»En el palacio de su ilustrísima acabé de perfeccionarme en mis mañas, pegando un chasco de que todavía hay y habrá por largo tiempo en Sevilla gran memoria. Los pajes y otros familiares pensaron en representar una comedia para celebrar los días del amo. Escogieron la de Los Benavides; y como era menester un muchacho de mi edad que hiciese el papel de rey niño de León, echaron mano de mí. El mayordomo, que se preciaba de saber representar, tomó de su cuenta el ensayarme; y con efecto, me dió algunas lecciones, asegurando a todos que no sería yo el que me portase peor. Como la función la costeaba el arzobispo, no se perdonó gasto alguno para que fuese lucida. Armóse en un salón un soberbio teatro adornado con el mejor gusto, en uno de cuyos lados se dispuso un lecho de césped, donde debía yo fingirme dormido cuando viniesen los moros a asaltarme para llevarme prisionero. Luego que todos los actores estuvieron ensayados, el arzobispo señaló día para la función, convidando a todas las damas y principales caballeros de la ciudad.

»Llegada la hora de la comedia, cada actor se vistió del traje que le correspondía. Por lo que toca al mío, el sastre me lo presentó acompañado del mayordomo, que, habiendo tenido el trabajo de ensayarme, quiso tener también la paciencia de verme vestir. Trájome el sastre un ropaje talar de rico terciopelo azul, todo guarnecido de galones y botones de oro y con mangas largas adornadas con flecos del mismo metal. El propio mayordomo me puso en la cabeza por su mano una corona de cartón dorado, sembrada de muchas perlas finas, mezcladas con algunos diamantes falsos. Pusiéronme una faja de seda de color de rosa, recamada toda de flores de plata y cuyos remates eran dos graciosas borlas de hilo de oro. A cada cosa de éstas que me ponían se me figuraba que me estaban dando alas para volar y escaparme. Comenzó, en fin, la comedia al anochecer. Yo abrí la escena con una relación, la cual concluía diciendo que, no pudiendo resistir a las dulzuras del sueño, iba a entregarme a él. Con efecto, me metí entre bastidores y me recosté en el lecho de césped que me estaba preparado; pero en lugar de dormir me puse sólo a pensar de qué modo podría salir a la calle y escaparme con mis vestiduras reales. Una escalerilla oculta, por la cual se bajaba desde el teatro al salón, me pareció a propósito para la ejecución de mi designio. Levantéme de la cama con mucho tiento, y, viendo que nadie me observaba, me escurrí por dicha escalerilla al salón, a cuya puerta pude llegar diciendo: «¡A un lado! ¡A un lado, que voy a mudar de traje!» Todos se pusieron en fila para dejarme pasar, de manera que en menos de dos minutos salí libremente del palacio a favor de la obscuridad y me fuí a casa de mi amigo el valentón.

»Quedóse parado de verme en aquel traje. Contéle el caso, que le hizo reír hasta más no poder. Abrazóme con tanto más regocijo cuanto se lisonjeaba de tener parte en los despojos del rey de León; me felicitó por haber dado un golpe tan diestro, y me dijo que si los progresos correspondían a los principios, haría yo con el tiempo gran ruido en el mundo por mi talento. Después que nos alegramos y divertimos largamente los dos celebrando mi grande hazaña, pregunté yo a mi jaquetón: «¿Y qué hemos de hacer ahora de estos ricos vestidos?» «Eso no te dé cuidado—me respondió—; conozco a un prendero muy hombre de bien, el cual compra toda la ropa que le lleven a vender sin andar con preguntas, una vez que le tenga cuenta el comprarla. Mañana le buscaré y le traeré aquí.»

»En efecto; al día siguiente muy de mañana se levantó, dejándome en la cama, y dos horas después volvió con el prendero, el cual traía un lío cubierto con tela amarilla. «Amigo—me dijo—, aquí te presento al señor Ibáñez de Segovia, hombre de la mayor integridad, a pesar del mal ejemplo que le dan los de su oficio. El te dirá en conciencia lo que vale el vestido de que te quieres deshacer, y puedes fiarte ciegamente en lo que te dijere.» «En cuanto a eso—dijo el prendero—, me tendría por el hombre más ruin y miserable del mundo si tasara una cosa en menos de lo que vale. Hasta ahora, gracias a Dios, ninguno ha tachado de esto a Ibáñez de Segovia. Veamos—añadió—esa ropa que usted quiere vender, y le diré en conciencia lo que vale.» «Aquí está—dijo el valentón poniéndosela delante—. No me negará usted que nada hay más magnífico: observe usted la hermosura de este terciopelo de Génova y lo exquisito de su guarnición.» «Verdaderamente que me encanta—respondió el prendero después de haber examinado el vestido con la mayor atención—; es de lo que no he visto en mi vida.» «¿Y qué juicio hace usted—le preguntó mi amigo—de las perlas que adornan esta corona?» «Si fueran redondas—respondió Ibáñez—no tendrían precio; pero tales cuales son me parecen bellísimas y me gustan tanto como lo demás. Ni puedo menos de decir lo que siento; otro prendero estafador, en mi lugar aparentaría despreciar la mercancía para adquirir a bajo precio y no se avergonzaría de ofrecer por ella veinte doblones; pero yo, que tengo conciencia, ofrezco cuarenta.»

