»Acepté el partido, pero reservándome, como ustedes presumirán, la facultad de mudar de aires siempre que la permanencia en Gálvez no me acomodase. Apenas me vi apalabrado para servir en el mesón cuando sentí mi ánimo incomodado con una grande inquietud. No quería que nadie supiese que yo tenía dinero y no sabía dónde esconderlo de modo que ninguno pudiese dar con él. Como no conocía aún la casa, no me podía fiar de aquellos sitios que me parecían más a propósito para guardarlo. ¡Oh y cuánto embarazo nos causan las riquezas! Determiné en fin ocultarle en un rincón del pajar, pareciéndome que en ninguna otra parte podía estar más seguro, y procuré sosegarme cuanto me fué posible.

»Eramos tres criados en el mesón: un mozo rollizo que cuidaba de la cuadra, una moza gallega y yo. Cada uno sacaba lo que podía de los huéspedes, así de a pie como de a caballo, que paraban en él. Yo recibía de estos sujetos algún dinerillo cuando les iba a presentar la cuenta del gasto; daban también alguna cosa al mozo de la cuadra para que cuidase de sus caballerías; pero la gallega, que era el ídolo de los caleseros y arrieros que pasaban por allí, ganaba más escudos que nosotros maravedises. Luego que juntaba yo algunos reales, los llevaba al pajar para aumentar mi caudal, y cuanto más crecía éste, conocía yo que mi tierno corazón iba tomando más apego a él. Besaba algunas veces mis monedas y las estaba contemplando con un dulce embeleso que solamente los avaros pueden comprender suficientemente.

»El amor que tenía a mi tesoro me obligaba a visitarle treinta veces al día. Encontraba a menudo a la mesonera en la escalera del pajar, y como era una mujer de suyo muy desconfiada, quiso un día saber qué era lo que a cada instante me llevaba al pajar. Subió a él y comenzó a escudriñarlo todo, recelando que yo tendría escondidas algunas cosas que le habría hurtado. Revolvió la paja que cubría mi bolsón y dió con él. Abrióle, y viendo dentro pesos duros y doblones, creyó o fingió creer que yo le había robado aquel dinero. Por de contado, se apoderó del caudal, y tratándome de bribonzuelo, ladroncillo y malvado, mandó al mozo de la caballeriza, enteramente dedicado a complacerla, que me sacudiese una buena zurra de azotes, y después de haberme hecho desollar de esta manera me echó a la calle, diciéndome que no quería aguantar pícaros en su casa. En vano aseguraba yo y clamaba que nada le había hurtado; la mesonera decía lo contrario y todos le daban más crédito a ella que a mí, y de esta manera las monedas del hermano Crisóstomo pasaron de manos de un ladrón a las de una ladrona.

»Lloré la pérdida de mi dinero como se llora la muerte de un hijo único; pero si mis lágrimas no fueron bastantes para hacerme recobrar lo que había perdido, por lo menos fueron causa para mover a compasión a algunas personas que me las veían verter, y entre otras al cura de Gálvez, que casualmente pasó junto a mí. Mostróse lastimado del triste estado en que me veía y me llevó consigo a su casa. En ella, a fin de sonsacarme, usó del medio de manifestarse muy compadecido de mí. «¡Cuánta lástima—dijo—me causa este pobre muchacho! ¿Qué maravilla es que en sus pocos años, en su ninguna experiencia y falta de reflexión haya cometido una acción ruin? Apenas se encontrará un hombre que no haya hecho alguna en el discurso de su vida.» En seguida, dirigiéndome la palabra, «Hijo mío—añadió—, ¿de qué lugar de España eres y quiénes son tus padres? Porque tienes trazas de ser hijo de gente honrada. Háblame en confianza y cuenta con que no te desampararé.»

»El cura, con estas halagüeñas y caritativas palabras, me fué insensiblemente empeñando en que le descubriese todos mis pasos, y lo hice con mucha ingenuidad, sin reservarle nada, después de lo cual me dijo: «Amigo mío, aunque es cierto que no está bien en los ermitaños el atesorar, eso no disminuye tu culpa. En robar al hermano Crisóstomo siempre has quebrantado el mandamiento que prohibe hurtar; pero yo me encargo de obligar a la mesonera a que devuelva el dinero y hacérselo entregar al hermano Crisóstomo, y así, por esta parte puedes desde ahora aquietar tu conciencia.» Juro a ustedes que esto era lo que menos cuidado me daba; pero el cura, que tenía sus fines, no paró aquí. «Hijo mío—prosiguió—, quiero empeñarme a favor tuyo y buscarte una nueva conveniencia. Mañana mismo pienso enviarte a Toledo con un arriero y te daré una carta para un sobrino mío, canónigo de aquella catedral, que no rehusará admitirte por mi recomendación en el número de sus criados, los cuales todos lo pasan en su casa como unos beneficiados que se regalan a costa de la prebenda, y puedo asegurarte con certidumbre que allí lo pasarás perfectamente.»

