»Hacía ya casi un mes que pasaba tan buena vida cuando el amo me preguntó un día si estaba contento con él, y habiéndole contestado que no podía estarlo más, «Pues bien—me replicó—, mañana saldremos para Sevilla, adonde me llaman mis negocios. No te pesará el ver aquella capital de Andalucía, pues ya habrás oído muchas veces decir que quien no ha visto a Sevilla no ha visto maravilla.» «¡Que me place!—respondí yo—. Estoy pronto a seguir a usted a cualquiera parte del mundo.» En el mismo día el ordinario de Sevilla vino a la posada de caballeros a tomar un gran baúl donde estaba la ropa de mi amo, y al siguiente tomamos el camino de Andalucía.

»Era el señor don Abel tan afortunado en el juego, que solamente perdía cuando le acomodaba, lo que le obligaba a mudar con frecuencia de lugar, por estar expuesto al resentimiento y venganza de los mentecatos que se dejaban engañar, y éste fué el motivo de nuestro viaje. Llegados a Sevilla, nos alojamos en una posada de caballeros cerca de la puerta de Córdoba, donde comenzamos a vivir como en Toledo. Pero mi amo halló diferencia entre las dos ciudades. En las casas de juego de Sevilla encontró jugadores tan afortunados como él, de suerte que algunas veces volvía a casa de muy mal humor. Una mañana que todavía le duraba el enojo de haber perdido cien doblones el día anterior, me preguntó por qué no había llevado la ropa sucia a la lavandera. «Señor—le respondí yo—, porque enteramente se me olvidó.»

»Al oír esto se encendió en cólera y me pegó media docena de bofetadas tan terribles que me hicieron ver más luces que las que había en el templo de Salomón, diciéndome al mismo tiempo: «¡Toma, bribonzuelo, esto es para que otra vez te acuerdes de cumplir con tu obligación! ¿Quieres que cien veces te advierta yo lo que debes hacer? ¿Por qué no eres tan puntual para servir como para comer? No siendo un bestia, como ciertamente no lo eres, bien podías tener presente lo que debes hacer sin esperar a que yo te lo recordara.» Dicho esto, se salió muy enfadado del cuarto, dejándome sumamente sentido de las bofetadas que me dió por tan pequeño motivo.

»Poco después le sucedió no sé qué lance en el juego que volvió a casa muy acalorado. «Escipión—me dijo—, he determinado irme a Italia y debo embarcarme mañana en un buque que se vuelve a Génova. Tengo mis motivos para hacer este viaje; discurro querrás venir conmigo y aprovechar esta excelente ocasión de ver el país más delicioso del mundo.» Respondí que venía en ello; pero en mi interior pensaba en desaparecer al tiempo de ir a marchar. Andaba discurriendo el modo de vengarme de las bofetadas y me pareció que éste era el más ingenioso. Satisfecho y ufano de que me hubiese ocurrido semejante idea, no pude contenerme de confiársela a cierto valentón a quien encontré casualmente en la calle. Había yo contraído en Sevilla algunas malas amistades y principalmente la de este guapo. Contéle el lance de las bofetadas y el motivo de ellas, y revelándole el designio en que estaba de dejar a don Abel escapándome cuando se fuese a embarcar, le pregunté qué le parecía esta determinación.

»El valentón, arqueando las cejas y retorciéndose el bigote, y después afeando en tono grave la acción de mi amo, me dijo: «Mocito, serás un hombre sin honra toda tu vida si te contentas con la frívola venganza que has meditado para volver por ella. No basta dejar a don Abel y no pisar más su casa; es menester darle un castigo proporcionado a tu afrenta. Robémosle tú y yo todo su equipaje y dinero, para repartirlo después entre los dos como buenos hermanos.» No obstante mi natural propensión a hurtar, no dejó de estremecerme y causarme algún horror un robo de tanta importancia. En medio de eso, el archiganzúa que me hizo la propuesta tuvo arte para convencerme; y vean ustedes cuál fué el éxito de nuestra empresa. El jaquetón, hombre robusto y rollizo, vino a la posada el día siguiente a boca de noche. Mostréle el gran baúl en que mi amo había encerrado sus ropas, y le pregunté si podría él solo cargar con un mueble tan pesado. «¿Tan pesado?—me dijo.—¡Sábete que cuando se trata de llevar lo ajeno, cargaría yo con el arca de Noé!» Diciendo esto, agarró el baúl, echósele a cuestas como si fuera una paja, y bajó las escaleras con la mayor ligereza. Seguíle yo al mismo paso, y ya estábamos los dos a la puerta de la calle, cuando hete aquí a don Abel, que, por gran fortuna suya, llegó a tiempo tan oportuno.

