—¡Oh! en cuanto á esto... dijo el huésped, dirigiéndose al armario que estaba en un rincón de la cocina, y volviendo con un tintero y un pedazo de papel blanco en una mano y una pluma en la otra.
—¿Qué quiere decir esto? exclamó Renzo, tragando un pedazo de carne estofada que el mozo le había puesto delante; y sonriéndose luego con aire admirado añadió: ¿es la sábana limpia esto?
El huésped, sin contestar, puso sobre la mesa el tintero y el papel, apoyó después sobre la misma el codo derecho y el brazo izquierdo, y con la pluma en la mano y el rostro vuelto hacia Renzo, le dijo: hacedme el favor de decir vuestro nombre, apellido y naturaleza.
—¿Qué es esto? replicó Renzo, ¿qué tienen que ver esas historias con la cama?
—Cumplo con mi deber, dijo el posadero, mirando al guía: nosotros estamos obligados á dar parte de todas las personas que vienen á alojarse á nuestras casas: nombre y apellido, y de qué nación sea, á qué negocio viene, si tiene armas consigo... cuánto tiempo ha de permanecer en esta ciudad... son las palabras textuales de la ordenanza.
Antes de contestar, Renzo se echó al coleto otro vaso; era el tercero, y dentro de poco, temo que perderemos la cuenta. Después dijo: “¡Ah, ah! ¡tenéis la ordenanza! yo me precio de ser doctor en leyes, y sé el caso que se hace de las ordenanzas”.
—Hablo de veras, repuso el dueño de la hostería, mirando siempre al mudo compañero de Renzo; y encaminándose de nuevo al armario, tiró de un cajoncito, y sacó un gran papel envuelto, un ejemplar justamente de la ordenanza, el que fué á desplegarlo á la vista de Renzo.
—¡Ah! he aquí, exclamó éste, alzando con una mano el vaso lleno de nuevo, apurándole de un trago, y extendiendo en seguida la otra señalando con el índice la ordenanza desenrollada. He aquí esta bella hoja de misal; me alegro muchísimo, conozco bien las armas; sé lo que quiere decir esta figura de pagano con la cadena al cuello. (Al encabezamiento de las ordenanzas se ponían entonces las armas del gobernador, y en las de D. Gonzalo Fernández de Córdoba, se destacaba un rey moro encadenado por la garganta). Dicha figura significa: mande quien pueda, y obedezca quien quiera. Cuando esta figura haya enviado á galeras al señor don... basta; yo me lo sé, como dice en otro papelucho compañero de éste; cuando haya hecho de manera que un joven honrado pueda desposarse con una muchacha también honrada, que lo quiere libremente y de buen grado, entonces le diré mi nombre á esa figura, y además en pago le daré un beso. Puedo tener poderosas razones para callar mi nombre. ¡Estaría bueno! Y si un malvado que tuviera bajo sus órdenes á una cuadrilla de bribones... porque... si estuviera solo; aquí concluye la frase con un gesto. Si un malvado quisiese saber en dónde estoy para jugarme una mala pasada, pregunto yo, ¿si esta figura se movería para ayudarme? ¿Tengo por ventura que dar parte de mis cosas? ¡Ésta sí que es nueva! Supongamos que he venido á confesarme á Milán; pero quiero que me confiese luego un padre capuchino y no un posadero.
Éste seguía mirando al guía, el cual no hacía ninguna especie de demostración. Renzo, disgustado, apuró otro vaso, y prosiguió: “Te daré una razón, mi caro huésped, que te convencerá. Si las ordenanzas que hablan bien en favor de los buenos cristianos no valen nada, mucho menos deben valer las que hablan mal. Quítame, pues, de delante todos estos enredos, y traedme en su lugar otra botella, pues que ésta da ya las últimas boqueadas”. Así, diciendo, la golpeó ligeramente con los nudillos, y añadió: escucha, huésped, escucha cómo suena.
Renzo se había vuelto á atraer poco á poco la atención de los que estaban á su alrededor, y otra vez fué aplaudido también por su auditorio.