La mas desoladora y continuada anarquía fué el inmediato fruto que cosechó la República Mejicana de su independencia. Desde que Iturbide fundó su efímero imperio hasta que tuvo lugar la intervencion que llevaron á su suelo las potencias aliadas, España, Francia é Inglaterra, ningun gobierno habia consolidado un órden de cosas estable, ninguno habia creado siquiera los medios de hacer práctica su accion. En tales circunstancias las naciones forman deudas: no las cubren. El motivo real de la intervencion emana de ahí, por mas que se hiciera aparecer entónces como pretesto de ella el deseo de hacer indemnizar á los extranjeros residentes allí los perjuicios que las tropelías y ultrajes de los caudillos de barrio les habian ocasionado.

La convencion entre las tres mencionadas potencias, firmada en Lóndres el 31 de Octubre de 1861, manifiesta esplícitamente que ellas asumen tal actitud porque se ven obligadas á exigir de las autoridades de Méjico una proteccion mas eficáz para las personas y bienes de sus súbditos, así como el cumplimiento de las obligaciones contratadas por la República.—Los plenipotenciarios, despues de canjearse sus respectivos poderes, convinieron en que las potencias aliadas enviarian á las costas de Méjico fuerzas de tierra y mar combinadas, que apoderándose de las fortalezas y posiciones del litoral mejicano impusieran al gobierno su línea de conducta. Espresaban en las cláusulas del tratado, que los comandantes de esas fuerzas podrian tomar todas las determinaciones que fueran necesarias para garantizar la propiedad y asegurar la vida de los súbditos de los aliados, comprometiéndose, además, los contratantes á no ejercer en los asuntos interiores de Méjico ninguna influencia destinada á contrariar el derecho que la nacion tiene de constituir su propio gobierno.—Agregaban, finalmente, que no siendo esclusivistas y sabiendo que los Estados Unidos tenian tambien reclamaciones que hacer valer, se obligaban á enviar á Washington una cópia de la convencion, sin determinar, sin embargo, que se suspendieran los efectos del pacto hasta la accesion de esta última potencia, indudablemente por temor á los obstáculos que en nombre de los intereses americanos opondria á la espedicion proyectada su ya no despreciable poder.

Apenas conocido el pacto de estas potencias en Estados Unidos, el Señor Seward, Ministro de Relaciones Esteriores, significó á los tres aliados que se adelantarian á Méjico las cantidades necesarias para cubrir su deuda, agregando, al mismo tiempo, que aquella república habia aceptado ya la mediacion propuesta obligándose al pago con la fé pública y la desamortizacion de los bienes de la Iglesia.

Francia contestó que se equivocaban los motivos que habia para apoderarse de los puertos de la República;—Inglaterra que la cuestion de interés era solo uno de los cargos contra Méjico.

Las connivencias de los aliados tenian lugar á despecho de la declaracion que habia pronunciado el 19 de Enero de 1821 á nombre de la Gran Bretaña, Lord Castlereagh: «Si las evoluciones políticas que se producen en un país pueden crear un derecho de intervencion, solo puede eso admitirse cuando la seguridad y los intereses esenciales de los Estados interventores estén amenazados de una manera séria y exista una necesidad imperiosa y urgente».

Todo esto prueba que la proteccion á los súbditos perjudicados era solo un pretesto, reservándose cada potencia la secreta esperanza de cambiar el sistema del gobierno mejicano en provecho propio.

España, precipitando los sucesos, dió á conocer primero sus planes, pues aun cuando los plenipotenciarios respectivos Lord Russell, Javier de Isturitz y Monsieur Flavaut, al formar el convenio aludido estipularon, como es natural, que se buscarian los medios de espedicionar de comun acuerdo, tropas enviadas de la Habana operaron separadamente y ocuparon á Vera Cruz.—A las reclamaciones de los otros aliados contestó el Ministro de Relaciones Esteriores de España, Señor Calderon Collantes, mencionando que su procedimiento aislado se esplicaba por haber llegado tarde á la Habana la órden de suspender la salida de la espedicion. No dice, lo que es óbvio, que existia con anterioridad la órden de enviarla. Este hecho y algunas revelaciones de la época, prueban que el interés de España en la contienda era muy distinto del que indicaban sus ministros y encubria un designio semejante al que despues practicó Francia con mejor éxito. Se dijo que pretendia fundar una monarquia en Méjico adjudicando el trono á Don Sebastian, tio de la reina.

La espedicion combinada de Francia é Inglaterra se incorporó mas tarde á las fuerzas españolas, operando todas ellas conjuntamente á las órdenes del general Prim.

Ostensiblemente, no existia el propósito de derrocar al gobierno de Juarez sino el de conminarlo al cumplimiento de las obligaciones contraidas y á la indemnizacion de los perjuicios sufridos por los respectivos súbditos; pero las intenciones ocultas de los invasores debian ser conocidas con la llegada al campamento del general mejicano Almonte, traidor que habia sostenido en Europa la conveniencia de crear en su pátria un Imperio, llegando á ofrecerle la corona, en representacion del partido conservador, al Archiduque de Austria.—El Presidente Juarez se quejó de que se autorizara la presencia de un revolucionario en el territorio mejicano y solicitó su espulsion.—Los españoles, desconcertados en sus planes por las ambiciosas miras de Francia y los ingleses, sinceros en esta ocasion, encontraron razonable la exijencia de este magistrado.