Durante nuestro paseo no estaban ociosos el cocinero, su ayudante ni el galopín. Ocupábanse todos tres en disponernos una cena superior a la comida; tanto, que cuando volvimos del paseo y entramos en la sala donde habíamos comido, quedamos muy admirados de ver poner en la mesa cuatro perdigones asados, un guisado de conejo a un lado y un capón en pepitoria al otro, sirviendo después de intermedio orejas de puerco, pollos en escabeche y crema de chocolate. Bebimos abundantemente vino de Lucena y otros muchos excelentes. Cuando conocimos que ya no podíamos beber más sin exponer nuestra salud, pensamos en irnos a acostar. Mis criados tomaron entonces luces y me condujeron al mejor cuarto, en donde me desnudaron con mucha oficiosidad; pero luego que me dieron mi bata de noche y mi gorro de dormir, los despedí diciéndoles en tono de amo: «Retiraos, que ya no os necesito para lo demás.»
Habiéndolos despachado a todos, me quedé solo con Escipión para conversar un poco con él. Preguntéle qué juicio formaba del trato que se me daba por orden de los señores de Leiva. «¡Por vida mía—me respondió—, que me parece no puede dárseos mejor y solamente deseo que esto dure mucho!» «Pues yo no lo deseo—le repliqué—. No debo permitir que mis bienhechores hagan tantos gastos por mí, porque esto sería abusar de su generosidad. Fuera de eso, tampoco me acomoda servirme de criados asalariados por otro, porque creería no hallarme en mi casa. A todo esto se añade que yo no me he retirado aquí para vivir con tanto aparato. ¿Qué necesidad tenemos de tantos criados? Bástanos, Beltrán, un cocinero, un mozo de cocina y un lacayo.» Sin embargo de que a mi secretario no le pesaría vivir siempre a costa del gobernador de Valencia, no se opuso a mi delicadeza en este punto; antes bien, conformándose con mi dictamen, aprobó la reforma que yo quería hacer. Decidido esto, se salió él de mi cuarto para retirarse al suyo.
CAPITULO IV
Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y de la buena acogida que le hizo doña Serafina.
Acabé de desnudarme y me acosté; pero viendo que no podía quedarme dormido, me abandoné a mis reflexiones. Se me representó la generosidad con que los señores de Leiva pagaban la inclinación que yo les tenía, y, sumamente agradecido a las nuevas señales que de ello me daban, resolví marchar el día siguiente a visitarlos para satisfacer la impaciencia que tenía de manifestarles mi gratitud. Ya me complacía anticipadamente la idea de volver a ver pronto a Serafina; pero este placer no era del todo completo, porque no podía pensar sin pesadumbre en que al mismo tiempo tenía que soportar la presencia de la señora Lorenza Séfora, que, pudiéndose acordar todavía del lance del bofetón, no se alegraría mucho de verme. Cansada la imaginación con todas estas especies, me quedé finalmente dormido, y no desperté hasta que empezó a dejarse ver el sol.
Me levanté con prontitud, y, enteramente puesto el pensamiento en el viaje que meditaba, tardé poco en vestirme. Al acabar entró mi secretario en mi cuarto. «Escipión—le dije—, aquí tienes a un hombre que se dispone para ir a Valencia. No puedo menos de ir inmediatamente a visitar a unos señores a quienes debo mi buena fortuna, y cada instante de tardanza en el cumplimiento de este deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo mío, te dispenso de acompañarme; quédate aquí durante mi ausencia, que no pasará de ocho días.» «Id, señor—respondió—, y cumplid con don Alfonso y su padre, que me parece agradecen el celo que se les manifiesta y que están muy reconocidos a los servicios que se les han hecho; son tan raras las personas distinguidas que tienen ese carácter, que no están por demás cualesquiera consideraciones que se les manifiesten.» Di orden a Beltrán para que se dispusiese a partir, y mientras que él preparaba las mulas tomé yo el chocolate. En seguida monté en mi silla, dejando mandado a mis criados que mirasen a mi secretario como a mi misma persona y que obedeciesen sus órdenes como las mías.
En menos de cuatro horas llegué a Valencia y fuí en derechura a apearme a las caballerizas del gobernador. Dejando allí mi carruaje, hice me condujesen al cuarto de este señor, en donde se hallaba a la sazón con su padre don César. Abrí sin ceremonia la puerta y, acercándome a los dos, «Los criados—les dije—no envían recado delante para presentarse a sus amos; aquí está un antiguo criado de vuestras señorías, que viene a ofrecerles sus respetos.» Diciendo esto, quise arrodillarme en su presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos me estrecharon entre su brazos con todas las demostraciones de una verdadera amistad. «Y bien, mi querido Santillana—me dijo don Alfonso—, ¿has ido ya a Liria a tomar posesión de tu hacienda?» «Sí, señor—le respondí—, y suplico a vuestra señoría se sirva permitirme que se la devuelva.» «¿Pues por qué?—me replicó—. ¿Has encontrado en ella alguna cosa que no te acomode?» «¡Nada de eso!—respondí—. Por lo que toca a la posesión me agrada infinito; pero lo que no me acomoda es tener en ella cocineros de arzobispo y tres veces más criados de los que he menester, ocasionando a vuestra señoría un gasto tan crecido como superfluo.»
«Si hubieras aceptado—dijo don César—la pensión de dos mil ducados que te ofrecimos en Madrid, nos hubiéramos limitado a regalarte esa quinta alhajada como está; pero no habiéndola tú querido admitir, nos pareció que en recompensa debíamos hacer lo que hicimos.» «Eso es demasiado—le respondí—; basta que vuestras señorías me favorezcan con la hacienda, que es suficiente para colmar todos mis deseos. Además de lo mucho que cuesta a vuestras señorías mantener tanta gente, aseguro que una familia tan numerosa me incomoda y me causa gran sujeción. En suma, señores—añadí—, o vuestras señorías recobran su finca o dígnense dejármela gozar a mi modo.» Pronuncié estas últimas palabras con tanta entereza, que padre e hijo, que de ningún modo querían violentarme, me permitieron al fin disponer de la quinta como mejor me pareciese.