«Señor—le respondí—, mucho me estrecha usted y veo bien que no podré menos de declararme en su favor, aunque en la realidad me repugna ser traidor al señor Velázquez.» «¡Déjate de esos escrúpulos!—replicó Gaspar—. Mi padre es un viejo avaro que quisiera traerme todavía con andadores; un miserable que me niega lo que necesito, rehusándose a contribuir a mis placeres, siendo éstos de pura necesidad en la edad de veinticinco años; este es el verdadero aspecto bajo el cual debes mirar a mi padre.» «¡Basta, señor!—le dije—. No es posible resistir a un motivo tan justo de queja. Me ofrezco a ayudar a usted en sus loables empresas, pero ocultemos ambos bien nuestra inteligencia, para que no se vea en la calle vuestro fiel aliado. Creo que lo acertará usted si aparenta aborrecerme; hábleme con aspereza en presencia de los demás, sin escasear las malas palabras. Tampoco hará daño tal cual bofetón y algún puntapié en las asentaderas; antes bien, cuanta más aversión me mostrare usted, tanta mayor confianza hará de mí el señor Baltasar. Por mi parte, fingiré huir de la conversación de usted; en la mesa le serviré mostrando que lo hago a más no poder, y cuando hable de usted con los mancebos de la tienda no lleve a mal que diga de su persona cuanto malo me viniere a la boca.»

«¡Vive diez—exclamó el mozo Velázquez al oír estas últimas palabras—que estoy admirado de ti, amigo mío! En la edad que tienes, muestras un ingenio singular para todo lo que sea enredo. Desde luego me prometo de él los más felices resultados y espero que con el auxilio de tu talento no he de dejar ni un solo doblón a mi padre.» «Usted me honra demasiado—le dije—confiando tanto en mi industria; haré cuanto pueda para no desmentir el concepto que ha formado de mí, y si no puedo conseguirlo a lo menos no será culpa mía.»

»Tardé poco en hacer ver a Gaspar que yo era efectivamente el hombre que necesitaba, y he aquí cuál fué el primer servicio que le hice: el arca del dinero de Baltasar estaba en la alcoba donde dormía este buen hombre, al lado de su cama, y le servía de reclinatorio. Siempre que yo la veía me alegraba la vista y en mi interior le decía muchas veces: «¡Mi amada arca! ¿Estarás siempre cerrada para mí? ¿No tendré nunca el placer de contemplar el tesoro que encierras?» Como yo iba cuando me daba la gana a la alcoba, cuya entrada sólo a Gaspar estaba prohibida, entré un día a tiempo que su padre, creyendo que nadie le veía, después de haber abierto y vuelto a cerrar el arca, escondió la llave detrás de un tapiz. Noté cuidadosamente el sitio y di parte de este descubrimiento al amo mozo, que me dijo abrazándome de alegría: «¡Ah mi querido Escipión! ¿Qué es lo que acabas de decirme? ¡Nuestra fortuna es hecha, hijo mío! Hoy mismo te daré cera, estamparás en ella la llave y me devolverás la cera prontamente. Poco trabajo me costará hallar un cerrajero servicial en Córdoba, que no es la ciudad de España en donde hay menos bribones.»

»Pero ¿a qué fin—dije a Gaspar—quiere usted mandar hacer una llave falsa, cuando podemos servirnos de la verdadera?» «Es cierto—me respondió—; pero temo que mi padre, por desconfianza o por otro motivo, la quiera esconder en otra parte, y lo más seguro es tener una que sea nuestra.» Creí fundado su recelo, y aprobando su pensamiento me dispuse a estampar la llave en la cera, lo que ejecuté una mañana mientras que mi viejo amo hacía una visita al padre Alejo, con quien tenía frecuentemente largas conversaciones. No contento con esto, me serví de la llave para abrir el arca, que, estando llena de talegos grandes y pequeños, me puso en una perplejidad agradable, porque no sabía cuál escoger, sintiéndome ciegamente enamorado de los unos y de los otros. Sin embargo, como el miedo de ser sorprendido no me permitía hacer un detenido examen, echó mano a Dios y a ventura de uno de los mayores. En seguida, habiendo cerrado el arca y vuelto a poner la llave detrás del tapiz, salí de la alcoba con mi presa, que fuí a esconder debajo de mi cama en una pieza pequeña donde yo dormía.

»Después de concluída esta operación con tanta felicidad, me fuí a buscar al joven Velázquez, que me estaba esperando en una casa vecina, para donde me había dado cita, y le llené de gozo contándole lo que acababa de ejecutar. Quedó tan satisfecho de mí, que me hizo mil caricias y me ofreció generosamente la mitad del dinero que había en el talego, que yo no quise aceptar. «Señor—le dije—, este primer talego es para usted solo; sírvase usted de él para sus necesidades. Presto volveré a hacer una visita al arca, en donde, gracias a Dios, hay dinero para entrambos.» Efectivamente, tres días después saqué de ella otro talego, que contenía, como el primero, quinientos escudos, de los cuales no quise admitir más que la cuarta parte, por más instancias que me hizo Gaspar para obligarme a que los repartiésemos entre los dos como buenos hermanos.

