—¿Qué debo hacer? dijo el huésped, mirando al desconocido que no era tal para él.
—¡Vamos, vamos! gritaron muchos de los compañeros: este joven tiene razón; todo son vejaciones, fraudes é impedimentos: desde ahora, leyes nuevas, leyes nuevas.
En medio de aquellos gritos, el desconocido, lanzando al huésped una mirada de reconvención, por su pregunta demasiado manifiesta, dijo: “Dejadle un poco obrar á su modo; no mováis escándalo”.
—He cumplido con mi deber, repuso el huésped en alta voz, y después interiormente: ahora ya estoy á cubierto. Y tomó el papel, la pluma, el tintero, la ordenanza y la botella vacía para dársela al mozo.
—Trae del mismo, dijo Renzo, que lo encuentro excelente, y lo enviaremos á dormir como el otro sin preguntarle nombre y apellido, ni de qué país es, ni lo que viene á hacer aquí, ni si ha de estar poco ó mucho en esta ciudad.
—Del mismo, dijo el huésped al mozo, dándole la botella, y volvió á sentarse bajo la campana de la chimenea. No es otra cosa más que una liebre, pensaba éste, enredando siempre con la ceniza; ¡y en qué manos has ido á caer, pedazo de asno! Si quieres ahogarte, ahógate; mas el dueño de la Luna llena no debe ir á meterse en medio por tus locuras.
Renzo dió las gracias á su guía y á todos los que habían sido de su partido. “¡Excelentes amigos! exclamó: ahora deseo que los hombres de bien se den la mano y se sostengan”. En seguida, pegando con la palma de la mano sobre la mesa, y colocándose de nuevo en actitud de predicador, “¡qué cosa tan particular! exclamó, que todos aquellos que conducen los negocios del mundo quieren hacer entrar en todo y por todo el papel, la pluma y el tintero! ¡siempre la pluma en el aire! ¡Qué manía tienen esos señores de servirse de la pluma!”.
—¡Eh! excelente forastero, ¿queréis saber la razón? dijo riendo uno de los jugadores que ganaba.
—Veamos, repuso Renzo.
—La razón es, que como esos señores comen gansos, se encuentran con tantas y tantas plumas, que es indispensable hagan de ellas alguna cosa.