—¡La vida!
—La vida.
—Bien sabéis que siempre que me habéis dicho sinceramente alguna cosa en secreto, yo jamás he...
—Justamente; como cuando...
Perpetua vió que había tocado una cuerda falsa, en vista de lo cual cambió súbitamente de tono, y con voz dulce, á propósito para conmoverle, exclamó: “Mi querido señor, yo siempre he sido y os soy adicta; si ahora deseo saber con ansia lo que os aflige, es porque quisiera poder ayudaros, aconsejaros y tranquilizar vuestro espíritu”.
El caso era que D. Abundio tenía tantos deseos de descargarse de su doloroso secreto, cuanto los de Perpetua de conocerlo: por tanto, después de haber rechazado, aunque siempre muy débilmente, los multiplicados, y cada vez más ejecutivos ataques de ésta; después de haberla hecho jurar hasta la saciedad que no lo descubriría; por último, haciendo muchas pausas, dando muchos gemidos, le contó su desgraciada aventura. Cuando llegó ya al nombre terrible del que le había mandado el mensaje, fué preciso que Perpetua profiriese un nuevo y más solemne juramento. Pronunciado el nombre, D. Abundio se recostó sobre el respaldo del sillón, lanzó un gran suspiro, alzó las manos en ademán imperioso y al mismo tiempo suplicante, diciendo: “¡Por Dios!”...
—¡Virgen santísima! exclamó Perpetua. ¡Oh, qué bribón! ¡Qué malvado! ¡Qué hombre tan sin temor de Dios!
—Callaréis, ¿ó queréis acabar de perderme?
—Estamos solos; nadie nos oye. Mas, ¿qué es lo que vais á hacer, pobre amo mío?
—¡Oh! ¡Ved, dijo D. Abundio con ironía y cólera á la vez; ved los bellos consejos que sabéis darme! Me pregunta lo que haré, lo que voy á hacer, como si fuese ella la que se hallase en el apuro, y me tocara sacarla de él.