»Consolóme tanto esta seguridad, que luego olvidé el talego y los azotes que me habían dado y ya no pensé más que en el placer de vivir como un beneficiado. Al día siguiente, mientras estaba yo almorzando, llegó a casa del cura un arriero con dos mulas. Subiéronme en la una, y montando mi conductor la otra tomamos el camino de Toledo. Mi compañero de viaje gastaba buen humor y le gustaba divertirse a costa del prójimo. «Querido Escipión—me dijo—, en verdad que tienes un buen amigo en el señor cura de Gálvez; no podía darte mayor prueba de lo mucho que te quiere que el acomodarte con su sobrino el canónigo, a quien tengo el honor de conocer, y es sin duda la perla de su Cabildo. No es, ciertamente, uno de aquellos devotos cuyo semblante macilento y extenuado está predicando mortificación y abstinencia: es gordo, colorado, siempre alegre y festivo; un hombre, en fin, que se divierte en todo lo que se presenta y que gusta mucho de tratarse bien. Estarás en su casa a pedir de boca.»

»Conociendo el socarrón del arriero el placer con que le escuchaba, continuó el elogio del canónigo, ponderándome lo mucho que yo celebraría mi fortuna cuando me viese ya criado suyo. No cesó de hablar hasta que llegamos al lugar de Covisa, donde nos apeamos para echar un pienso a las mulas. En tanto que él andaba de aquí para allí por el mesón, se le cayó casualmente del bolsillo un papel que yo pude coger sin que él lo advirtiese y que hallé medio de leer mientras él estaba en la cuadra. Era una carta dirigida a los capellanes del hospicio de los huérfanos, concebida en estos términos:

«Muy señores míos: Me creo obligado en caridad a enviar a su poder un bribonzuelo que se escapó de ese hospicio. Paréceme un muchacho muy despabilado, y por lo mismo muy digno de que ustedes se sirvan tenerle encerrado. No dudo que a fuerza de corregirle podrán ustedes hacer de él un mozo de provecho. Queda rogando a Dios conserve a ustedes en tan piadoso como caritativo ministerio,—El cura de Gálvez

»Luego que acabé de leer esta carta, que me manifestaba la buena intención del señor cura, no dudé un punto sobre el partido que había de tomar. Salir inmediatamente del mesón y ponerme en las orillas del Tajo, distante más de una legua de aquel lugar, todo fué obra de un momento. El miedo me prestó alas para huir de los capellanes del hospicio de los huérfanos, al que de ningún modo quería volver; tanto me había disgustado su modo de enseñar la Gramática. Entré en Toledo tan alegre como si supiera adónde había de ir a comer y beber. Es verdad que aquélla es una ciudad de bendición, en la cual un hombre de talento reducido a vivir a costa ajena no puede morirse de hambre, pues no bien había entrado en la plaza cuando un caballero bien vestido, a cuyo lado pasaba, agarrándome por el brazo me dijo: «Chiquito, ¿quieres servirme? Porque me alegrara tener un criado como tú.» «Y yo un amo como vuesa merced», le respondí prontamente. «Siendo eso así—me replicó—, desde ahora mismo date por recibido. Sígueme.» Y yo lo hice sin réplica.

Este caballero, que podía tener como unos treinta años y se llamaba don Abel, estaba hospedado en una posada de caballeros, donde ocupaba un cuarto decentemente alhajado. Era un jugador de profesión, y vean ustedes la vida que hacíamos: por la mañana le picaba yo tabaco para fumar cinco o seis cigarros, le limpiaba la ropa, iba a llamar al barbero para que le viniese a afeitar y componerle los bigotes, y hecho esto, se marchaba a las casas de juego, de donde no volvía hasta las once o doce de la noche; pero todas las mañanas antes de salir sacaba tres reales del bolsillo y me los daba para que comiese, dejándome libertad para que hiciera lo que se me antojase hasta las diez de la noche, con tal de que me hallara en casa cuando volviera. Estaba él muy contento conmigo y dió orden para que se me hiciese una librea muy galana, con la cual parecía propiamente un mensajero de damas de galanteo. También yo estaba muy alegre con mi oficio, y en verdad no podía hallar otro que más se adaptase a mi genio.