[12] No se os haga daño, señores.
[13] Abundancia, abundancia. Un poco de sitio por caridad. Pan, pan. ¡Á la cárcel, á la cárcel! ¿Qué es esto?
[14] Tarifa.
CAPÍTULO DECIMOCUARTO
La muchedumbre que había quedado detrás empezó á dispersarse, á desparramarse á derecha é izquierda, por ésta y por aquella calle. El uno se dirigía á su casa para acudir á sus negocios; el otro se alejaba para respirar un poco á sus anchas, después de tantas horas de apretones; y otro, en fin, iba en busca de amigos, con el objeto de charlar un poco sobre los acontecimientos del día. El otro extremo de la calle se aclaraba también: la gente había ido desocupando lo suficiente aquel sitio, para que el destacamento de soldados españoles pudiese, sin tener que combatir, avanzar y colocarse en la casa del vicario. Delante de ésta estaban reunidos aún los fautores, por decirlo así, del tumulto; éstos eran una cuadrilla de bribones, que descontentos de una conclusión tan fría y tan imperfecta, después de tan grande aparato, unos murmuraban, otros blasfemaban, y parte de ellos se habían puesto á consultar el modo de poder intentar todavía algo; y como para probar, se dirigían á asaltar y sacudir aquella pobre puerta, que había sido apuntalada de nuevo lo mejor posible. Á la llegada del destacamento, dichas gentes, con unánime resolución y sin detenerse en consultar, se pusieron en marcha hacia el lado opuesto, dejando el sitio libre á los soldados, que se apoderaron de él y se apostaron para guardar la casa y la calle. Pero todas las calles de los alrededores estaban sembradas de grupos: en donde se habían parado dos ó tres personas, se detenían otras tres, cuatro, veinte; algunos se separaban y se reunían á otros grupos mayores: se asemejaban á aquellas pequeñas nubes que á veces permanecen esparcidas y flotan en el azulado espacio después de una tempestad, y hacen decir al que levanta la vista hacia ellas: el tiempo no está muy sentado. Imaginaos, pues, qué Babilonia de conversaciones: éste, refería con énfasis los accidentes particulares de que había sido testigo; aquél lo que él mismo había hecho. Uno se regocijaba de que la cosa hubiese concluido bien y alababa á Ferrer, y pronosticaba grandes desgracias al vicario; quien, mofándose, decía: no tengáis miedo, que no le colgarán; los lobos no se muerden unos á otros; quien, finalmente, decía murmurando y colérico, que las cosas no se habían hecho bien, que era un engaño, que había sido una locura el hacer tanto ruido, para dejarse después burlar de aquel modo.
Entretanto el sol se encaminaba al ocaso; los objetos iban volviéndose todos de un mismo color; y muchas gentes, fatigadas de la jornada y fastidiadas de hablar en la oscuridad, se volvían á casa. Nuestro joven, después de haber ayudado el paso de la carroza hasta el sitio en que había tenido necesidad de ayuda, después de haberla seguido y pasado entre las filas de soldados como en triunfo, se alegró cuando la vió correr libremente y fuera de todo peligro. Siguió un momento su camino en compañía de la multitud, y salió de en medio de ésta á la primera bocacalle que se le presentó, para respirar también con un poco más de libertad. Apenas hubo dado algunos pasos en medio de la agitación de tantos sentimientos, de tantas imágenes recientes y confusas, experimentó un gran deseo de comer y reposar. Empezó á levantar su vista por todas partes, buscando una muestra de hostería, ya que era demasiado tarde para encaminarse al convento de capuchinos. Así, andando con la cabeza levantada, se encontró de manos á boca al lado de un grupo, y habiéndose parado, oye que discurrían acerca de conjeturas, de proyectos, para el día siguiente. Después de haber permanecido un momento escuchando, no pudo dejar de manifestar también su parecer, calculando que podía, sin presunción, proponer alguna cosa el que tanto había hecho. Persuadido por todo lo que había visto en aquel día, que en adelante para llevar á efecto cualquier proyecto, bastaba que cayese en gracia á los que discurrían por las calles: “Señores, gritó en tono de exordio, ¿puedo yo decir también mi humilde parecer? El mío es el siguiente: no es únicamente en el negocio del pan con el cual se cometen bribonadas; y pues que hoy se ha visto claramente, que en haciéndose oir se obtiene justicia, es necesario marchar adelante de este modo, á fin de que se ponga remedio á todas las demás maldades, y hasta que el mundo vaya un poco más cristianamente. ¿No es verdad, señores, que hay una cuadrilla de tiranos que cumplen justamente al revés los diez mandamientos de la ley de Dios, y vienen á buscar á la gente pacífica que no piensa en ellos, para hacerles toda especie de daños, y al fin y al cabo, tienen siempre razón? ¿Y aun cuando han cometido una maldad mayor que la de ordinario, andan con más orgullo de lo que les convendría tener? Aun aquí, en Milán, debe haber algunos”.
