Cuando llegó el carruaje se formaron en batalla, y presentaron las armas al gran canciller, el cual saludó también á derecha é izquierda; y al oficial que se le acercó á cumplimentarle le dijo, haciendo un gesto con la mano derecha: beso á usted las manos, palabras que dicho oficial comprendió por lo que realmente querían decir: ¡me habéis prestado un buen auxilio! En contestación hizo otro saludo y se encogió de hombros. Verdaderamente éste era el caso de poder decir cedant arma togæ; pero Ferrer no tenía en aquel momento la cabeza para citas, y además hubieran sido palabras arrojadas al aire, porque el oficial no entendía el latín.

Pedro, al pasar por entre aquellas dos filas de migueletes, por entre sus mosquetes tan respetuosamente levantados, sintió renacer en su alma su antiguo valor. Recobróse repentinamente de su aturdimiento, se acordó de quién era y á quién conducía, y gritando: ¡Ohe, ohe! sin añadir otras ceremonias para la gente, en adelante bastante escasa para ser tratada así, y dando latigazos á los caballos, los hizo galopar hacia el castillo.

—Levántese, levántese; estamos ya fuera, dijo Ferrer al vicario, el cual asegurado por no oir ya gritos y por el rápido movimiento del carruaje, y por aquellas palabras, salió de su rincón, se levantó, y recobrando su voz, empezó á dar mil y mil millones de gracias á su libertador. Éste, después de haberse condolido con él del peligro, y regocijado de su libertad: “¡Ah, exclamó, golpeando con una mano su gran calva, qué dirá de esto su excelencia, que está ya casi loco con ese maldito Casale, que no quiere rendirse! ¡Qué dirá el conde-duque, que se alarma si una hoja hace más ruido que de ordinario! ¡Qué dirá el rey nuestro señor, que no dejará de tener noticias de tan gran fracaso! ¿Y después, se habrá esto concluido? ¡Dios lo sabe!”.

—¡Ah! lo que es yo no quiero mezclarme más, decía el vicario; me lavo las manos: resigno mi cargo en vuestra excelencia, y me voy á vivir á una gruta sobre un monte, á hacerme ermitaño, lejos, muy lejos de esa gente feroz.

Usted hará lo que será más conveniente al servicio de S. M., respondió gravemente el gran canciller.

—S. M. no querrá mi muerte, replicó el vicario: á una gruta; lejos de esa canalla.

Nuestro autor no dice lo que sucedió tocante á dicho proyecto; porque después de haber acompañado al pobre hombre al castillo, no hace ninguna mención más de él.

NOTAS:

[10] Es preciso que el lector advierta que todas las palabras subrayadas puestas en boca de Antonio Ferrer son textuales, pues ya sabemos que era español.

[11] Así es; quiero decir, el rey nuestro señor no quiere que éstos sus fidelísimos vasallos sufran hambre.