—Dispuesto... siempre dispuesto á obedecerle: y al proferir estas palabras, ni aun él mismo sabía si hacía una promesa ó un simple cumplido. Los bravos lo tomaron ó manifestaron tomarlo en el sentido más formal.
—¡Muy bien! Buenas noches, dijo uno de ellos haciendo ademán de partir con su camarada. D. Abundio, que pocos momentos antes hubiera dado un ojo con el fin de evitar su encuentro, quería ahora prolongar la conversación. Señores... empezó, cerrando el libro con ambas manos: pero éstos, sin escucharle, tomaron el camino por donde él había venido, y se alejaron cantando un estribillo que no juzgo oportuno trascribir. El pobre D. Abundio se quedó por un momento con la boca abierta como si estuviera encantado; después tomó el sendero que conducía á su casa, pudiendo apenas andar, pues parecía que tenía las piernas envaradas. Se conocerá mejor cómo estaba su espíritu, cuando hayamos dicho algo de su carácter y de los desgraciados tiempos en los cuales le había tocado vivir.
D. Abundio (según el lector debe haber observado), no había nacido con un corazón de león; pero desde sus más tiernos años había debido comprender, que la peor condición en aquella época era la de un animal sin garras ni dientes, y sin inclinación á ser devorado. La fuerza legal, no protegía en manera alguna al hombre pacífico é inofensivo, y que carecía de medios para hacerse respetar de los demás. No era que faltasen leyes y castigos contra las violencias de los particulares; por el contrario, las leyes llovían, los delitos eran enumerados é inscritos con la más prolija minuciosidad: si los castigos, ya regularmente exorbitantes no bastaban, podían en todo caso ser aumentados al arbitrio del mismo legislador y cien ministros suyos; los procedimientos tendían únicamente á librar al juez de todo lo que pudiese servir de impedimento para pronunciar una sentencia: los fragmentos de las ordenanzas contra los bravos que hemos citado anteriormente son una pequeña pero fiel muestra de esto. Con todo, y quizás á causa de esto mismo, dichas ordenanzas, reimpresas y esforzadas por cada gobernador, no servían más que para atestiguar pomposamente la impotencia de sus autores, y si surtían algún efecto inmediato era principalmente para añadir nuevas vejaciones á las que los pacíficos y débiles sufrían ya de los perturbadores, y para aumentar las violencias y perfidias de éstos. La impunidad estaba en su auge, y había echado tan profundas raíces, que las leyes no podían conmoverlas, ni aun llegar á ellas. De esta importunidad dan testimonio, los asilos, los privilegios de ciertas clases, reconocidos en parte por la fuerza legal, y tolerados en parte con envidioso silencio, ó impugnados con vanas protestas, pero sostenidos de hecho, y defendidos por dichas clases con actividad interesada y con el más celoso pundonor. Esta impunidad, amenazada é insultada, pero no destruida por las ordenanzas, debía naturalmente á cada amago, á cada ataque, acumular nuevos esfuerzos y nuevas astucias para conservarse.
Así sucedía en efecto: á la aparición de los bandos dirigidos á reprimir á los perturbadores, éstos buscaban en su fuerza real, recursos más eficaces para continuar haciendo lo que la ley quería prohibir. Bien se podían poner trabas á cada paso, y molestar al hombre honrado que carecía de fuerza y protección; porque con el pretexto de tener en su poder á todos para prevenir y castigar los delitos, el individuo estaba sujeto de mil modos á la voluntad arbitraria de toda clase de magistrados y agentes; pero el que antes de cometer un delito tomaba apresuradamente sus medidas para retirarse á tiempo á un convento, á un palacio, en donde los esbirros no hubieran osado poner los pies; el que, sin otras precauciones, vestía una librea que tuviese empeño en defenderla de la vanidad y los intereses de familia poderosa ó de toda una asociación, éste era libre en sus operaciones, y podía burlarse de los bandos. Entre los mismos encargados de hacerlos ejecutar, algunos pertenecían por su nacimiento á la clase privilegiada; otros eran de su clientela: todos, por educación, por interés, por costumbre, por imitación, habían abrazado sus máximas, y se habrían guardado muy bien de ser infieles á ellas por temor á un pedazo de papel pegado á una esquina. Los agentes, pues, encargados de la inmediata ejecución, aunque hubiesen sido emprendedores como héroes, obedientes como frailes, y prontos á sacrificarse como mártires, no hubieran podido lograr el fin que se proponían, inferiores como eran en número á aquéllos á quienes trataban de someter, y con una grande probabilidad de ser abandonados de los que en abstracto, ó mejor dicho, en teoría les ordenaban obrar. Además, pertenecían á la clase más abyecta y despreciable de la sociedad de aquel tiempo: su oficio era vil aun á los ojos de aquéllos á quienes podían causar terror, y su título tenido como un improperio. Era, pues, muy natural, que en lugar de arriesgarse y lanzar su vida á desesperadas empresas, vendiesen su inacción, y también algunas veces su connivencia, á los poderosos, y se reservasen ejercer su execrable autoridad y la única fuerza que tenían en las ocasiones en que no había ningún peligro, esto es, en oprimir y vejar á los ciudadanos pacíficos y sin defensa.
