—Yo os diré gustosa mi humilde parecer; pero en seguida...

—¿Pero en seguida? Veamos, pues.

—Mi opinión sería que, ya que todo el mundo dice que nuestro arzobispo es un santo varón, un sujeto de pulso, que no teme á ninguno de esos bribones, aunque sean poderosos, y que goza la mayor satisfacción sosteniendo con firmeza á un sacerdote contra las asechanzas de ellos; diré, y digo, que es necesario escribirle una carta bien puesta; informándole cómo y de qué manera...

—¿Queréis callar, queréis callar? ¿Son consejos éstos para un desventurado? ¿Cuando haya recibido un buen balazo en las espaldas... (¡Dios me libre de semejante desgracia!)... el arzobispo me lo quitará?

—¡Bah! las balas no se tiran como confites. ¿Y qué sería de nosotros si esos perros mordiesen todas las veces que ladran? Yo siempre he visto, que el que sabe enseñar los dientes y hacerse estimar en lo que vale, se hace también respetar; y como nunca queréis que prevalgan vuestras razones, es la causa de que nos veamos reducidos á que cualquiera venga (con vuestro permiso) á...

—¿Queréis callar?

—Al instante me callo; pero no es menos cierto que cuando el mundo ve que uno, siempre y en todo y por todo, está dispuesto á bajar el...

—Está visto, no callaréis: ¿es ahora tiempo, por ventura, de decir semejantes necedades?

—Basta, esta noche lo pensaréis; mas en el ínterin no empecéis á daros malos ratos, y arruinéis vuestra salud. Vaya, tomad un bocado.

—Yo lo pensaré, repuso D. Abundio refunfuñando; ciertamente, yo lo pensaré; ello tiene que pensarse. En seguida se levantó, añadiendo: no quiero nada, nada; demasiado tengo en mi cabeza; sé por desgracia qué me toca pensar. ¡Mas que tales cosas me sucedan justamente á mí!