[Nota 1: Véase la lám. 8.]
Las orillas del Mamoré presentan á cada paso paisages pintorescos, y á los que la variedad de vegetacion da un aspecto el mas risueño. Los lugares bajos se ven siempre revestidos de sensitivas de flor rosada, miéntras que en los parages algo mas secos abunda una planta, cuyos tallos tienen la forma de un abanico, y están coronados de penachos blanquizcos, que ondeando uniformemente al capricho del viento contrastan con las mimosas en flor, con el lambaiva de azucarados racimos, ó con las enredaderas que cuelgan por todas partes de los gajos entrelazados con las palmeras. Todo maravilla al viagero que transita por en medio de esas encantadoras orillas, donde reposa plácidamente sus ojos sobre una vegetacion tan lujosa, ó se detiene á contemplar con interes esas colonias de martin-pescadores, los que saliendo de sus casillas ocultas en los agujeros de las barrancas arenosas, siguen de léjos el rumbo de las canoas.
En la tercera jornada se tiene que arrostrar una de las mayores dificultades que presenta el Mamoré para su navegacion; pues hay un punto en el que estrechándose mucho su corriente, viene á ser mas impetuosa, y forma unos remolinos en embudo, demasiado rápidos para que las canoas puedan salvarlos sin aventurarse demasiado: es tal la violencia con que azota el agua al pasar por encima de ellas, que la débil embarcacion vacila y se bambolea como si hubiese chocado contra una roca. A un corto tiro de este punto se encuentra el primer campo sembrado de Exaltacion, distante dos jornadas todavía del sitio donde está la aldea: los plantíos de este campo, que vigilan cuatros indios cuya casucha se ve allí cerca, se componen de plátanos y de cacahuales.
En esta parte de las riberas del Mamoré se observa cierta variedad en la vegetacion: de tiempo en tiempo se ven sobresalir entre sus bosques la palma cuchis y las cañas tacuaras, que se presentan algunas veces totalmente aisladas: entre tanto, nada hay allí de tan singular como la sucesion de plantas sobre los terremonteros del rio. Los terrenos que se van levantando hasta quedar fuera de las aguas, se cubren, en el espacio de un año, de lisos que se anticipan siempre á los otros vegetales; pero bien pronto desaparecen sofocados por los sauces, que crecen con mas vigor. A los cuatro años, los sauces, despues de haber protegido el crecimiento de los lambaivas y de las higueras bibosis, desaparecen á su vez, dejando á estos enteramente dueños del campo. Los demás árboles, y particularmente las palmeras, no se manifiestan sino al cabo de muchos años, y cuando el terreno ya bastante elevado, solo llega á inundarse en las crecientes accidentales.
Para abreviar el camino, que seria interminable si no se economizasen de algun modo los grandes recodos del rio, y á fin tambien de tener ménos corriente, se atraviesa por unos bañados que se presentan sobre la ribera derecha. En uno de estos bañados, ó grandes lagos, se cria la planta acuática mas hermosa de América: sus hojas circulares, de dos varas de diámetro, rectamente levantadas en sus bordes, verdes en la parte de arriba y rojas en la de abajo, se estienden graciosamente sobre las aguas á la manera de las hojas del nenúfar de los bañados de Europa, ofreciendo á la vista, con sus magníficas flores de un pié de ancho, ya rosadas, ya blancas, un conjunto maravilloso digno de la vegetacion grandiosa de aquellas regiones[1]. El padre Lacueva, y tambien uno de los intérpretes que me acompañaban en mi espedicion á Moxos, me han asegurado que el naturalista Hainck, al ver esta planta por la primera vez, trasportado de admiracion, se habia puesto de rodillas para dar gracias á la Providencia por una creacion tan prodigiosa[2]; y efectivamente, nada hay comparable á la alta idea que nos da esta planta de la fuerza productiva de la vegetacion.
[Nota 1: Esta planta es la misma que han llamado los Ingleses, en 1836, Victoria regina, la cual fué recogida en la Guayana inglesa por el viajero Chonburk. La especie que encontré en Corrientes en el año de 1827, era conocida en Francia en el de 1829: así pues, soy yo el primero que la haya enviado á Europa.]
[Nota 2: Véase la lám. 9.]
Entre tanto, no deja de ser bastante incómodo el tránsito por los bañados, á causa de los enjambres de hormigas de que ya hemos hablado; así es que se sale de ellos con placer para proseguir la marcha por el rio; en el cual tambien hay que evitar otro peligro que amenaza á las pequeñas embarcaciones. Resulta este del desmoronamiento repentino de las barrancas arenosas, que alterando el rumbo natural de las aguas, promueven fuertes oleadas de proyeccion. En el punto donde se hace alto al anochecer, es menester, ante todo, derribar con el mayor cuidado posible estas frágiles y empinadas barrancas, hasta dejarlas gradualmente en declive, para evitar de este modo que lleguen durante la noche á desmoronarse de golpe, y echen á fondo las canoas. Esta navegacion, á mas de los peligros que hemos señalado, tiene no pocas molestias; la abundancia de mosquitos es una de las principales, sobre todo por las noches, en que no puede el viagero abrir la boca sin tragarse algunas docenas.
Al tocar en la última jornada, los terrenos, siempre removidos por la corriente, van siendo cada vez mas bajos: muy á menudo las avenidas arrastran consigo las plantaciones, y en diversas ocasiones los indios cayuvavas, viendo devastados sus campos de cultivo, han tenido que alimentarse durante un año entero con el tronco de la palma total, que es en los tiempos de penuria, el maná de aquellas comarcas. El puerto de Exaltacion aparece finalmente, al cabo de siete ó ocho dias de navegacion desde la salida del fuerte del Príncipe de Beira.