Nosotros volvimos al palacio del gobernador, adonde poco después llegaron tres o cuatro caballeros cruzados y dos autores antiguos muy apreciables en su clase, acompañados de un caballero de Madrid, sujeto de talento y de gusto. Todos habían estado en la comedia, y durante la cena no se habló sino de la nueva pieza. «¿Qué les parece a ustedes de la tragedia?—preguntó un caballero de Santiago—. ¿No es esto lo que se llama una obra perfecta? Pensamientos sublimes, expresiones tiernas, versificación vigorosa; nada le falta. En una palabra, es un poema compuesto para los inteligentes.» «No creo—respondió un caballero de Alcántara—que nadie pueda pensar de él de otra manera. Esta pieza tiene algunos trozos que parecen dictados por el mismo Apolo, y ciertos lances manejados con destreza; dígalo si no el señor—añadió, dirigiendo la palabra al caballero castellano—, que me parece entendido, y apuesto a que es de mi opinión.» «No apueste usted, caballero—le respondió el de Madrid con cierta risita falsa—. Yo no soy de este país; en Madrid no acostumbramos a decidir con tanta facilidad. Lejos de juzgar del mérito de una pieza que oímos por la primera vez, desconfiamos de sus bellezas cuando solamente la escuchamos en boca de los actores, y por mucha impresión que nos haga suspendemos el juicio hasta haberla leído, porque en la realidad no siempre nos causa en el papel el mismo placer que nos ha causado en la escena. Por eso antes de calificar un poema—prosiguió—lo examinamos escrupulosamente, y por grande que pueda ser la fama de un autor, no puede deslumbrarnos. Cuando Lope de Vega y Calderón ofrecían composiciones nuevas, hallaban jueces severos en sus admiradores, los cuales no los elevaron a la cumbre de la gloria hasta después de haber juzgado que eran dignos de ella.»
«¡Oh! Por cierto—interrumpió el caballero de Santiago—, nosotros no somos tan tímidos como ustedes; no esperamos para decidir a que se imprima una pieza. A la primera representación conocemos todo su mérito. Ni aun para eso nos es necesario oírla con la mayor atención, sino que nos basta saber que es producción de don Gabriel para persuadirnos de que no tiene ningún defecto. Las obras de este poeta deben servir de época al nacimiento del buen gusto. Los Lopes y los Calderones no eran mas que unos aprendices en comparación de este gran maestro del teatro.» El madrileño, que miraba a Lope y a Calderón como a los Sófocles y Eurípides de los españoles, indignado con este discurso temerario, exclamó: «¡Qué sacrilegio dramático! Supuesto, señores, que ustedes me obligan a juzgar como acostumbran por la primera representación, les diré que no me ha gustado la tragedia de su don Gabriel. Es un drama zurcido de rasgos más brillantes que sólidos. Las tres cuartas partes de los versos son malos, o sin buena rima; los caracteres, mal formados o mal sostenidos, y los conceptos, frecuentemente muy obscuros.»
Los dos autores que estaban a la mesa, y que por una moderación tan loable como rara no habían dicho nada por que no se les sospechase de envidiosos, no pudieron menos de aprobar con los ojos la opinión de este caballero, lo que me hizo creer que su silencio era menos un efecto de la perfección de la obra que de su política. En cuanto a los caballeros cruzados, comenzaron de nuevo a elogiar a don Gabriel, y aun le colocaron entre los dioses. Esa extravagante apoteosis y ciega idolatría impacientaron al castellano, que, alzando las manos al cielo, exclamó repentinamente entusiasmado: «¡Oh divino Lope de Vega, raro y sublime ingenio que dejaste un inmenso espacio entre ti y todos los Gabrieles que quieran igualarte! ¡Y tú, melifluo Calderón, cuya suavidad elegante y purgada de epicismo es inimitable! ¡No temáis uno ni otro que vuestros altares sean derribados por este hijo novel de las Musas! Muy afortunado será si la posteridad, cuya delicia formaréis así como formáis la nuestra, hace mención de él.»
Este gracioso apóstrofe, que ninguno esperaba, hizo reír a toda la concurrencia, con lo cual se levantó de la mesa y se retiró. A mí me condujeron por orden de don Alfonso al cuarto que me tenía dispuesto. Encontré en él una buena cama, en la que, habiéndose acostado mi señoría, se durmió, compadeciéndome tanto como el caballero castellano de la injusticia que los ignorantes hacían a Lope y a Calderón.
CAPITULO VI
Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, encuentra a un religioso a quien le parece conocer; qué hombre era este religioso.
Como no había podido ver toda la ciudad el día anterior, me levanté y salí al siguiente para acabar de examinarla. Divisé en la calle a un cartujo, que sin duda iba a negocios de su comunidad. Caminaba con los ojos bajos y con un aspecto tan devoto que se llevaba la atención de todos. Pasó muy cerca de mí; miréle atentamente y me pareció ver en él a don Rafael, aquel aventurero que ocupa tan honorífico lugar en varios capítulos de esta historia.
Me quedé tan asombrado y conmovido de este inesperado encuentro, que en vez de acercarme al monje permanecí inmóvil por algunos momentos, lo que le dió tiempo para alejarse de mí. «¡Justo Cielo!—dije—. ¿Se habrán visto jamás dos rostros más parecidos? ¿Qué deberé pensar? ¿Creeré que éste es Rafael? Pero ¿puedo imaginar que no lo sea?» Tuve demasiada curiosidad de saber la verdad para no pasar adelante.