»Dejéme persuadir y seguí al viejo ermitaño, que me hizo varias preguntas, a las que respondí con una ingenuidad que no siempre he tenido en adelante. Luego que llegamos a la ermita me presentó algunas frutas, que devoré en un instante, porque en todo el día no había comido mas que un zoquete de pan seco con que me había desayunado en el hospicio por la mañana. El solitario, viéndome menear tan bien las quijadas, me dijo: «¡Animo, hijo mío! No dejes de comer por miedo de que se acaben las frutas, pues, gracias al Cielo, tengo muy buena provisión de ellas. No te he traído aquí para matarte de hambre.» Lo que era mucha verdad, porque una hora después de nuestra llegada encendió lumbre, puso a asar una pierna de carnero, y mientras yo daba vueltas al asador él dispuso una mesita, cubriéndola con un mantel no muy limpio y poniendo en ella dos cubiertos, uno para él y otro para mí.

»Luego que el carnero estuvo en sazón le sacó del asador, cortó algunos pedazos de él y nos sentamos a cenar; pero nuestra cena no fué como la de las ovejas, porque bebimos de un exquisito vino, del cual tenía también el ermitaño un buen repuesto. «Y bien, amiguito—me dijo luego que nos levantamos de la mesa—, ¿estás contento con mi trato? De este modo comerás mientras estuvieres conmigo. Por lo demás, harás en este ermitorio lo que mejor te pareciere; sólo exijo de ti que me acompañes cuando vaya a recoger la limosna a los lugares vecinos. Me servirás para llevar del cabestro un borriquillo cargado de dos banastas, que los aldeanos caritativos llenan ordinariamente de huevos, pan, carne y pescado; no te pido más.» «Haré—le respondí—todo lo que usted quiera, con tal que no me obligue a estudiar el latín.» No pudo menos de reírse de mi sencillez el hermano Crisóstomo, que así se llamaba el anciano ermitaño, y me aseguró de nuevo que no pensaba nunca violentar mis inclinaciones.

»Al día siguiente salimos a nuestra demanda, llevando yo el borrico por el cabestro, y recogimos copiosas limosnas, porque no había aldeano que no tuviese gusto en echar alguna cosa en nuestras banastas. Uno daba un pan entero; otro, un buen pedazo de tocino; quién una gallina y quién una perdiz. ¿Qué más diré a ustedes? Llevamos a la ermita víveres para más de una semana; buena prueba de lo mucho que amaban al hermano Crisóstomo aquellas gentes. Verdad es que éste también les servía bastante dándoles buenos consejos cuando venían a consultarle, pacificando los matrimonios en que reinaba la discordia, proporcionando dotes para casarse las solteras, dándoles remedios para mil clases de males y enseñando varias oraciones a las mujeres casadas que deseaban tener hijos.

»Ya ven ustedes, por lo que acabo de referir, que yo estaba bien tratado en la ermita. Si la comida era buena, la cama no era desgraciada. Acostábame sobre buena paja fresca, teniendo por cabecera una almohada de lana y cubriéndome con una manta de lo mismo, de manera que no hacía mas que un sueño, el cual duraba toda la noche. El hermano Crisóstomo, que me había ofrecido un hábito de ermitaño, me hizo uno él mismo deshaciendo otro viejo suyo y me llamó el hermanillo Escipión. Apenas me presenté en las aldeas vecinas con aquel nuevo traje caí a todos tan en gracia que el pobre borrico apenas podía con la carga. Todos se esmeraban en dar a cual más al hermanito; tanto placer tenían en verme.

»A un muchacho de mi edad no podía desagradarle la vida ociosa y regalona que disfrutaba en compañía del viejo ermitaño; así es que me aficioné tanto a ella que la hubiera continuado siempre si las Parcas no me hubieran hilado otros días muy diferentes. Pero el destino que debía llenar me arrastró a dejar bien pronto el regalo y me hizo abandonar al hermano Crisóstomo de la manera que voy a referir.

»Veía muchas veces andar al viejo en la almohada que le servía de cabecera, sin hacer otra cosa que descoserla y volverla a coser. Observé un día que metía en ella algún dinero, lo que excitó en mí un movimiento de curiosidad que me propuse satisfacer al primer viaje que el hermano Crisóstomo hiciese a Toledo, adonde solía ir una vez a la semana. Aguardé con impaciencia este día, sin tener por entonces más objeto que el de contentar mi curiosidad. En fin, el buen hombre partió, y yo descosí la almohada, en donde hallé entre la lana como unos cincuenta escudos en toda clase de monedas.

»Verosímilmente, este tesoro sería efecto del agradecimiento de los aldeanos a quienes había curado con sus remedios y de las aldeanas que por la virtud de sus oraciones habían tenido hijos. Sea lo que fuere, apenas vi que aquél era un dinero que sin temor podía apropiarme, cuando se declaró mi complexión gitana: dióme una tentación de robarle, que no se podía atribuir sino a la fuerza de la sangre que corría por mis venas. Cedí sin resistencia a la tentación; encerré el dinero en un saquillo de paño en que metíamos nuestros peines y nuestros gorros de dormir, y después de haberme despojado del hábito de ermitaño y vuelto a tomar mi vestido de huérfano, me alejé de la ermita, pareciéndome que llevaba en mi saquillo todas las riquezas de las Indias.

»Ustedes acaban de oír mi primer ensayo—continuó Escipión—, y no dudo que esperarán una serie de acciones del mismo jaez. No engañaré sus esperanzas, porque aun tengo que contarles otras hazañas parecidas a ésta antes de llegar a mis acciones loables; pero al fin llegaremos allá, y ustedes verán por mi narración que de un gran pícaro se puede hacer un hombre de bien.

»A pesar de mis pocos años no fuí tan simple que tomase el camino de Toledo, porque me expondría a encontrarme con el hermano Crisóstomo, que sin duda hubiera querido volver a juntarse con su dinero. Tomé, pues, la ruta del lugar de Gálvez, donde me entré en un mesón cuya huéspeda era una viuda como de cuarenta años y tenía todas las cualidades que se requieren para saber vender bien sus agujetas. Luego que esta mujer puso los ojos en mí, conociendo por el vestido que me había escapado del hospicio de los huérfanos, me preguntó quién era y adónde iba. Respondíle que, habiendo muerto mis padres, me veía en la necesidad de buscar conveniencia. «Y dime, hijo—me volvió a preguntar—, ¿sabes leer?» Le aseguré que sí, y que también escribía lindamente. En verdad, yo sabía formar las letras y juntarlas de manera que figuraba una cosa así como escrita, lo que me parecía sobrado para llevar la cuenta de un mesón de aldea. «Pues yo te recibo—repuso la mesonera—para que me sirvas. No serás inútil en mi casa, porque correrás con el libro del gasto y llevarás cuenta de lo que me deben y debo. No te señalaré salario—añadió—, porque los muchos caballeros que vienen a parar a este mesón siempre dan algo a los criados, con que seguramente puedes contar con sacar buenos gajes.»