El hombre que quiere ofender, ó que teme á cada momento ser ofendido, busca de ordinario aliados y compañeros. Así es, que en aquella época era llevada al más alto grado la tendencia de estar reunidos en clases, formar otras nuevas, y procurar cada uno dar á la suya la mayor importancia posible. El clero velaba en sostener y aumentar sus inmunidades, la nobleza sus privilegios, el militar sus exenciones, los mercaderes y los artesanos estaban inscritos en los gremios y cofradías, los letrados formaban una liga y los médicos una corporación. Cada una de estas pequeñas oligarquías tenía su fuerza propia y especial; en cada una el individuo encontraba la ventaja de emplear para sí, á proporción de su poder y de su destreza, la fuerza reunida de muchos. Los más honrados se valían de esta ventaja únicamente para su defensa; los astutos y los facinerosos se aprovechaban de ella para llevar á cabo sus maldades, á cuyo fin no habían bastado sus medios personales, y también para asegurarse la impunidad. Sin embargo, las fuerzas de estas distintas ligas eran muy desiguales, principalmente en el campo: el noble, rico y déspota ejercía ese poder rodeado de una banda de bravos y cuadrillas de aldeanos, acostumbrados por tradición de familia, interesados ó forzados, á mirarse como súbditos y soldados de su señor, al cual ninguna fracción de otra liga hubiera podido allí difícilmente resistir.
Nuestro Abundio, ni noble, ni rico, ni tampoco valiente, había, pues, comprendido, antes casi de llegar á los años de la discreción, que iba á ser en aquella sociedad como una vasija de tierra cocida, obligada á viajar en compañía de muchos vasos de hierro. Había, pues, accedido de buen grado á los deseos de sus padres, que querían fuese sacerdote. Á decir verdad, no había reflexionado mucho en las obligaciones y en los fines del santo ministerio al cual se dedicaba: procurarse una vida cómoda y meterse en una clase respetada y fuerte, le parecieron dos razones más que suficientes para tal elección. Mas una clase cualquiera no protege, no asegura á un individuo sino hasta cierto punto: ninguna le dispensa de crearse un sistema propio y particular. D. Abundio, continuamente absorto en los pensamientos de velar por su tranquilidad, se cuidaba poco de otras ventajas, las cuales para obtenerlas era indispensable trabajar mucho y arriesgarse un poco. Su sistema consistía principalmente en evitar toda especie de debates, y ceder en los que no podía hacerlo: neutralidad desarmada en todas las guerras que nacían en torno suyo, desde las contiendas entonces frecuentísimas entre el clero y el poder secular, entre militares, paisanos y entre los mismos nobles, hasta la riña más sencilla entre los dos campesinos, nacida de una palabra, y decidida con los puños ó las cuchilladas. Si se veía absolutamente obligado á tomar parte entre dos combatientes, estaba por el más fuerte, y siempre á retaguardia, procurando hacer ver al vencido que él no era voluntariamente enemigo suyo: parecía decirle: ¿pero por qué no habéis sabido ser el más fuerte, que yo me hubiera puesto de vuestra parte? Estando á larga distancia de los poderosos, disimulando sus injusticias pasajeras y caprichosas, correspondiendo con sumisión á las que provenían de una intención más formal y más meditada, obligaba á fuerza de saludos y expresiones joviales de respeto á que los más bruscos y altaneros le dirigiesen una sonrisa cuando los encontraba en su camino. El infeliz había conseguido llegar á los sesenta años sin grandes borrascas.
Sin embargo, no se crea por esto que no tuviese también en el fondo del alma su pequeña dosis de hiel: aquel continuo ejercitar de la paciencia, aquella necesidad de dar siempre la razón á los otros, tan amargos bocados tragados en silencio, lo habían exacerbado hasta tal punto, que si no hubiese podido de vez en cuando desfogar un poco, ciertamente lo habría pagado en salud. Pero últimamente, como había en el mundo y á su lado personas que él conocía que serían incapaces de hacerle daño alguno, podía también alguna vez descargar sobre ellas su mal humor reprimido por largo tiempo, ocupándose en regañar y dar gritos injustamente. Era, pues, un rígido censor de los que no se regulaban como él; pero cuando podía ejercitar dicha censura sin ninguna clase de peligro, aunque fuese lejano, el vencido era para él un imprudente, y el muerto siempre había sido un hombre muy turbulento. Al que volvía con la cabeza rota por haber sostenido sus derechos contra algún poderoso, D. Abundio sabía siempre encontrar alguna culpa en el primero, cosa no difícil; porque la razón y sinrazón jamás se dividen tan absolutamente, que no se puede hallar un poco de una parte y otro poco de otra. Sobre todo, declamaba contra aquellos de sus cofrades que peligrosamente tomaban el partido del débil oprimido contra el poderoso opresor. Á esto él llamaba comprar impedimentos al contado y querer enderezar las piernas á un perro cojo; añadía también severamente que era mezclarse en cosas profanas en detrimento de la dignidad de su sagrado ministerio; y predicaba siempre contra ellos, pero siempre con mucha perspicacia, y en un pequeñísimo círculo, con tanta más vehemencia, cuanto más seguro estaba de que eran ajenos de resentirse, y en cosas que les tocaban personalmente. Tenía una sentencia predilecta, con la que cerraba siempre sus discursos tocante á dicho asunto: que el hombre honrado que no cuida más que de lo suyo y permanece en su lugar correspondiente, nunca tiene malos encuentros.
