«En ese caso—dije al poeta asturiano—ya no te tengo lástima, puesto que estás contento con tu suerte. Como quiera que sea, te aseguro de nuevo que en Gil Blas tendrás siempre un buen amigo, a pesar de tu descuido en cultivar su amistad; si necesitas mi bolsillo, acude francamente a mí. Sentiré que una vergüenza fuera de tiempo te prive de un auxilio que nunca te faltará, y a mí me niegue el gusto de serte útil.»
«En esas generosas expresiones—exclamó Núñez—te reconozco, Santillana, y te doy mil gracias por la gran disposición a favorecerme en que te veo. En prueba de mi gratitud a esa fineza, quiero darte un consejo saludable. Mientras que todavía dura el poder del conde-duque y te mantienes en su gracia, aprovecha el tiempo, date prisa a enriquecerte, porque ese ministro, a lo que me han asegurado, vacila en su asiento.» Preguntéle si aquello lo sabía de buen original, y me respondió: «Lo sé por un caballero de Calatrava, viejo, que tiene buen olfato, a quien todos escuchan como un oráculo, y le oí decir ayer: «El conde-duque tiene muchos enemigos, y todos conspiran a derribarle. Cuenta demasiado con el ascendiente que ha logrado sobre el ánimo del rey; pero el monarca, a lo que se dice, ha comenzado ya a dar oídos a las quejas que le llegan de él.» Agradecí a Núñez la prevención, pero hice poco caso de ella, y me volví a casa persuadido de que la privanza de mi amo era indesquiciable, a la manera de aquellas viejas encinas que, arraigadas profundamente en la tierra, se burlan de los más violentos huracanes.
CAPITULO VIII
Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió Fabricio; hace el rey un viaje a Zaragoza
Lo que el poeta asturiano me había dicho no carecía de fundamento. Se formaba dentro del palacio cierta conspiración para derribar al conde-duque, a cuyo frente se decía estaba la misma reina. Sin embargo, nada se traslucía en el público de las medidas que tomaban los confederados para hacer caer al ministro, y se pasó más de un año sin que yo notase que su privanza disminuyera.
Pero el levantamiento de Cataluña, sostenido por la Francia, y los desgraciados sucesos de la guerra contra los rebeldes dieron motivo a la murmuración del pueblo y a sus quejas contra el Gobierno. Estas fueron causa de que se tuviera un Consejo a presencia del rey, al que quiso su majestad concurriese el marqués de la Grana, embajador de la Corte de Viena. Tratóse en él si sería más conveniente que el monarca se mantuviese en Castilla o que pasase a Aragón a dejarse ver de sus tropas. El conde-duque, que no tenía gana de que el rey saliera para el ejército, habló el primero, y representó que no juzgaba acertado que su majestad desamparase el centro de sus Estados, apoyando esta opinión con todas las razones que le sugirió su elocuencia. Siguiéronle en la misma todos los miembros del Consejo, a excepción del marqués de la Grana, que, llevado de su celo por la Casa de Austria y con la franqueza genial de su nación, se opuso abiertamente al parecer del primer ministro y defendió lo contrario con razones tan poderosas que, convencido el rey de su solidez, abrazó esta opinión, aunque opuesta al sentir de todos los votos del Consejo, y señaló el día de su salida para el ejército.
Esta fué la primera vez de su vida que el monarca dejó de seguir el dictamen de su privado; novedad que le llenó de amargura, considerándola como una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se retiraba a su gabinete a tascar en plena libertad el freno, me vió, me llamó, y encerrándose conmigo en su cuarto, me contó, trémulo, agitado y como fuera de sí, lo que había pasado en el Consejo. En seguida, como si no pudiera volver de su sorpresa, «¡Sí, Santillana—continuó—; el rey, que hace más de veinte años que no habla sino por mi boca ni ve por otros ojos que por los míos, ha preferido el dictamen del marqués de la Grana al mío! Pero ¿de qué modo? ¡Colmando de elogios a este embajador, y alabando sobre todo su celo por la Casa de Austria, como si este alemán tuviera más que yo! Por aquí fácilmente se conoce—prosiguió el ministro—que hay un partido formado contra mí y que la reina está a su cabeza.» «¿Y eso le inquieta a vuestra excelencia?—le repliqué yo—. Doce años ha que la reina está acostumbrada a ver a vuestra excelencia dueño de los negocios, y otros tantos que vuestra excelencia acostumbró al rey a no consultar con su esposa ninguno de ellos. Respecto del marqués de la Grana, pudo muy bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo que tiene de ver su ejército y de hacer una campaña.» «¡No das en ello!—interrumpió el conde—. Di más bien que mis enemigos esperan que hallándose el rey entre sus tropas estará siempre rodeado de los grandes que le habrán de seguir, y entre ellos habrá más de uno, poco satisfecho de mí, que se atreverá a decir mil males de mi ministerio. ¡Pero se engañan miserablemente—añadió—, porque sabré disponer que durante el viaje se haga el rey inaccesible a todos los grandes!» Así lo ejecutó efectivamente, pero de un modo que merece referirse por menor.