»Mientras que la salud de nuestra buena tía se iba restableciendo visiblemente, menos quizá por los remedios que le hacían tomar que por la presencia de su querido sobrino, el señor tesorero empleaba su tiempo lo más alegremente que podía con ciertos jóvenes cuyo trato era muy a propósito para proporcionarle ocasiones de gastar su dinero. Llevábanme algunas veces a los garitos, en donde me incitaban a jugar con ellos, y como yo no era tan diestro jugador como mi amo don Abel, perdía muchas más veces de las que ganaba. Insensiblemente me iba aficionando al juego, y si me hubiera entregado del todo a esta pasión sin duda me hubiera precisado a tomar de la caja algunas mesadas anticipadas; pero, por fortuna, el amor salvó la caja y mi virtud. Pasando yo un día cerca de la iglesia de San Juan de los Reyes vi asomada a una celosía, cuyas portezuelas estaban abiertas, a una linda niña, que más parecía deidad que criatura. Si encontrara otra voz más expresiva, usaría de ella para dar a entender a ustedes la fuerte impresión que sentí al verla. Informéme de quién era y, después de varias diligencias, supe que se llamaba Beatriz y que era doncella de doña Julia, hija segunda del conde de Polán.»
Beatriz interrumpió aquí a Escipión riendo a carcajada tendida, y dirigiendo la palabra a mi mujer, «¡Amable Antonia—le dijo—, míreme usted bien, y dígame por su vida si a su parecer tengo semblante de divinidad!» «Por lo menos entonces—le dijo Escipión—lo tenías a mis ojos; y ahora que tu fidelidad ya no me es sospechosa, me pareces más hermosa que nunca.» Mi secretario, después de una respuesta tan amorosa, prosiguió así su historia:
«Este descubrimiento acabó de encenderme, no a la verdad en un ardor legítimo, porque me imaginé que fácilmente podría triunfar de su virtud combatiéndola con presentes capaces de desquiciarla; pero yo conocía mal a la casta Beatriz. Inútilmente le ofrecí mi bolsillo y mis obsequios por medio de ciertas mujercillas mercenarias, pues oyó con mucho enojo la propuesta. Su resistencia encendió más mis deseos, y recurrí al último arbitrio, que fué ofrecerle mi mano, la que aceptó luego que supo era yo secretario y tesorero de don Manrique. Pareciónos a los dos que convenía tener oculto nuestro matrimonio por algún tiempo, y así, nos casamos de secreto, siendo testigos la señora Lorenza Séfora, aya de Serafina, y otros criados del conde de Polán. Luego que me casé con Beatriz, ella misma me facilitó el modo de verla y hablarle de noche en el jardín, en donde yo entraba por una puertecilla cuya llave me entregó. Difícilmente se hallarían dos esposos que se amasen con más ternura que nos amábamos Beatriz y yo: era igual en ambos la impaciencia con que esperábamos la hora señalada para vernos y hablarnos; ambos acudíamos allí con la misma ansia, y siempre se nos hacía corto el tiempo que pasábamos juntos, aunque algunas veces no dejaba de ser bien largo.
»Una noche, que fué para mí tan cruel como habían sido deliciosas las anteriores, al ir a entrar en el jardín quedé sorprendido de hallar abierta la puertecilla. Sobresaltóme aquella novedad, y formé de ella un mal juicio; me puse pálido y trémulo, como si hubiese presentido lo que iba a sucederme; y acercándome en medio de la obscuridad hacia un cenador en donde había solido hablar a mi esposa, oí la voz de un hombre; me detuve para percibir mejor, y al momento llegaron a mis oídos estas palabras: ¡No me hagas penar más, mi querida Beatriz! ¡Completa mi felicidad, y piensa que de ella depende tu fortuna! En vez de tener la paciencia de escuchar todavía, creí no tener necesidad de oír más; un furor celoso se apoderó de mi alma, y, no respirando sino venganza, desenvainé la espada y entré precipitadamente en el cenador. «¡Ah vil seductor!—exclamé—. ¡Cualquiera que tú seas, antes de quitarme el honor será menester que me arranques la vida!» Diciendo estas palabras cerré contra el caballero que estaba en conversación con Beatriz, que se puso al momento en defensa, y se batió como persona más diestra en el manejo de las armas que yo, que no había recibido sino algunas lecciones de esgrima en Córdoba. Sin embargo, a pesar de su destreza le tiré una estocada que no pudo parar, o más bien tuvo un tropiezo: vile caer al suelo, y creyendo haberle herido mortalmente, me puse en salvo a carrera tendida, sin querer responder a Beatriz, que me llamaba.»
«Así fué puntualmente—interrumpió la mujer de Escipión, dirigiéndonos la palabra—. Yo le llamaba para sacarle de su error. El caballero que estaba hablando conmigo en el cenador era don Fernando de Leiva. Este señor, que amaba tiernamente a mi ama Julia, estaba determinado a sacarla de casa, pareciéndole que no la podría conseguir sino por este medio, y yo misma le había citado para el jardín con el fin de concertar con él esta fuga, de la cual me aseguraba él que pendía mi fortuna; pero por más que llamé a mi esposo, se alejó de mí como de una esposa infiel.»