»Aun cuando Ibáñez hubiera ofrecido ciento no hubiera sido un apreciador muy justificado, pues que solamente las perlas valían más de doscientos; pero el valentón, que se entendía con él, me dijo: «¡Mira la fortuna que has tenido de tropezar con un hombre tan timorato! El señor Ibáñez aprecia las cosas como si estuviera en el artículo de la muerte.» «Así es—respondió el prendero—, y por eso no hay que andar regateando conmigo ni por un solo maravedí; en cuyo supuesto, éste me parece ya negocio concluído. Voy a dar el dinero.» «¡Espere usted!—replicó el valentón—. Antes de eso es menester que mi amiguito se pruebe el vestido que le dije a usted trajese para él, y mucho me engañaré si no le viene pintado.» Desenvolvió entonces el lío el prendero, y me presentó una ropilla y unos calzones de buen paño musgo con botones de plata, todo medio usado. Me levanté para probarme el vestido, y aunque me venía muy ancho y muy largo, les pareció a los dos compinches haberse hecho a propósito para mí. Ibáñez lo tasó en diez doblones; y como nada se había de replicar a lo que decía, me fué preciso pasar por ello; de manera que sacó treinta doblones del bolsillo, los dejó sobre una mesa, hizo un envoltorio de mis vestiduras reales y de mi corona, y se lo llevó.

»Luego que se marchó me dijo el valentón: «Estoy muy satisfecho de este prendero.» Tenía razón para estarlo, porque puedo asegurar que le sacó por lo menos cien doblones de beneficio. Sin embargo, no se contentó con esto; tomó sin ceremonia la mitad del dinero que había sobre la mesa y me dejó lo restante, diciéndome: «Mi querido Escipión, te aconsejo que con esos quince doblones que te quedan salgas al momento de esta ciudad, en donde puedes considerar las diligencias que se harán para buscarte de orden del señor arzobispo. Tendría yo el mayor sentimiento si, después de la heroica acción que has hecho para inmortalizar tu nombre, te expusieras neciamente a ser encerrado en una prisión.» Respondíle que ya estaba resuelto a alejarme cuanto antes de Sevilla; y con efecto, habiendo comprado un sombrero y algunas camisas, salí de la ciudad, y caminando por la espaciosa y amena campiña que entre viñas y olivares conduce a la antigua ciudad de Carmona, en tres días llegué a Córdoba.

»Alojéme en un mesón a la entrada de la plaza Mayor, donde viven los mercaderes. Vendíme por un hijo de familia natural de Toledo, que viajaba únicamente por mi gusto. Mi traje era bastante decente para hacerlo creer, y algunos doblones que de propósito saqué delante del posadero le acabaron de persuadir, si ya en vista de mis pocos años no me tuvo por algún muchacho travieso que se había escapado de casa de sus padres después de haberles robado. Como quiera que fuese, él no se mostró muy deseoso de saber más de lo que yo le decía, quizá por temor de que su curiosidad no me obligase a mudar de posada. Por seis reales diarios se daba buen trato en esta casa, donde comúnmente había gran concurrencia de gentes. Conté por la noche a la cena hasta doce personas a la mesa, y lo mejor que había era que todos comían sin hablar palabra, excepto uno que, hablando sin cesar a diestro y siniestro, compensaba bien con su charlatanería el silencio de los demás. Preciábase de agudo y de gracioso, contando cuentos y embanastando chistes para divertirnos, los que alguna vez nos hacían reír a carcajadas, menos, en verdad, por celebrar sus ocurrencias que por burlarnos de ellas.

»Yo por mí hacía tan poco caso de todo lo que charlaba aquel estrafalario, que me hubiera levantado de la mesa sin poder dar razón de nada de cuanto había hablado, a no haberse metido él mismo en una conversación que me importaba. «Señores—exclamó al fin de la cena—, les reservo a ustedes para postres un gracioso chasco que los días pasados dió un pícaro de muchacho en el palacio del arzobispo de Sevilla. Contómelo cierto bachiller amigo mío que se halló presente.» Sobresaltáronme un poco estas palabras, no dudando que el lance que iba a contar era el mío; y, con efecto, no me engañé. Refirió el tal sujeto el pasaje con toda exactitud, y aun me hizo saber lo que yo ignoraba; es decir, lo ocurrido en el salón después de mi fuga, que fué lo que voy a referir a ustedes.

»Apenas me escapé, cuando los moros que, según orden de la comedia que se representaba, debían apoderarse de mí aparecieron en la escena con el designio de venir a sorprenderme en la cama de césped en que me creían dormido; pero cuando quisieron echarse sobre el rey de León, se quedaron sumamente atónitos de no encontrar ni rey ni roque. Paró la comedia, agitáronse todos los actores; unos me llaman, otros me buscan, éste grita, y aquél me da a todos los diablos. El arzobispo, que oyó la bulla y confusión que había detrás del teatro, preguntó la causa. A la voz del prelado, un paje, que hacía de gracioso en la comedia, salió y dijo: «No tema ya su ilustrísima que los moros hagan prisionero al rey de León, porque acaba de ponerse en salvo con sus vestiduras reales.» «¡Bendito sea Dios!—exclamó el arzobispo—. ¡Ha hecho muy bien en huir de los enemigos de nuestra religión, librándose de las cadenas que le preparaban! Sin duda se habrá vuelto a León, capital de su reino, y deseo que haya llegado con toda felicidad. Por lo demás, mando seriamente que ninguno vaya en su seguimiento; sentiría mucho que su majestad tuviese que padecer la menor desazón por parte mía.» Luego que dijo esto dió orden de que se leyese en alta voz mi papel y se acabase la comedia.