LIBRO DECIMO

CAPITULO PRIMERO

Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se encuentra casualmente con el señor Manuel Ordóñez, administrador del hospital.

Cuando me estaba disponiendo a salir de Madrid con Escipión para ir a Asturias, el duque de Lerma fué creado cardenal por la Santidad de Paulo V. Queriendo este Papa establecer la Inquisición en el reino de Nápoles, honró con el capelo a este ministro para empeñarle a hacer que el rey Felipe aprobase tan laudable designio. A todos los que conocían perfectamente a este nuevo miembro del Sacro Colegio les pareció, como a mí, que la Iglesia acababa de hacer una excelente adquisición.

Escipión, que hubiera querido más volver a verme en un puesto brillante de la corte que sepultado en un retiro, me aconsejó que me presentase al nuevo cardenal. «Puede ser—me dijo—que su eminencia, viéndole a usted fuera de la prisión por orden del rey, no crea ya deber fingirse irritado contra usted y podrá admitirle de nuevo a su servicio.» «Señor Escipión—le respondí—, usted ha olvidado sin duda que sólo conseguí la libertad bajo condición de salir inmediatamente de las dos Castillas. Fuera de eso, ¿me crees ya disgustado de mi quinta de Liria? Ya te lo he dicho, y te lo vuelvo a repetir, que aunque el duque de Lerma me restituyese a su gracia y me ofreciese el mismo puesto que ocupa don Rodrigo Calderón, lo renunciaría. Mi determinación está tomada. Quiero ir a Oviedo a buscar a mis padres y retirarme con ellos a las cercanías de la ciudad de Valencia. En cuanto a ti, amigo mío, si estás arrepentido de unir tu suerte con la mía, no tienes mas que decirlo, que estoy pronto a darte la mitad del dinero que tengo y te quedarás en Madrid, en donde adelantarás tu fortuna hasta donde pudieres.»

«¿Cómo así?—replicó mi secretario, algo resentido de estas expresiones—. ¿Es posible que usted sospeche que sea yo capaz de tener repugnancia a seguirle a su retiro? Esa sospecha ofende mi celo y mi inclinación. Pues qué, Escipión, aquel fiel criado que por tomar parte en sus penas hubiera pasado con gusto el resto de sus días con usted en el alcázar de Segovia, ¿tendría ahora repugnancia en acompañarle en una mansión donde espera gozar mil delicias? ¡No, señor, no! Ninguna gana tengo de disuadir a usted de su resolución; pero quiero confesarle mi malicia: si le aconsejé que se presentase al duque de Lerma fué únicamente para sondearle y ver si todavía le quedaban algunas reliquias de ambición. ¡Ea, pues; ya que se halla usted tan desprendido de las grandezas, abandonemos prontamente la corte para ir a disfrutar de aquellos inocentes y deliciosos placeres de que nos formamos una idea tan risueña!»

Con efecto, poco después salimos de Madrid en una silla tirada de dos buenas mulas, guiadas por un mozo que tuve por conveniente agregar a mi comitiva. Dormimos el primer día en Galapagar, al pie de Guadarrama; el segundo, en Segovia, de donde salí sin detenerme a visitar al generoso alcaide Tordesillas; pasé por Portillo y llegué al día siguiente a Valladolid. Al descubrir esta ciudad no pude menos de dar un profundo suspiro, que habiéndolo oído mi compañero, me preguntó la causa. «Hijo mío—le dije—, es la de que ejercí mucho tiempo en Valladolid la Medicina, y sobre este punto me están atormentando los remordimientos secretos de mi conciencia, pues me parece que todos aquellos que maté salen de sus sepulcros para venir a despedazarme.» «¡Qué imaginación!—dijo mi secretario—. ¡Sin duda, señor de Santillana, que es usted un pobre hombre! ¿Por qué se arrepiente usted de haber hecho su oficio? ¿Por ventura los doctores ancianos sienten los mismos remordimientos? No, señor; llevan la suya adelante con el mayor sosiego del mundo, imputando a la Naturaleza los accidentes funestos y atribuyéndose a ellos solamente los felices.»

«En verdad—repuse—que el doctor Sangredo, cuyo método seguía yo fielmente, era de este carácter. Aunque viese morir cada día veinte enfermos entre sus manos, vivía tan persuadido de la excelencia de la sangría del brazo y de la bebida frecuente, a las cuales llamaba sus dos específicos para todo género de enfermedades, que si morían los pacientes lo achacaba siempre a haber bebido poco y a que no los habían sangrado bastante.» «¡Vive diez—exclamó Escipión dando una carcajada—, que me cita usted un sujeto original!» «Si tienes curiosidad de verle y oírle—repuse yo—, mañana la podrás satisfacer, como no haya muerto y esté en Valladolid, lo que dudo mucho, porque ya era viejo cuando le dejé y desde entonces acá se han pasado bastantes años.»

Lo primero que hicimos así que llegamos al mesón adonde fuimos a apearnos fué preguntar por el tal doctor. Supimos que aun no se había muerto, pero que, no pudiendo ya visitar ni hacer mucho movimiento a causa de su gran vejez, había abandonado el campo a otros tres o cuatro doctores, que habían adquirido gran fama por otro nuevo método de curar que no valía más que el suyo. Resolvimos hacer parada el día siguiente, tanto para que descansasen las mulas como por ver al doctor Sangredo. A cosa de las diez de la mañana fuimos a su casa y le hallamos sentado en una silla poltrona con un libro en la mano. Levantóse luego que nos vió, vino hacia nosotros con paso muy firme para un setentón, y nos preguntó qué le queríamos. «Pues qué, señor doctor—le respondí—, ¿es posible que ya no me conozca usted, siendo así que tuve la fortuna de haber sido uno de sus discípulos? ¿No se acuerda usted de un cierto Gil Blas que en otro tiempo fué su comensal y su sustituto?» «¿Cómo así?—me replicó dándome un abrazo—. ¿Eres tú Santillana? Cierto que no te había conocido y me alegro infinito de volverte a ver. ¿Qué has hecho después que nos separamos? Sin duda, habrás ejercido siempre la Medicina.» «Teníale—le respondí—mucha inclinación, pero razones poderosas me apartaron de ella.»

«¡Peor para ti!—replicó Sangredo—. Con los principios que aprendiste de mí hubieras llegado a ser un médico hábil, con tal que el Cielo te hubiera hecho la gracia de preservarte del peligroso amor a la química. ¡Ah hijo mío!—exclamó arrancando un doloroso suspiro—. ¡Qué novedades se han introducido en la Medicina de algunos años a esta parte! A esta arte se le quita el honor y la dignidad; esta arte, que en todos tiempos ha respetado la vida de los hombres, hoy se halla en poder de la temeridad, de la presunción y de la impericia, porque los hechos hablan y presto alzarán el grito hasta las piedras contra el desorden de los nuevos prácticos: lapides clamabunt. Se ven en esta ciudad algunos médicos, o que se llaman tales, que se han uncido al carro de triunfo del antimonio: carrus triumphalis antimonii; unos desertores de la escuela de Paracelso, adoradores del quermes y curanderos de casualidad, que hacen consistir toda la ciencia médica en saber preparar algunas drogas químicas. ¿Qué más te diré? En su método todo está desconocido: la sangría del pie, por ejemplo, en otros tiempos tan raras veces practicada, hoy es la única que se usa; los purgantes, antiguamente suaves y benignos, se han convertido en emético y en quermes. Ya todo no es mas que un caos en que cada uno se toma la libertad de hacer lo que se le antoja y traspasa los límites del orden y de la sabiduría que nuestros primitivos maestros señalaron.»