»Por más mal concepto que el anciano Velázquez tuviese de su hijo, apenas podía dar crédito a mis palabras. Sin embargo, no dudando de la verdad de mi narración, «Escipión—me dijo levantándome del suelo, porque estaba todavía arrodillado—, yo te perdono en gracia del importante aviso que acabas de darme. ¡Gaspar—continuó alzando la voz—, Gaspar quiere quitarme la vida! ¡Ah, hijo ingrato, monstruo a quien hubiera valido más ahogar al tiempo de nacer que dejarle vivir para ser un parricida! ¿Qué motivo tienes para atentar contra mis días? ¡Todos los años te doy una cantidad suficiente para tus diversiones, y no estás contento! ¿Conque será necesario para contentarte permitirte que disipes todos mis bienes?» Habiendo hecho este doloroso apóstrofe, me encargó el secreto y me dijo que le dejase solo para pensar lo que debía hacer en tan delicada coyuntura.
»Yo estaba con la mayor inquietud por saber qué resolución tomaría aquel desgraciado padre, cuando en el mismo día llamó a Gaspar, y, sin darle a entender lo que sabía, le habló de este modo: «Hijo mío, he recibido una carta de Mérida, en que me dicen que si te quieres casar se proporciona una señorita de quince años, que, sobre ser muy hermosa, llevará consigo un gran dote. Si no tienes repugnancia al matrimonio, mañana al romper la aurora partiremos los dos a Mérida, veremos la persona que te proponen y si te gusta te casarás con ella.» Cuando Gaspar oyó hablar de un gran dote, y creyendo tenerlo ya en su poder, respondió sin vacilar que estaba pronto a hacer el viaje, y, con efecto, el día siguiente al amanecer marcharon solos y montados ambos en buenas mulas.
»Luego que llegaron a las montañas de Fesira y se vieron en un sitio tan apetecido de los salteadores como temido de los pasajeros, Baltasar echó pie a tierra, diciendo a su hijo que hiciese lo mismo. Obedeció el mozo y preguntó para qué le hacía apear en aquel paraje. «Voy a decírtelo—le respondió el anciano mirándole con unos ojos en que estaban pintados la cólera y el dolor—. No iremos a Mérida, y la boda de que te he hablado es una mera invención mía sólo para atraerte aquí. No ignoro, hijo ingrato y desnaturalizado, no ignoro el atentado que proyectas; sé que por disposición tuya se tiene preparado un veneno para dármelo. Pero dime, insensato, ¿has podido lisonjearte de quitarme de este modo impunemente la vida? ¡Qué horror! Tu crimen se descubriría bien pronto y morirías a manos del verdugo. Hay—continuó—otro medio más seguro para que satisfagas tu furor sin exponerte a una muerte ignominiosa. Aquí estamos los dos sin testigos y en un sitio en que cada día se cometen asesinatos. Ya que tan sediento estás de mi sangre, sepulta en mi pecho tu puñal y se atribuirá esta muerte a los salteadores.» A estas palabras, descubriendo Baltasar el pecho y señalando el sitio del corazón a su hijo, «¡Mira, Gaspar—añadió—, dame aquí un golpe mortal, para castigarme de haber engendrado a un malvado como tú!»
»El joven Velázquez, herido como de un rayo con estas palabras, muy lejos de intentar sincerarse, cayó de repente sin sentido a los pies de su padre. El buen anciano, viéndole en aquel estado, que le pareció un principio de arrepentimiento, no pudo menos de ceder a la pasión paternal y acudió prontamente a socorrerle; pero Gaspar, luego que volvió en sí, no pudiendo sufrir la presencia de un padre tan justamente irritado, hizo un esfuerzo para levantarse, volvió a montar en su mula y se alejó sin decir una palabra. Dejóle ir Baltasar, y, abandonándole a sus remordimientos, se restituyó a Córdoba, en donde seis meses después supo que su hijo había tomado el hábito en la Cartuja de Sevilla, para pasar allí el resto de su vida haciendo penitencia.
CAPITULO XII
Fin de la historia de Escipión.
»Ocasiones hay en que el mal ejemplo suele producir buenos efectos. La conducta que el joven Velázquez había tenido me obligó a hacer serias reflexiones sobre la mía. Comencé a combatir mi inclinación a hurtar y me propuse vivir como hombre honrado. El hábito que yo había contraído de apoderarme de cuanto dinero podía haber a las manos se había radicado en mí con actos tan repetidos que no era fácil de vencer. Sin embargo, esperaba lograrlo, persuadido de que para ser virtuoso no es menester mas que quererlo de veras. Emprendí, pues, esta grande obra, y el Cielo bendijo mis esfuerzos; dejé de mirar con ojos codiciosos el arca del mercader anciano, y aun creo que aunque hubiera estado en mi mano sacar de ella algunos talegos no los hubiera tocado. Sin embargo, confesaré que hubiera sido gran imprudencia poner a prueba mi integridad reciente, de lo cual se guardó muy bien Velázquez.