—¡Pan! dijo Renzo en alta voz y riendo, la Providencia ya ha pensado en él. Sacó el tercero y último de los panes que había recogido bajo la cruz de S. Dionisio, y lo levantó gritando: He aquí el pan de la Providencia.

Á dicha exclamación muchos se volvieron, y viendo aquel trofeo en el aire, uno de ellos gritó: “¡Viva el pan barato!”.

—¡Barato! dijo Renzo, gratis et amore.

—Esto es aún mejor, mucho mejor.

—Pero, añadió en seguida, no quisiera que estos señores pensaran mal de mí: no es que yo lo haya, como se suele decir, arañado: lo he hallado en el suelo; y si pudiese encontrar todavía á su dueño, estoy pronto á pagárselo.

—¡Bravo, bravo! exclamaron los compañeros riéndose fuertemente, á ninguno de los cuales se le pasó por la imaginación que aquellas palabras fuesen dichas de veras.

—Creéis que me chanceo, mas es realmente así, dijo Renzo á su guía; y haciendo dar vueltas al pan en sus manos, añadió: mirad cómo lo han arreglado; parece una torta; mas éstos no eran del prójimo; si hubiesen sido hallados por aquellos que tienen la dentadura un poco delicada, hubieran estado frescos. Y súbitamente, habiendo devorado tres ó cuatro pedazos de dicho pan, los remojó con un segundo vaso de vino, y añadió: este pan, por sí solo no quiere pasar; nunca he tenido la garganta tan seca: ¡ya se ve, si he gritado tanto!

—Preparad una buena cama para este joven, dijo el guía; porque tiene intención de dormir aquí.

—¿Queréis dormir aquí? preguntó el huésped á Renzo, acercándose á la mesa.

—Seguramente, contestó Renzo, una cama cualquiera que sea; basta que las sábanas sean limpias, pues aunque soy un infeliz muchacho, estoy acostumbrado á la policía[15].