Todos se echaron á reir, á excepción del compañero que perdía.

—¡Oh, oh! dijo Renzo; ¡aquél es un poeta! ¡También tenéis aquí poetas! ¡en el día nacen por todas partes! Yo también tengo una vena, y algunas veces digo algunas bellas... pero cuando las cosas van bien.

Para comprender este chiste del pobre Renzo, es preciso saber que á los ojos del vulgo de Milán, y sobre todo á los de sus alrededores, la palabra poeta no significaba ya entonces, como para todos los hombres ilustrados, un ingenio sublime, un habitante del Pindo, un discípulo de las musas, sino al contrario, un cerebro extravagante y lunático, que en sus palabras tenía más de picante y de singular, que de razonable. ¡De tal modo los que echan á perder al vulgo, se han atrevido á violentar las palabras y hacerle decir las cosas más lejanas de su legítimo significado! Pues yo pregunto: ¿qué tiene de común la palabra poeta con el cerebro lunático?

—Mas yo diré la verdadera razón, añadió Renzo; es porque la pluma la tienen ellos; y así las palabras que dicen, vuelan al instante y desaparecen; por el contrario, están muy atentos á los menores dichos de un pobre muchacho; y pronto, pronto los enfilan con aquella pluma y los clavan sobre el papel, para servirse de ellos á su debido lugar y tiempo. Tienen, además, también otra malicia: cuando quieren confundir á un infeliz joven que no sabe leer, pero que tiene un poco de... yo me entiendo perfectamente... y para hacerse comprender se pegaba en la frente con el extremo del índice; y cuando conocen que él empieza á entender el enredo, zas, meten en la conversación algunas palabras en latín, para hacerle perder el hilo y embrollarle la cabeza. ¡Basta! Es indispensable que desaparezca dicha costumbre. Hoy, á buena cuenta, se ha hecho todo vulgarmente, sin papel, pluma ni tintero: mañana, si el pueblo sabe gobernarse, se hará mejor aún, sin tocar un cabello á ninguno, y todo con justicia.

Entretanto algunos de los compañeros se habían puesto á jugar, otros á comer, muchos á gritar; algunos también se iban, y otros venían. El posadero atendía á todos; pero esto no tiene nada que ver con nuestra historia. El incógnito guía no hacía ademán de irse; no tenía, al parecer, ningún quehacer allí, y sin embargo, no quería partir sin haber conversado otro poco con Renzo, en particular: volvióse hacia él, tocó de nuevo la conversación acerca del pan; y después de algunas de aquellas frases que de algún tiempo corrían por todas las bocas, puso en ejecución su proyecto.

—¡Ah! si yo mandase, ya encontraría el medio de arreglar las cosas.

—¿Cómo lo haríais? dijo Renzo, mirándole con los ojos más brillantes que de ordinario, y torciendo un poco la boca, como para prestar más atención.

—¿Cómo lo haría? contestó aquél; querría que hubiese pan para todo el mundo, tanto para los pobres como para los ricos.

—¡Ah! muy bien, replicó Renzo.

—He aquí cómo: una tarifa razonable, al alcance de todos, y después distribuir el pan en razón de las bocas; porque hay golosos indiscretos que lo quieren todo para ellos; todo lo pillan, lo arañan todo, y después falta el pan á los pobres. Es indispensable, dividir el pan; ¿y cómo se hace? del modo siguiente: dando una tarjeta á cada familia en proporción de las bocas, para ir á tomar el pan á las panaderías. Á mí, por ejemplo, debería dárseme una tarjeta en esta forma: Ambrosio Fusella, espadero de profesión, con mujer y cuatro hijos, todos en edad de comer pan (notad bien esto), que se les dé tal cantidad, y que pague tanto. Pero sería preciso hacer las cosas justas, siempre en razón de las bocas. Á vos, supongamos, deberían daros una tarjeta para... ¿vuestro nombre?