»Luego que el mozuelo se vió con tanto dinero, y por consiguiente en estado de satisfacer la pasión que tenía a las mujeres y al juego, se entregó a ellas totalmente, y aun tuvo la desgracia de encapricharse con una de aquellas famosas damas cortesanas que en poco tiempo devoran y se tragan los caudales más pingües. Ocasionóle ésta tan excesivos gastos, y me puso en la necesidad de hacer tantas visitas al arca, que al fin el viejo Velázquez echó de ver que le robaban. «Escipión—me dijo una mañana—, tengo que hacerte una confianza: alguno me roba, amigo mío. Han abierto mi arca del dinero y me han sacado de ella muchos talegos. El hecho es constante; pero ¿a quién debo atribuir este robo? O por mejor decir, ¿quién otro sino mi hijo puede haberle hecho? Gaspar habrá entrado furtivamente en mi alcoba, o acaso tú mismo le habrás introducido en ella, porque estoy tentado a creerte su confederado, aunque parezcáis mal avenidos los dos. Sin embargo, no quiero abrigar esta sospecha, habiendo salido el padre Alejo por responsable de tu fidelidad.» Respondí que, gracias al Cielo, no me tentaba la hacienda ajena, y acompañé esta mentira con una exterioridad hipócrita que contribuyó a sincerarme.

»Con efecto, el viejo no volvió a hablarme sobre el asunto; pero no dejó de envolverme en su desconfianza, y tomando precauciones contra nuestros atentados, mandó poner al arca una cerradura nueva, cuya llave traía desde entonces continuamente en la faltriquera. Habiéndose interrumpido por este medio toda comunicación entre nosotros y los talegos, quedamos sin saber lo que nos pasaba, particularmente Gaspar, que, no pudiendo ya gastar tanto con su ninfa, temió hallarse precisado a no verla más. En medio de esto, discurrió un arbitrio ingenioso que le proporcionó mantener su correspondencia por algunos días más, y fué el de apropiarse, por vía de empréstito, aquello que me había tocado a mí de las sangrías que yo había hecho al arca. Entreguéle hasta el último maravedí, lo que, a mi parecer, podía pasar por una restitución anticipada que yo hacía al mercader anciano en la persona de su heredero.

»Luego que el desordenado mozo acabó de consumir aquel recurso, considerando que ya no le quedaba ningún otro, cayó en una melancolía profunda y obscura que poco a poco trastornó su razón. No mirando ya a su padre sino como a un hombre que causaba la desgracia de su vida, dió en una furiosa desesperación, y, sin escuchar la voz de la sangre, el miserable concibió el horroroso designio de envenenarle. Poco satisfecho con haberme confiado este execrable proyecto, tuvo aliento para proponerme le sirviese de instrumento a su venganza. Horroricéme al oírle semejante propuesta, y le dije: «¡Es posible, señor, que estéis tan dejado de la mano de Dios que hayáis podido formar esa abominable resolución! Pues qué, ¿tendríais valor para quitar la vida al autor de la vuestra? ¿Habríase de ver en España, en el seno del cristianismo, cometerse un crimen cuya sola idea horrorizaría a las más bárbaras naciones? ¡No, mi querido amo—añadí echándome a sus pies—, no! ¡Usted no hará una acción que excitaría contra sí toda la indignación de la Tierra y que sería castigada con un infame suplicio!»

»Aleguéle todavía a Gaspar otras razones para disuadirle de un pensamiento tan culpable, y yo no sé dónde pude encontrar raciocinios tan honrados y discretos como empleé para combatir su desesperación; lo cierto es que le hablé como pudiera un doctor de Salamanca, a pesar de ser tan joven e hijo de la Coscolina. No obstante, por más que hice para convencerle de que debía volver sobre sí y desechar animosamente las detestables ideas que se habían apoderado de su ánimo, fué inútil toda mi elocuencia. Bajó la cabeza, y, guardando un taciturno silencio, me hizo comprender que no desistiría a pesar de cuanto pudiera decirle.

»En vista de esto, tomando mi determinación dije al anciano que quería hablarle en secreto, y habiéndome encerrado con él, «Señor—le dije—, permítame usted que me arroje a sus pies e implore su misericordia.» Dichas estas palabras, me postré delante de él lleno de agitación y con el rostro bañado en lágrimas. Atónito el mercader de aquella demostración y de verme tan turbado, me preguntó qué había hecho. «¡Un delito de que me arrepiento—le respondí—y que lloraré toda mi vida! He tenido la flaqueza de dar oídos a su hijo de usted y de ayudarle a que le robase.» Al mismo tiempo le hice una confesión sincera de todo lo sucedido en este particular, después de lo cual le di cuenta de la conversación que acababa de tener con Gaspar, cuyo designio le revelé sin omitir la menor circunstancia.