CAPITULO X

Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de la bella Antonia. Principio de la historia de Escipión.

Al día siguiente de mi boda los señores de Leiva regresaron a Valencia, después de haberme dado otras mil señales de amistad, de tal modo que mi buen secretario y yo nos quedamos solos en la quinta con nuestras mujeres y nuestros criados.

El empeño que hicimos uno y otro en agradar a nuestras esposas no fué inútil, pues en poco tiempo inspiré yo a la mía tanto amor como le profesaba, y Escipión hizo olvidar a la suya los disgustos que le había causado. Beatriz, que era de carácter dócil y afable, se granjeó fácilmente el cariño de su nueva ama y ganó su confianza. En fin, todos cuatro nos avinimos perfectamente y comenzamos a gozar de una suerte envidiable, pasando la vida en los más dulces entretenimientos. Antonia era bastante seria; pero Beatriz y yo éramos muy alegres, y aun cuando no lo fuéramos, nos bastaría estar con Escipión para no conocer la melancolía, porque era un hombre sin igual para la sociedad, una de aquellas personas festivas que sólo con presentarse divierten a la concurrencia.

Un día que después de comer se nos antojó ir a dormir la siesta al sitio más apacible del bosque, mi secretario estaba de tan buen humor que nos quitó a todos el sueño con sus graciosas ocurrencias. «¡Calla esa boca—le dije—, amigo mío; o si quieres que no durmamos, cuéntanos alguna cosa que merezca nuestra atención!» «Con mucho gusto, señor—me respondió—. ¿Quiere usted que le cuente la historia del rey don Pelayo?» «De mejor gana oiría la tuya—le repliqué—; pero este gusto nunca me lo has querido dar desde que vivimos juntos, ni espero que jamás me lo des. ¿De qué proviene esto?» «Si no he contado a usted la historia de mi vida ha consistido en que jamás me ha manifestado el menor deseo de saberla; por consiguiente, no tengo yo la culpa de que usted ignore mis aventuras, y por poca curiosidad que tenga de oírlas estoy pronto a satisfacérsela.» Antonia, Beatriz y yo le cogimos la palabra y nos dispusimos a escuchar su relación, que no podía menos de causar en nosotros un buen efecto, ya divirtiéndonos o ya excitándonos al sueño.

«Yo—comenzó a decir Escipión—sería hijo de un grande de España de primera clase, o cuando menos de un caballero del hábito de Santiago o de Alcántara, si esto hubiera estado en mi mano; pero como ninguno es dueño de escoger padre, han de saber ustedes que el mío, llamado Toribio Escipión, fué un honrado cuadrillero de la Santa Hermandad. Como iba y venía por los caminos reales, por donde su profesión le obligaba a andar casi siempre, cierto día encontró casualmente entre Cuenca y Toledo a una gitanilla que le pareció muy linda. Caminaba sola a pie y llevaba consigo todo su ajuar en una especie de mochila echada al hombro. «¿Adonde vas así, prenda mía?», le dijo, suavizando cuanto pudo la voz, que era naturalmente bronca. «Caballero—contestó ella—, voy a Toledo, donde de un modo o de otro espero ganar de comer, viviendo honradamente.» «Tu intención es muy loable—replicó él—, y no dudo que para eso tendrás varios arbitrios.» «Sí, gracias a Dios—respondió la gitanilla—, tengo varias habilidades; sé hacer pomadas y quintas esencias muy útiles para las damas, digo la buenaventura, sé dar vueltas al cedazo para hacer que se encuentren las cosas perdidas y muestro cuanto se quiere ver en una redoma o en un espejo.»

»Pareciéndole a Toribio que una joven como ésta era un partido muy ventajoso para un hombre como él, a quien su empleo apenas le producía para mantenerse, sin embargo de saber desempeñarlo con la mayor exactitud, le propuso si quería ser su esposa. Aceptó la niña la propuesta; se fueron ambos inmediatamente a Toledo, en donde se casaron, y en mí ven ustedes el digno fruto de este noble matrimonio. Fijaron su residencia en un arrabal, en donde mi madre comenzó a vender pomadas y quintas esencias; pero viendo que este trato producía poco, comenzó a hacer de adivina. Entonces fué cuando se vieron llover en su casa pesos duros y doblones. Mil mentecatos de ambos sexos pusieron bien pronto en auge la fama de Coscolina, que así se llamaba la gitana. No pasaba día sin que viniese alguno a ocuparla en su ministerio; ya llegaba un sobrino pobre que quería saber cuándo su tío, de quien era único heredero, partiría para la otra vida; ya llegaba una doncella que deseaba con ansia averiguar si un caballero mozo que le había dado palabra de casamiento se la cumpliría.

