»El mesonero, después de haber hecho de este modo su elogio, comenzó a disponer la cena. Mientras tanto me entré en un cuarto, y, echándome en una mala cama que había allí, me quedé dormido de cansancio por no haber sosegado nada la noche antecedente. De allí a dos horas vino a despertarme el alquilador, diciendo: «Señor amo, la cena está pronta; venga usted, si gusta, a sentarse a la mesa», la cual estaba puesta en una sala con solos dos cubiertos. Sentámonos a ella el alquilador y yo, y nos trajeron el guisado. Me tiré a él con ansia, y me supo muy bien, ya fuese porque el hambre me lo hizo apetitoso, ya por el sainete que le daban los ingredientes del cocinero. En seguida nos sirvieron un trozo de carnero asado; y observando que el alquilador sólo tomaba de este segundo plato, le pregunté por qué no tomaba del otro. Me respondió sonriéndose que no le gustaban los guisos; cuya respuesta, o, por mejor decir, la risita con que la había acompañado, me pareció misteriosa. «Usted me oculta—le dije—la verdadera razón que le impide comer de este guisado; hágame el gusto de decírmelo.» «Ya que usted tiene tanta curiosidad de saberla—replicó él—, le diré que tengo repugnancia a llenarme el estómago de esa especie de guisotes desde que caminando de Toledo a Cuenca me dieron una noche en un mesón, por conejo de vivar, un jigote de gato, lo que me ha hecho cobrar aversión a los cochifritos.»
»Apenas el alquilador me dijo estas palabras perdí enteramente el apetito en medio del hambre que me devoraba. Se me encajó en la cabeza que acababa de comer conejo sólo en el nombre, y ya no miré el guisado sino haciéndole gestos. El arriero, lejos de desvanecer mi aprensión, me la aumentó diciéndome que los mesoneros y pasteleros en España hacían con frecuencia aquella especie de quid pro quo; lo que, como ustedes pueden pensar, no me sirvió de mucho consuelo; antes bien, me quitó del todo la gana, no ya de volver a probar el guisote, mas ni aun de tocar al asado, temiendo que el carnero no lo fuese más realmente que el conejo. Levantéme de la mesa echando mil maldiciones al guiso, al mesonero y al mesón; volvíme a tender en la cama, y pasé la noche con más quietud de la que pensaba. El día siguiente muy temprano, después de haber pagado al mesonero con tanta largueza como si me hubiera tratado perfectamente, salí de Illescas tan ocupado el pensamiento en el guisado, que me parecían gatos cuantos animales se me ofrecían a la vista. Entramos temprano en Madrid, y después de haber satisfecho al conductor me hospedé en una posada de caballeros cerca de la Puerta del Sol. Aunque mis ojos estaban acostumbrados al gran mundo, no dejaron de deslumbrarse con el concurso de señores que se ven comúnmente en el centro de la corte. Pasmóme el enorme número de coches y la gran multitud de gentileshombres, pajes y lacayos que los grandes llevaban de comitiva. Llegó a lo sumo mi admiración cuando, habiendo ido a ver el rey, miré al monarca rodeado de sus cortesanos. Quedé encantado a la vista de tal espectáculo, y dije para mí: «Ya no me admiro de haber oído decir que es indispensable ver la corte de Madrid para formar concepto cabal de su magnificencia; celebro infinito el visitarla, y el corazón me dice que he de hacer algo en ella.» Sin embargo, nada más hice que contraer algunas amistades inútiles. Fuí poco a poco gastando todo mi dinero, y me tuve por muy dichoso en haberme acomodado, a pesar de todo mi mérito, con un pedante de Salamanca a quien conocí casualmente, que había ido a la corte, su patria, a negocios personales. Llegué a ser sus pies y sus manos, y cuando se restituyó a su Universidad, me llevó en su compañía.
»Llamábase don Ignacio de Ipiña éste mi nuevo amo. El mismo se tomaba el don por haber sido maestro de un duque, el cual por agradecimiento le había señalado una renta vitalicia; gozaba otra por catedrático jubilado del colegio, y además de eso sacaba del público doscientos o trescientos doblones anuales por los libros de moral dogmática que solía dar a la prensa. El modo con que componía sus obras me parece digno de contarse. Gastaba casi todo el día en leer autores hebreos, griegos y latinos y en escribir en medias cuartillas de papel todos los apotegmas o pensamientos sublimes que encontraba en ellos. Conforme iba llenando las cuartillas me las hacía ensartar en un alambre en figura de guirnalda, y cada una formaba un tomo. ¡Qué de libros perversos hacíamos! Apenas se pasaba mes alguno sin que formásemos cuando menos dos volúmenes, y al momento iban a fatigar la prensa. Lo más extraordinario era que estas compilaciones se hacían pasar por cosas nuevas; y si los críticos trataban de hacer ver al autor que era un plagiario de las obras de los antiguos, les contestaba con orgulloso descaro: Furto laetamur in ipso.
»También era gran comentador, y estaban tan llenos de erudición sus comentos, que a cada paso hacía notas sobre cosas que no merecían reparo, así como en las medias cuartillas de papel escribía inoportunamente pasajes de Hesíodo y de otros autores. Yo no dejé de aprovechar en casa de este sabio, y sería ingratitud negarlo, pues a lo menos, a fuerza de copiar sus obras, fuí aprendiendo a escribir decentemente; y considerándome él no ya como criado, sino como discípulo suyo, ilustró mi entendimiento, sin descuidarse en arreglar mis costumbres. Si por casualidad llegaba a saber que algún otro criado había hecho algo malo: «¡Escipión—me decía—, guárdate bien, hijo, de hacer lo que ha hecho ese bribón! Un criado debe esmerarse en servir lealmente a su amo»; en una palabra, no perdía ocasión don Ignacio de exhortarme a la virtud, y sus palabras hacían en mí tanta impresión, que en los quince meses que lo serví no tuve la más mínima tentación de jugarle ninguna de las piezas a que estaba acostumbrado, ni tampoco hice en su casa la más leve travesura.