«En el estado en que me hallaba—replicó Escipión—, era capaz de eso y mucho más. Los que saben por experiencia qué cosa son celos y las extravagancias que hacen cometer aun a los más sensatos, no se admirarán del trastorno que causaron en mi débil imaginación. Al momento pasé de un extremo a otro: a los sentimientos de ternura que un instante antes me animaban hacia mi esposa me sobrevinieron bien pronto impulsos de aborrecimiento, e hice juramento de abandonarla y desecharla para siempre de mi memoria. Por otra parte, creía haber muerto a un caballero, y bajo este concepto, temeroso de caer en manos de la justicia, experimentaba la turbación penosa que persigue por todas partes como una furia a un hombre que acaba de cometer un crimen. En esta horrible situación, no pensando más que en ponerme en salvo, y sin volver siquiera a la posada, en aquel mismo punto salí de Toledo, sin más equipaje que el vestido que tenía puesto. Es verdad que llevaba en el bolsillo hasta unos sesenta doblones, lo que no dejaba de ser un recurso bastante bueno para un mozo que tenía hecho ánimo de no pasar de criado en toda su vida.
»Caminé toda aquella noche, o por mejor decir fuí corriendo, porque la idea de los alguaciles, presente siempre en mi imaginación, me daba un continuo vigor. Amanecí entre Rodillas y Maqueda, y cuando llegué a este último pueblo, sintiéndome algo cansado, entré en la iglesia, que acababan de abrir, y después de haber hecho una breve oración me senté en un banco para descansar. Púseme a meditar en el estado de mis negocios, que no me daban poco en qué discurrir; pero no tuve tiempo para hacer muchas reflexiones, porque luego oí resonar en la iglesia tres o cuatro chasquidos de látigo que me hicieron creer pasaba por allí algún alquilador. Me levanté al momento para ir a ver si me engañaba, y cuando estuve en la puerta vi uno montado en una mula, que llevaba de reata otras dos. «¡Parad, amigo mío!—le grité—. ¿Adónde van esas mulas?» «A Madrid—me respondió—; en ellas han venido a este pueblo dos religiosos dominicos, y me voy allá de retorno.»
»La ocasión que se presentaba de hacer el viaje de Madrid me inspiró deseo de verificarle. Ajustéme con el alquilador, monté en una de sus mulas, y nos encaminamos hacia Illescas, en donde debíamos hacer noche.
»No bien habíamos salido de Maqueda, cuando el alquilador, persona de treinta y cinco a cuarenta años, empezó a entonar cánticos de la Iglesia a toda voz. Comenzó por los salmos que los canónigos cantan a maitines, en seguida cantó el Credo, como en las misas solemnes, y luego, pasando a las vísperas, me las cantó todas sin perdonarme ni aun el Magnificat. Aunque el majadero me aturdía los oídos, yo no podía menos de reír; y aun le incitaba a continuar cuando se veía precisado a detenerse para cobrar aliento. «¡Animo, buen amigo!—le decía—. ¡Prosiga usted, que si el Cielo le ha dado tan buenos pulmones, usted no hace mal uso de ellos!» «¡Oh! En cuanto a eso—me respondió—no me parezco, gracias a Dios, a la mayor parte de los alquiladores, que no cantan sino canciones infames o impías; ni tampoco canto nunca romances sobre nuestras guerras contra los moros, porque son unas cosas a lo menos frívolas, cuando no sean indecentes.» «Tenéis—le repliqué—una pureza de corazón que raras veces tienen los alquiladores. Y siendo tan escrupuloso en punto de canciones, ¿habéis hecho también voto de castidad en las posadas donde hay criadas mozas?» «Seguramente—me respondió—. La continencia es también una cosa de que me precio en estos parajes; en ellos sólo me ocupa el cuidado de mis mulas.» No quedé poco admirado de oír hablar de este modo a aquel fénix de los alquiladores; y teniéndole por un hombre de bien y de talento, entablé conversación con él luego que acabó de cantar cuanto le dió la gana.
»Llegamos a Illescas a la caída de la tarde. Luego que nos apeamos en el mesón dejé a mi compañero que cuidase de sus mulas, y me metí en la cocina a encargar al mesonero que nos dispusiese una buena cena, lo que prometió hacer tan bien, que me acordaría, dijo él, toda mi vida de haberme alojado en su mesón. «¡Pregunte su merced—añadió—, pregunte a su alquilador quién soy yo! ¡Voto a tal que desafiaría a todos los cocineros de Madrid y de Toledo a hacer una olla podrida como las que yo hago! Esta noche quiero agasajar a su merced con un guisado de gazapo compuesto de mi mano, y verá si tengo razón para ponderar mi habilidad.» Dicho esto, mostrándome una cazuela en que había—según él decía—un conejo hecho ya trozos. «Mire usted—continuó—lo que pienso darle después que le haya echado pimienta, sal, vino, un manojo de hierbas y algunos otros ingredientes que empleo en mis salsas, con lo que espero regalar a su merced con un guisado que se pudiera presentar a un contador mayor.»