»Persuádome de que ustedes darán por supuesto que los vaticinios de mi madre siempre eran favorables a las personas a quienes los hacía; si se cumplían, enhorabuena; pero si alguna vez venían a reconvenirla por haber sucedido lo contrario de lo que había pronosticado, contestaba frescamente que debía echarse la culpa al diablo, que, a pesar de la fuerza de los conjuros que ella empleaba para obligarle a que le revelase lo futuro, tenía algunas veces la malicia de engañarla.

»Cuando mi madre, por honor al oficio, creía deber hacer visible al diablo en sus operaciones, entonces era Toribio Escipión quien hacía el papel del diablo, y lo desempeñaba con perfección, porque la aspereza de su voz y la fealdad de su rostro cuadraban a maravilla con lo que representaba. Poca credulidad era menester para espantarse al aspecto de mi padre; pero un día vino, por desgracia, cierto capitán majadero que quiso ver a diablo, y le atravesó de parte a parte con la espada. Informada la Inquisición de la muerte del diablo, despachó sus ministros contra la Coscolina, a quien prendieron, embargando al mismo tiempo todos sus efectos, y a mí, que a la sazón sólo tenía siete años, me metieron en el hospicio de los niños huérfanos. Había en esta casa unos caritativos eclesiásticos que, estando bien dotados para cuidar de la educación de los pobres huérfanos, tenían el trabajo de enseñarles a leer y escribir. Parecióles que yo prometía mucho, y por esta causa me distinguieron entre los demás, escogiéndome para hacer sus recados. Yo era el que llevaba sus cartas, hacía sus demás encargos y les ayudaba a misa. En pago de mis servicios trataron de enseñarme la lengua latina; pero lo ejecutaron con tanta aspereza y me trataron con tal rigor, a pesar de los servicios que les hacía, que, no pudiendo ya resistir más, un día que me enviaron a un recado cogí las de Villadiego, y en vez de volver al hospicio me escapé de Toledo por el arrabal del lado de Sevilla.

»Aunque a la sazón apenas tenía nueve años cumplidos, no cabía en mí de contento de verme en libertad y dueño de mis acciones. No llevaba qué comer ni dinero, pero nada me importaba, porque tampoco tenía lección que estudiar ni temas que componer. Después de haber andado dos horas comenzaron mis piernecitas a negarme su servicio. Como nunca había hecho tan larga caminata, fué preciso pararme a descansar. Sentéme al pie de un árbol que estaba a orillas del camino real, y para entretenerme saqué el arte que llevaba en el bolsillo. Comencé a hojearle por diversión; pero acordándome de las palmetas y de los azotes que me había costado, desgarré las hojas, diciendo lleno de cólera: «¡Ah maldito libro, ya no me harás llorar más!» Estando satisfaciendo mi venganza y sembrando la tierra alrededor de mí de declinaciones y conjugaciones, pasó casualmente por allí un ermitaño de aspecto venerable, con barba blanca y unos grandes anteojos. Acercóse a mí, miróme con mucha atención, y yo también le estuve mirando con la misma. «Hijito mío—me dijo sonriéndose—, me parece que los dos nos hemos mirado con cariño y que no haríamos mal en vivir juntos en mi ermita, que sólo dista doscientos pasos de aquí.» «¡Buen provecho le haga a usted—le respondí con bastante sequedad—, que yo ninguna gana tengo de ser ermitaño!» Al oír esta respuesta el buen viejo dió una grande carcajada de risa y me dijo abrazándome: «Mi hábito, hijo mío, no debe asustarte; si es poco grato a la vista, es de gran utilidad, pues me hace dueño de un deleitoso retiro y de varios lugarcitos circunvecinos, cuyos habitantes me aman, o por mejor decir me idolatran. Vente conmigo—añadió—y te pondré un hábito como el mío. Si te fuese bien con él, participarás conmigo de las dulzuras de la vida que hago, y si no te acomodase ésta, no sólo serás dueño de marcharte, sino que puedes contar con que al separarnos no dejaré de hacerte todo el bien que pueda.»