Se me había figurado que los pedagogos que había elegido para enseñar al hijo de la genovesa perderían su tiempo, pareciéndome que en su edad sería indisciplinable; sin embargo, engañó mis recelos. Comprendía y retenía fácilmente cuanto le enseñaban, de lo que estaban muy contentos sus maestros. Pasé inmediatamente a dar esta noticia al conde-duque, que la recibió con extraordinario gozo. «Santillana—me dijo enajenado—, no sabes la alegría que me causas con asegurarme que don Enrique tiene feliz memoria y penetración. Esto me hace reconocer en él mi sangre, y acaba de persuadirme que es hijo mío. No le amaría más si fuera hijo de mi esposa. Amigo, tú mismo confesarás que la Naturaleza se va explicando.» Guardéme bien de decir a su excelencia lo que pensaba sobre el particular, y, respetando su flaqueza, le dejé gozar del placer, falso o verdadero, de creerse padre de don Enrique.

Aunque todos los Guzmanes aborrecían de muerte al tal señorito de nuevo cuño, disimulaban por política, y aun algunos de ellos fingían solicitar su amistad. Visitábanle los embajadores y los grandes que había en Madrid, tratándole con el mismo respeto y atención que si fuera hijo legítimo del conde-duque. Lisonjeado extremadamente este ministro con el incienso que se ofrecía a su ídolo, se dió prisa a colmarle de dignidades. La primera gracia que pidió al rey para don Enrique fué la cruz de Alcántara con una encomienda de diez mil escudos. Solicitó poco después la llave de gentilhombre; y deseando entroncarle con una de las familias más esclarecidas de España, puso los ojos en doña Juana de Velasco, hija del duque de Castilla, y fué tanto su poder, que lo logró a pesar del mismo duque, padre de la novia, y de sus parientes.

Algunos días antes de hacerse la boda me envió a llamar su excelencia, y luego que me vió me puso en la mano un pergamino, diciéndome: «Aquí tienes, Gil Blas, una ejecutoria que he solicitado para ti; ya eres noble.» «Señor—le respondí, sorprendido de lo que acababa de oír—, vuestra excelencia sabe que yo soy hijo de una dueña y de un escudero. Paréceme que agregarme a la Nobleza sería en cierta manera profanarla, y entre todas las gracias que el rey me puede hacer, ninguna merezco ni deseo menos.» «Tu humilde nacimiento—replicó el ministro—es un obstáculo muy fácil de allanar. Te has ocupado en los negocios del Estado bajo el ministerio del duque de Lerma y del mío. Además—añadió sonriéndose—, ¿no has hecho al monarca servicios que merecen ser premiados? En una palabra, Santillana, eres acreedor a la honra que quiero hacerte. Fuera de eso, el empleo que ejerces cerca de mi hijo exige que seas noble, y por eso he solicitado tu ejecutoria.» «Ríndome, señor—le repliqué—, puesto que así lo quiere vuestra excelencia.» Y diciendo esto salí con mi ejecutoria, metiéndomela en el bolsillo.

«¡Conque ahora soy caballero!—me dije a mí mismo cuando estuve en la calle—. ¡Héteme que ya soy noble sin tener que agradecerlo a mis parientes! Ya podré cuando me acomode hacer que me llamen don Gil Blas; y si a algún conocido mío se le antoja reírse de mí llamándome de este modo, le haré ver mi ejecutoria. Pero leámosla—continué, sacándola del bolsillo—, y veamos de qué manera se borra en ella el villanismo.» Leí, pues, el real título, que decía en substancia que el rey, en reconocimiento del celo que en más de una ocasión había mostrado yo por su servicio y por el bien del Estado, había tenido a bien recompensarme con la merced de noble, etc. Y me atrevo a decir, en alabanza mía, que no me inspiró el menor orgullo; antes bien, no perdiendo jamás de vista la humildad de mi nacimiento, este honor, en vez de engreirme, me humillaba. Por lo mismo me propuse encerrar la ejecutoria en un cajón, en lugar de hacer ostentación de poseerla.


CAPITULO VII

Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a Fabricio; última conversación que ambos tuvieron, y consejo importante que Núñez dió a Santillana.

El poeta asturiano, como se habrá notado, se olvidaba fácilmente de mí. Por mi parte, mis ocupaciones no me permitían ir a visitarle, y así, no había vuelto a verle desde el lance de la famosa disertación sobre la Ifigenia de Eurípides, cuando quiso la casualidad que un día le encontrase en la Puerta del Sol, que salía de una imprenta. Me acerqué a él diciéndole: «¡Hola! ¡Hola, señor Núñez! ¡Usted viene de casa de un impresor! ¡Eso me huele a que quieres regalar al público con alguna nueva composición tuya!»

«Sin duda debe esperarla—me respondió—. Actualmente estoy haciendo imprimir un librito que ha de meter mucho ruido entre los literatos.» «No dudo de su mérito—le repliqué—; pero me parece que la mayor parte de esos papeluchos son unas bagatelas que hacen poco honor a sus autores.» «Convengo en eso—me respondió—, pues sé muy bien que solamente aquellos ociosos que quieren leer todo cuanto se imprime gustan de divertirse perdiendo el tiempo en la lectura de esos folletos. Con todo, he caído en la tentación, y te confieso que es un hijo de la necesidad. Ya sabes que el hambre es la que obliga al lobo a salir de su madriguera.» «¿Cómo así?—repliqué yo admirado—. ¿Es posible que me llegue a decir esto el autor de El conde de Saldaña? ¿Un hombre que tiene dos mil escudos de renta ha de hablar de esta manera?» «¡Vamos poco a poco, amigo!—me interrumpió Núñez—. Ya no soy aquel poeta afortunado que gozaba de una renta bien pagada. Desordenáronse de repente los negocios del tesorero don Beltrán, disipó el dinero del rey, embargáronle todos los bienes y se llevó el diablo mi pensión.» «¡Malo es eso!—le dije—. Pero ¿no te ha quedado aún alguna esperanza por ese lado?» «¡Maldita!—me respondió—. El señor Gómez del Ribero está tan miserable como su poeta; cayó en el agua, sin que pueda jamás salir a la orilla.»

«Según eso, amigo mío—repuse yo—, te veo en términos de que me será preciso solicitar algún empleo que pueda consolarte de la pérdida de tu pensión.» «No quiero que te tomes ese trabajo—me dijo—; aunque me ofrecieras en las secretarías del ministro un empleo de tres mil ducados de sueldo, le rehusaría. Las ocupaciones de las oficinas no convienen a los que se han criado entre las musas. A éstos solamente les convienen distracciones literarias. En fin, ¿qué quieres que te diga? Yo nací para vivir y morir poeta, y quiero seguir mi suerte. Por lo demás—continuó—, no creas que nosotros seamos tan infelices como parece. Fuera de que vivimos en una total independencia, tenemos asegurada la comida sin cuidados ni fatigas. Se cree comúnmente que comemos a lo Demócrito; pero es engaño manifiesto. No se hallará entre nosotros ni siquiera uno, sin exceptuar a los compositores de almanaques, que no tenga una buena casa donde ir a comer. Yo tengo dos, donde soy bien recibido, y en ellas dos cubiertos asegurados: uno, en la mesa de un director general de la real Hacienda, a quien dediqué una novela, y otro, en la de un caballero rico de Madrid, que tiene el flujo de querer que siempre le acompañen eruditos a la mesa. Por fortuna, no es muy delicado para elegir, y así, fácilmente halla cuantos quiere en la población.»