—¡Misericordia! ¿Qué ocurre, señor?

—Nada, nada, contestó D. Abundio, dejándose caer sin aliento en su sillón.

—¡Cómo nada! ¿Queréis darme á entender otra cosa, tan turbado como estáis? Algún grande acontecimiento os ha sobrevenido.

—¡Oh, por amor del cielo! Cuando yo digo nada, es nada, ó cosa que no puedo decir.

—¿Que no podéis decir ni aun á mí? ¿Quién cuidará de vuestra salud; quién os aconsejará?...

—¡Ay de mí! Callad, y dejemos esto; dadme un vaso de mi vino.

—¡Y todavía querrá sostenerme que no tiene nada! dijo Perpetua, llenando el vaso, y permaneciendo con él en la mano, como si no quisiera dárselo más que en premio de la confidencia que tanto se hacía esperar.

—Traed, traed, repuso D. Abundio, cogiendo el vaso con mano trémula, y apurándolo de un solo trago, como si fuese una medicina.

—¿Queréis, pues, obligarme á que vaya á preguntar por todas partes qué es lo que os ha sucedido? dijo Perpetua, puesta en jarras y de pie delante de su amo, mirándole fijamente, como si quisiese arrancarle de los ojos el secreto.

—¡Por el amor de Dios! dejaos de habladurías; no deis chillidos: me va... me va en ello la vida.