llegar a nuestra ermita!» «No tengo menos deseo que tú—le respondí—de estar allá; pero antes es preciso hacer un viaje a Asturias, porque mis padres no deben de hallarse en buen estado. Quiero ir a verlos y llevármelos a Liria, en donde pasarán sus últimos días con descanso. Acaso me habrá el Cielo deparado este asilo para recibirlos en él, y si dejara de hacerlo así, me castigaría.» Escipión apoyó mucho mi determinación y aun me excitó a ejecutarla. «No perdamos tiempo—me dijo—; ya tengo carruaje. Compremos prontamente mulas y tomemos el camino de Oviedo.» «Sí, amigo mío—le respondí—, marchemos cuanto antes. Me es indispensable repartir las conveniencias de mi retiro con los que me han dado el ser. Presto estaremos de vuelta en nuestra aldea, y en llegando quiero escribir en letras de oro sobre la puerta de mi casa estos dos versos latinos:

Inveni portum: Spes et Fortuna, valete:

Sat me ludistis; ludite nunc alios[1]

[1]Hallé ya el puerto. ¡Adiós, Esperanza y Fortuna!
¡Bastante me burlasteis! ¡Burlaos ya de otros!