«¿Adónde vas con ese cofre?», me dijo muy enfadado. Fué tanta mi turbación, que no acerté a responderle ni una sola palabra, y el guapetón, viendo errado el golpe, echó el baúl a tierra y se escapó para ahorrar contestaciones. «¿Adónde vas, pues, con ese baúl?», me volvió a preguntar mi amo. «Señor—le respondí más muerto que vivo—, le hacía llevar al buque donde su merced se ha de embarcar mañana para Italia.» «Pero ¿por dónde sabías tú—me replicó—en qué buque me había de embarcar?» «Señor—repuse prontamente—, quien lengua tiene, a Roma va: informaríame en el puerto, y allí me lo dirían.» Al oír esta respuesta, que se le hizo muy sospechosa, me miró con unos ojos que parecía quererme tragar, y yo temí repitiese las bofetadas. «Pero dime—replicó otra vez—: ¿quién te mandó que sacares el baúl fuera de la posada sin orden mía?» «Su merced mismo—le dije—. ¿Ya no se acuerda usted de la reprensión que me dió hace pocos días? ¿No me dijo usted regañándome que sin esperar sus órdenes hiciese por mí mismo mi obligación para servirle? Pues en cumplimiento de este precepto iba a llevar su cofre de usted a la embarcación.» Entonces el jugador, conociendo que tenía yo más malicia de la que él había creído, me despidió de su casa, diciéndome serenamente: «Señor Escipión, a mí no me acomodan criados tan sutiles. ¡Vaya usted, señor Escipión! ¡El Cielo le guíe! ¡No me gusta jugar con sujetos que tan pronto tienen una carta de más como de menos! ¡Quítate de mi presencia—añadió mudando de tono—, si no quieres que te haga cantar sin solfa!»

»No aguardé a que me lo dijese dos veces; me alejé al momento, lleno de miedo de que me mandase quitar el vestido, que por fortuna me dejó, y eché a andar pensando adónde podría ir a alojarme con dos reales a que se reducía todo mi caudal. Llegué a la puerta del palacio arzobispal a tiempo que se estaba disponiendo la cena, y salía de la cocina un olor tan grato, que se percibía una legua en contorno. «¡Cáspita!—dije entre mí—. ¡Me contentaría con cualquiera de estos platos que me regalan el olfato, y aun sólo con que me dejasen meter en alguno los cuatro deditos y el pulgar! Pero qué, ¿no podré discurrir un medio para probar estos platos que no he hecho más que oler? ¿Por qué no? Esto no me parece imposible.» Entregado enteramente a este pensamiento, me ocurrió una feliz treta, que quise probar inmediatamente, y no me salió mal. Entréme en el patio de palacio, y comencé a correr hacia las cocinas gritando a más no poder en aire y tono de asustado: ¡Socorro! ¡Socorro!, como si me viniera siguiendo alguno para quitarme la vida.

»A mis descompasadas voces acudió apresurado el maestro Diego, cocinero del arzobispo, con tres o cuatro galopines de cocina; y no viendo a nadie más que a mí, todos me preguntaron qué tenía y por qué gritaba de aquella manera. «¡Señores—les respondí fingiendo miedo—, por amor de Dios favorézcanme ustedes y líbrenme de ese asesino que me quiere matar!» «¿Adónde está ese asesino?—exclamó Diego—. Porque tú estás solo, y tras de ti no viene ni siquiera un gato. ¡Vamos, hijo mío, sosiégate! Sin duda que algún bufón se ha querido divertir en asustarte y se ha retirado luego que te ha visto entrar en palacio, porque, cuando menos, le hubiéramos cortado las orejas.» «¡No, no—le dije al cocinero—; no me siguió de chanza! ¡Es un gran ladrón que quería robarme, y estoy seguro de que me está esperando en la calle!» «Si fuese así—replicó el cocinero—, en verdad que tendrá que aguardarte largo tiempo, porque has de cenar y dormir aquí, y no te dejaremos salir hasta mañana.»

»No puedo ponderar el gusto que me causaron estas últimas palabras, ni lo admirado que me quedé cuando, conducido por el maestro Diego a las cocinas, se me presentó a la vista el aparato de la cena. Conté hasta quince personas empleadas en ella; mas no pude contar la variedad de exquisitos platos que se me ofrecieron a la vista. Entonces fué cuando conocí por la primera vez lo que era sensualidad, recibiendo a nariz llena el olor de tantas delicadísimas viandas que jamás había probado. Tuve la honra de cenar y dormir con los galopines de cocina, todos los cuales quedaron tan prendados de mí, que cuando a la mañana siguiente fuí a dar gracias al maestro Diego por el favor que me había hecho en recogerme con tanta generosidad la noche anterior, me dijo: «Mis mozos de cocina te han tomado tanto cariño, que todos a una voz me han asegurado se alegrarían de tenerte por camarada. Dime ahora con toda franqueza si gustarías ser su compañero.» Yo le respondí que si lograra tal fortuna me tendría por el hombre más feliz del mundo. «Siendo eso así, amigo mío—me dijo—, desde este mismo punto te puedes contar por criado de la casa arzobispal.» Y diciendo esto, me llevó al cuarto del mayordomo, el cual, observando mi despejo, me juzgó digno de ser admitido entre los marmitones.

»Al instante que tomé posesión de tan decoroso empleo, el maestro Diego, que seguía la antigua costumbre de los cocineros de las casas grandes, conviene a saber, de enviar todos los días varios platos a sus queriditas, me eligió para enviar a cierta dama de la vecindad ya trozos de ternera y ya aves y cacería. Era la buena señora una viuda de treinta años a lo más, muy linda y vivaracha, y que tenía todas las trazas de no ser del todo fiel a su generoso cocinero. Este, no contento con proveerla de pan, carne, tocino y aceite, la abastecía también de vino; y todo esto, ya se entiende, a costa del señor arzobispo.