Pregunté al conde-duque dónde estaba el personaje que su excelencia quería fiar a mi cuidado. «En Madrid está—me respondió—a cargo de una tía, de cuya compañía le sacaré luego que tú le tengas ya buscada casa y familia.» Esto se hizo en poco tiempo: alquilé una habitación, que hice adornar magníficamente; busqué pajes, un portero, criados menores, y con el auxilio de Caporis en breve proveí los empleos principales de la casa. Recibida toda esta gente, di parte a su excelencia, quien hizo venir al equívoco y nuevo vástago del gran tronco de los Guzmanes. Presentóse a mis ojos un mozo de buen aspecto. «Don Enrique—le dijo su excelencia señalándome a mí con el dedo—, este caballero que aquí ves es el sujeto que yo mismo he escogido para que te gobierne y guíe en la carrera del mundo. Tengo puesta en él toda mi confianza y le he dado poder y autoridad absoluta sobre ti. Sí, Santillana—añadió dirigiéndose a mí—, a tu cuidado le entrego enteramente, muy seguro de que me darás buena cuenta de él.» A estas palabras añadió el ministro otras para exhortar al joven a someterse a mi voluntad, después de lo cual llevé a don Enrique conmigo a su casa.
Luego que estuvimos en ella hice venir ante él a todos los criados, explicando a cada uno el oficio que tenía. El manifestó no causarle novedad la mutación de estado, antes bien admitía con tanta naturalidad todas las demostraciones de atención y de respeto que se le tributaban como si hubiera sido por nacimiento aquello que representaba por capricho y por casualidad. No le faltaba talento, pero era ignorante en sumo grado. Apenas sabía leer ni escribir. Busquéle un preceptor que le enseñase los rudimentos de la lengua latina, maestros de Geografía, de Historia y de esgrima. Ya se deja discurrir que no me olvidaría de un maestro de baile, pero había a la sazón tantos y tan famosos en Madrid que solamente me hallé perplejo en la elección, no sabiendo a quién dar la preferencia.
Hallábame así indeciso, cuando vi entrar en el portal de casa un sujeto ricamente vestido, quien me dijeron quería hablarme. Salí a recibirle, creyendo que era cuando menos un caballero de Santiago o de Alcántara, y después de hacerme mil cortesías que acreditaban su profesión, «Señor de Santillana—me dijo—, como he sabido que es vuestra señoría quien elige los maestros del señor don Enrique, vengo a ofrecerle mis servicios. Yo, señor—añadió—, me llamo Martín Ligero, y gracias a Dios tengo bastante reputación. No acostumbro andar a caza de discípulos, que eso es bueno para los maestrillos principiantes. Comúnmente espero a que me busquen; pero enseñando, como enseño, al señor duque de Medinasidonia, al señor don Luis de Haro y a algunos otros caballeros de la Casa de Guzmán, de la cual me precio ser como criado y servidor nato, me pareció ser de mi obligación anticiparme.» «Por lo que usted me dice—repuse yo—, veo ser el sujeto que nos hacía falta. ¿Cuánto lleva usted al mes?» «Cuatro doblones de oro—me respondió—, que es el precio corriente, y no doy más de dos lecciones por semana.» «¡Cuatro doblones!—le repliqué—. Eso es demasiado.» «¿Cómo demasiado?—repuso con aire de admiración—. ¡Y tal vez vuestra señoría no reparará en dar un doblón por mes a un maestro de Filosofía!»
No me fué posible contener la risa a vista de una contestación tan ridícula, y pregunté al señor Ligero si en conciencia creía que un hombre de su profesión era preferible a un maestro de Filosofía. «¡Y como que lo creo!—me respondió—. Nosotros somos cien veces más útiles a la sociedad que esos señores míos. Y si no, dígame vuestra señoría: ¿qué cosa son los hombres antes de pasar por nuestras manos? Estatuas de mármol, osos mal domesticados; pero nuestras lecciones los desbastan poco a poco y les hacen tomar insensiblemente formas regulares; en una palabra, nosotros les enseñamos actitudes de nobleza y gravedad.»
Rendíme a las razones de aquel maestro de baile y le recibí para que enseñase a don Enrique por los cuatro doblones al mes, que era el precio corriente entre los grandes maestros de aquel arte.
CAPITULO VI
Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil Blas en casa de don Enrique; estudios de este señorito; honores que se le confieren y con qué señora le casa el conde-duque; cómo a Gil Blas se le hizo noble, con repugnancia suya.
Aun no había recibido la mitad de la familia de don Enrique, cuando Escipión volvió de Méjico. Preguntéle si estaba contento de su expedición. «Debo estarlo—me respondió—, pues que con los tres mil ducados que tenía en dinero contante he traído dos veces más en géneros de buen despacho en este país.» «Hijo mío—le dije—, yo te doy mil enhorabuenas, y pues has comenzado a hacer fortuna, en tu mano está acabarla, haciendo el año que viene otro viaje a las Indias, o si te acomoda más un puesto honrado en Madrid, por no exponerte a los trabajos y peligros de tan larga navegación, no tienes más que hablar, que yo podré dártelo.» «¡Pardiez—me respondió el hijo de la Coscolina—, que en eso no hay que dudar! ¡Más quiero ocupar un buen destino al lado de usted que exponerme de nuevo a los peligros de una larga navegación! Explíquese usted, mi amo. ¿Qué ocupación piensa dar a su criado?»
Para enterarle más bien de todo, le conté la historia del señorito que el conde-duque acababa de introducir en la Casa de Guzmán. Después de haberle informado de este curioso pormenor y héchole saber que este ministro me había nombrado ayo de don Enrique, le dije que quería hacerle ayuda de cámara de este hijo adoptivo. Escipión, que no deseaba otra cosa, aceptó con gusto este acomodo, y le desempeñó tan bien, que en menos de tres o cuatro días se atrajo la confianza y el afecto de su nuevo amo.