Les repetía mil gracias por haberme concedido esta libertad, sin la cual yo no podía ser dichoso, cuando don Alfonso me interrumpió diciendo: «Mi querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama que tendrá singular gusto de verte.» Y hablando de este modo me tomó de la mano y me condujo al cuarto de Serafina, la cual así que me vió prorrumpió en un grito de alegría. «Señora—le dijo el gobernador—, creo que la llegada de nuestro amigo Santillana a Valencia no os será menos gustosa que a mí.» «De eso—respondió ella—el mismo Santillana debe estar muy persuadido. No ha sido capaz el tiempo de borrar de mi memoria el favor que me hizo, y añado al agradecimiento que me merece el que debo a un hombre a quien vos sois deudor.» Respondí a mi señora la gobernadora que me consideraba más que suficientemente pagado del peligro que yo había corrido juntamente con los demás que me ayudaron a librarla, exponiendo mi vida por conservar la suya, y después de muchos cumplimientos recíprocos don Alfonso me sacó fuera del cuarto de Serafina y fuimos a reunimos con don César, a quien hallamos en una sala acompañado de muchos caballeros que estaban aquel día convidados a comer.

Saludáronme todos con mucha cortesanía, y me hicieron tantos más acatamientos cuanto que supieron por don César que yo había sido uno de los principales secretarios del duque de Lerma. Y aun quizá no ignorarían la mayor parte de ellos que don Alfonso había obtenido a influjo mío el Gobierno de Valencia, porque al cabo todo se llega a saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos a la mesa sólo se habló del nuevo cardenal; unos hacían, o aparentaban hacer, grandes elogios de él, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y, como se suele decir, con la boca chica. Luego conocí que con esto querían incitarme a que hablase extensamente sobre su eminencia y que los divirtiese a costa suya. De buena gana hubiera dicho lo que pensaba de él, pero contuve la lengua, lo que me hizo pasar en el concepto de aquellos caballeros por un mozo muy discreto.

Concluída la comida, se retiraron los convidados a sus casas a dormir la siesta. Don César y su hijo, instados del mismo deseo, se encerraron en sus cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto antes una ciudad que tanto había oído alabar, salí del palacio del gobernador con ánimo de pasear las calles. Encontré a la puerta un hombre que se acercó a mí y me dijo: «¿Me dará licencia el señor de Santillana para que le salude?» Preguntéle quién era y me respondió: «Soy el ayuda de cámara del señor don César y era uno de sus lacayos cuando usted estaba de mayordomo de la casa. Todas las mañanas iba al cuarto de usted, que siempre me hacía mil favores, y le informaba de todo lo que pasaba en casa. ¿No se acuerda usted que un día le dije que el cirujano de la aldea de Leiva entraba secretamente en el cuarto de la señora Lorenza Séfora?» «De eso me acuerdo muy bien—le respondí—. Y ahora que se habla de esa dueña, ¿qué se ha hecho?» «¡Ah!—repuso él—. Luego que usted se ausentó, la pobre mujer cayó mala de pasión de ánimo, y al cabo murió más llorada del ama que del amo.»

Después que el ayuda de cámara me informó del triste fin de Séfora me pidió perdón de lo que me había detenido y me dejó proseguir mi camino. No pude menos de suspirar acordándome de aquella desdichada dueña, y, compadeciéndome de su suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin pensar que debía atribuirse más bien a su cáncer que al mérito mío de que se había prendado.

Observaba con gusto todo lo que parecía digno de ser notado en la ciudad. El palacio arzobispal entretuvo agradablemente mi vista, y lo mismo los hermosos pórticos de la Lonja; pero lo que me llevó toda la atención fué una gran casa que vi a lo lejos, en la cual entraba mucha gente. Acerquéme a ella para saber por qué acudía allí un concurso tan crecido de hombres y mujeres, y presto salí de mi curiosidad leyendo estas palabras escritas con letras de oro en una lápida de mármol negro que estaba sobre la puerta: Posada de los representantes. Leí también los carteles en los cuales los cómicos ofrecían por la primera vez aquel día la representación de una tragedia nueva de don Gabriel Triaquero.


CAPITULO V

Va Gil Blas a la comedia y ve representar una tragedia nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de Valencia.

Detúveme algunos momentos a la puerta para hacerme cargo de las personas que entraban, y habíalas de todas calidades. Vi caballeros de buena traza y ricamente vestidos y gentualla de tan mala catadura como traje. Vi varias señoras de título que se apeaban de sus coches para ir a ocupar los aposentos que habían mandado tomar y algunas aventureras que iban a caza de mentecatos. Este confuso tropel de toda clase de espectadores me inspiró el deseo de aumentar su número. Ya me disponía a tomar billete, cuando el gobernador y su esposa llegaron. Reconociéronme entre la muchedumbre y, habiéndome mandado llamar, me llevaron a su palco, en donde me senté detrás de los dos, de modo que podía hablar cómodamente con ambos. Estaba el salón lleno de gente de alto a bajo; el patio, muy apiñado, y la luneta llena de caballeros de las tres Ordenes militares. «¡Grande entrada!», dije a don Alfonso. «No hay que admirarse de eso—me respondió—, porque la tragedia que se va a representar está compuesta por don Gabriel Triaquero, apellidado el poeta de moda. Cuando los carteles de los cómicos anuncian alguna nueva composición suya, toda la ciudad de Valencia se pone en movimiento; hombres y mujeres no saben hablar de otra cosa; todos los palcos se abonan, y el día de la primera representación se estropean las gentes a la puerta por entrar, siendo así que se dobla el precio, exceptuando únicamente el del patio, a quien siempre se respeta demasiado por temor de que se altere.» «Sin duda—dije entonces al gobernador—que esa viva curiosidad del público, esa furiosa impaciencia que tiene por oír todas las composiciones nuevas de don Gabriel me dan una idea ventajosa del ingenio de ese poeta.»

Al llegar aquí nuestra conversación se dejaron ver en el teatro los actores. Callamos inmediatamente para oírlos con atención. Desde el principio comenzaron los aplausos; a cada verso se repetían, y al fin de cada jornada había un palmoteo que parecía venirse al suelo el teatro. Concluída la representación, me mostraron al autor, el cual iba modestamente por los aposentos a recoger los aplausos de que caballeros y damas le llenaban a competencia.