—Demasiados, dijo una voz.
—Ya lo decía yo, repuso Renzo; tales historias llegan hasta nosotros, y después la cosa misma lo dice. Supongamos, por ejemplo, que cualquiera de los que yo quiero decir esté un poco en el campo y otro poco en Milán; si es un diablo allí, me parece que no deberá ser un ángel aquí; y si no, ¡decidme, señores, si habéis visto uno de ésos con el aire á lo Ferrer! Y lo que es peor aún, que hay ordenanzas impresas para castigarlos, y no como quiera, sino hechas completamente bien, tanto que no se podrían encontrar mejores; en ellas se designan claramente las bribonadas como son en sí, y cada una tiene su buen castigo; y allí dice: sea quien sea, villano ó plebeyo, y qué sé yo qué más. Ahora, id á decir á los doctores, escribas y fariseos que os hagan justicia según canta la ordenanza: os escuchan como el papa á los bribones; ¡es cosa de hacer perder el juicio á cualquier hombre de bien! Se ve, pues, claramente que el rey y los que mandan quisieran que los bribones fuesen castigados; pero no se adelanta nada, porque aquí hay una liga. Es, pues, preciso romperla; es necesario ir mañana á ver á Ferrer, el cual es un excelente sujeto, un señor completo: hoy se ha podido ver cuán satisfecho estaba de hallarse entre los pobres; cómo trataba de oir lo que se decía, y con qué afabilidad contestaba! Es indispensable ir á casa de Ferrer, y decirle cómo van las cosas, y yo por mi parte se las puedo contar muy buenas; yo mismo, que he visto una ordenanza con tantas armas encima, y hecha por tres de los que pueden, cada uno de los cuales tenía estampado perfectamente su nombre debajo de ella; y uno de estos nombres era Ferrer, visto por mí, repito, con mis propios ojos. Así, pues, dicha ordenanza me daba justamente la razón; en consecuencia fuí á ver á un doctor para decirle que procurase el que se me hiciese justicia, conforme á la intención de aquellos tres señores, entre los cuales estaba también Ferrer; pero ¡ah! lo que es digno de notarse, que para el expresado señor doctor que me había manifestado él mismo la ordenanza, parecía que yo le hablase como un loco. Estoy seguro que cuando ese excelente anciano oiga tan buenas cosas, porque no puede saberlas todas, especialmente las de fuera, no querrá que el mundo vaya así, y pondrá un buen remedio; y luego como ellos hacen las ordenanzas, deben tener deseos de que se obedezcan, pues de lo contrario es un desprecio, un epitafio á su nombre el no hacer ningún caso. Y si los prepotentes no quieren bajar la cabeza, y le vuelven loco, nosotros estamos aquí para ayudarle, según hemos hecho hoy. No quiero decir que tenga que ir dando vueltas en su carruaje para atrapar y enjaular en ella á todos los bribones, prepotentes y tiranos; ¡ja ja! para esto sería preciso el arca de Noé. Es indispensable que mande á aquéllos á quienes corresponda, no sólo en Milán, sino en todas partes; que hagan cumplir las cosas según previenen las ordenanzas, entablando un buen proceso á todos los que han cometido las referidas necedades; y en donde dice prisión, prisión; debe decir galeras, galeras; intimando á los podestás que hagan su deber, y de no, mandarlos á paseo, y poner otros mejores; y luego, repito, nosotros estaremos aquí para darle la mano: ordenando también á los doctores que escuchen á los pobres y defiendan su derecho. ¿Digo bien, señores?
Renzo había hablado tan de corazón, que desde que empezó su exordio, una gran parte de los que estaban reunidos habían suspendido todo otro discurso; se habían vuelto hacia él, y hasta cierto punto todos se habían convertido en oyentes suyos. Un confuso clamoreo de aplausos, de “bravo; seguramente tiene razón; es demasiado cierto”, fué como la respuesta á su arenga. Sin embargo, no faltaron críticos. “¡Eh! sí, decía uno, dad oídos á esos campesinos; todos ellos son abogados”, y se iba. “Ahora, murmuraba otro, cualquier descamisado querrá decir la suya, y con esta rabia de meter la carne al fuego, no se pondrá el pan barato; ésta es, por tanto, la causa por la cual nos hemos puesto en movimiento”. Con todo, Renzo no oyó más que los cumplimientos: quien le cogía una mano, quien le cogía la otra.—Hasta la vista; hasta mañana.—¿Dónde?—En la plaza de la Catedral.—Está bien.—¿Y se hará algo?—Se hará.
—¿Quién de estos buenos señores querrá enseñarme una hostería, para comer un bocado y dormir como un buen muchacho? dijo Renzo.