»Ya dejo dicho que el doctor Ipiña era hijo de Madrid, donde tenía una parienta llamada Catalina, que era camarera del ama que había criado al príncipe de Asturias. La tal sirvienta, que es la misma de quien me valí para sacar al señor Santillana de la torre de Segovia, deseosa de hacer algo por su pariente don Ignacio, se empeñó con su ama para que le consiguiese del duque de Lerma alguna pieza eclesiástica. El ministro le confirió el arcedianato de Granada, porque, siendo aquel reino país de conquista, todas las prebendas son del patrimonio real y de nombramiento del rey. Luego que lo supimos marchamos a Madrid, porque quiso el doctor dar las gracias a sus bienhechores antes de ir a Granada. Con esta ocasión las tuve frecuentes de ver y tratar a la tal Catalina, que se pagó mucho de mi buen humor y desembarazo. No me gustó a mí menos la mozuela, y tanto, que no pude dejar de corresponder ciertas señales de particular inclinación que me manifestaba; en conclusión, nos enamoramos uno de otro. Perdóname, querida Beatriz, esta confesión que hago; el mirarte entonces infiel a mí fué lo que me hizo propasar a lo que no me era permitido.
»Mientras tanto el doctor don Ignacio iba disponiendo su viaje a Granada. Sobresaltados su parienta y yo de la dolorosa separación que se acercaba, discurrimos un arbitrio que nos libró de este golpe. Fingíme gravemente enfermo, quejándome de la cabeza, del vientre y del pecho, con todas las demostraciones del hombre más angustiado del mundo. Mi amo llamó a un médico, el cual, después de haberme reconocido, me dijo de buena fe que mi enfermedad era más seria de lo que parecía, y que verosímilmente no me levantaría tan presto de la cama. Impaciente el doctor por irse a su catedral, no tuvo por oportuno dilatar más su viaje, y prefirió tomar otro criado para que le sirviera, contentándose con entregarme al cuidado de una asistenta, a la cual dejó cierta cantidad de dinero para mi entierro si moría, o para recompensar mis servicios si salía de mi enfermedad.
»Luego que supe que don Ignacio había salido para Granada me hallé curado de todos mis males. Levantéme, despedí al médico que había dado tan notoria prueba de su gran penetración, y me deshice de la asistenta, que me robó más de la mitad del dinero que debía entregarme. Mientras yo representaba este papel, Catalina desempeñaba otro muy diverso con su ama doña Ana de Guevara, a la cual, persuadiéndola de que yo era un intrigante ducho, la puso en deseo de escogerme por uno de sus agentes. La señora ama, que tenía mucho apego a las riquezas, era dada a manejos que pudieran producirlas, y necesitando de personas a propósito para ello, me recibió entre sus criados. Tardé poco en dar pruebas de mi talento. Dióme algunos encargos delicados que pedían viveza y maña, los que puedo asegurar sin vanidad desempeñé a su satisfacción; por lo que quedó tan pagada de mí como yo poco satisfecho de ella, pues era tan codiciosa, que nada me tocaba de lo mucho que le redituaban mis manipulaciones y mi industria. Parecíale que sólo con pagarme puntual y exactamente mi salario usaba conmigo de sobrada generosidad. Este exceso de avaricia me hubiera hecho salir muy presto de su casa a no haberme detenido en ella el afecto a Catalina, la cual, enamorada cada día más y más de mí, me propuso formalmente que nos casásemos.
«¡Poco a poco!—le respondí—. Querida mía, esa ceremonia no la podemos hacer tan prontamente; para eso es menester esperar la muerte de cierta jovencita que se anticipó a ti y con quien por mis pecados estoy ya casado.» «¡A otro perro con ese hueso!—replicó Catalina—. Ahora te quieres fingir casado para cohonestar cortesanamente la repugnancia que tienes a casarte conmigo.» En vano aseguré mil veces que le decía la pura verdad, pues no hubo forma de hacérsela creer; y pareciéndole que mi sincera confesión era una excusa, se dió por ofendida, y desde aquel mismo punto mudó de estilo conmigo. No llegamos a reñir ni a romper del todo nuestra comunicación; pero resfriándose visiblemente nuestro recíproco cariño, quedó reducido nuestro trato a los precisos términos que no se podían negar a la buena crianza y al bien parecer.
»En este estado me hallaba cuando supe que el señor Gil Blas de Santillana, secretario del primer ministro del reino de España, estaba a la sazón sin criado. Pintáronme esta conveniencia como la mayor y más ventajosa a que podía aspirar. «El señor de Santillana—me dijeron—es un caballero de mucho mérito, un mozo sumamente querido del duque de Lerma y a cuya sombra no puedes menos de hacer una gran fortuna; además de eso, es de un corazón generoso y lleno de bizarría. Haciendo tú sus negocios, no dudes que harás también el tuyo.» No malogré la ocasión; presentéme al señor Gil Blas, a quien tomé desde luego inclinación, agradóle mi fisonomía, recibióme en su casa, y no me detuve un punto en dejar por él la de la señora ama; y éste, si Dios quiere, será el último amo a quien sirva.»