Juzguen ahora mis lectores qué impresión debió lo que va referido hacer sobre el ánimo del pobre cura. El espanto que le habían causado aquellos horrorosos semblantes y terribles palabras; las amenazas de un señor conocido por no haberlas hecho jamás en vano; un sistema de vida tranquila que le había costado tantos años de paciencia y estudio, desconcertado un momento, en un paso del cual no veía salida posible: todos estos pensamientos se agrupaban tumultuosamente en la cabeza de D. Abundio, que con ella inclinada proseguía su camino. “¡Si pudiese mandar en paz á Renzo con un no bien redondo! pase; ¿pero querrá razones? ¡Y por Cristo! ¿qué he de responderle? ¡Y el muchacho no tiene mala cabeza que digamos! Es un cordero si no se le hostiga; mas si uno quiere contradecirle... ¡Oh!... Y después está enteramente perdido por esa Lucía; enamorado como... Rapazuelos, que no sabiendo qué hacerse, se enamoran, quieren casarse, y no piensan en otra cosa; no haciéndose cargo de los compromisos en los cuales ponen á un hombre de bien. ¡Oh, infeliz de mí! ¿No es una triste desgracia el que esos dos fantasmones hayan venido precisamente á plantarse en mi camino, y á emprenderla conmigo? ¿Qué puedo yo? ¿Soy acaso el que quiero casarme? ¿Por qué no han ido á hablar más bien á... ¡Oh! ¡Ved, pues, cuán grande es mi suerte! Siempre se me ocurren las cosas después de haber pasado la ocasión. Si hubiese pensado en imbuirles que fuesen á llevar su mensaje...”. Mas al llegar á este punto sintió que arrepentirse de no haber sido consejero y cómplice de una maldad era muy inicuo, y descargó toda su ira contra el que iba de este modo á turbar su reposo. No conocía á D. Rodrigo más que de vista y por su fama; nunca había tenido con él otro negocio más que tocar la barba con el pecho, y el suelo con el extremo de su sombrero las pocas veces que lo había encontrado á su paso. En más de una ocasión le había ocurrido defender la reputación de dicho señor contra los que en voz baja, suspirando y alzando los ojos al cielo, maldecían alguno de sus hechos: había dicho más de cien veces que D. Rodrigo era un respetable caballero; mas en aquel instante, le aplicó en su interior todos los epítetos que jamás había oído serle prodigados por otros, sin interrumpirles prontamente con un “¡vaya allá!”
En este desorden de ideas llegó á la puerta de su casa, que estaba situada á la entrada del pueblo: metió con presteza la llave en la cerradura, abrió, entró, cerró diligentemente; y ansioso de hallarse en segura compañía, llamó con celeridad: “Perpetua, Perpetua;” y se fué acercando al propio tiempo á la habitación en donde aquella debía estar probablemente, preparando la mesa para cenar. Según se veía, era Perpetua el ama de gobierno de D. Abundio, ama apasionada y fiel, que sabía obedecer y mandar, según las ocasiones; tolerar á tiempo los regaños y extravagancias del amo, y á su vez hacerle aguantar lo propio; que de día en día eran más frecuentes desde que había pasado de la canónica edad de los cuarenta, permaneciendo célibe por haber desechado (según la misma decía) todos los partidos que se le habían ofrecido, ó por no haber encontrado jamás un perro que la quisiera, como decían sus amigas.
“Voy”, respondió Perpetua, poniendo sobre la mesa en el sitio de costumbre un frasco del vino predilecto de D. Abundio, dirigiéndose lentamente hacia donde éste se hallaba; mas aún no había llegado aquélla al umbral de la puerta de la sala, cuando él entró con un paso tan precipitado, con una mirada tan sombría, y un semblante tan desencajado, que no eran necesarios los ojos perspicaces de Perpetua, para descubrir á primera vista que le había pasado alguna cosa muy extraordinaria.