—Lorenzo Tramaglino, dijo el joven; el cual desvanecido con el proyecto, no reflexionaba que estaba fundado sobre el papel, la pluma y la tinta; y que para ponerlo en ejecución, la primera cosa era recoger los nombres de las personas.

—Muy bien, dijo el desconocido; pero ¿tenéis mujer é hijos?

—Bien debería... hijos, no... es demasiado pronto... pero mujer... si el mundo fuese como debía ser...

—¡Ah, sois solo! pues tened paciencia, se os daría una porción más pequeña.

—Es justo; mas si pronto, como espero... y con el auxilio de Dios... basta: ¿y cuando tuviese también mujer?...

—Entonces se cambia la tarjeta, y se aumenta la porción, según ya os he dicho; siempre en razón de las bocas, dijo el desconocido levantándose.

—Así estaría muy bien, exclamó Renzo, y continuó gritando y dando puñadas sobre la mesa: ¿y por qué no hacen una ley de este modo?

—¿Qué queréis que os diga? Entretanto os deseo una buena noche, y me voy, porque pienso que mi mujer é hijos me esperarán hace ya tiempo.

—Otro trago, otro trago, gritaba Renzo, llenando precipitadamente el vaso de aquél: y habiéndose levantado de súbito, lo cogió por un extremo del jubón, y tirándole con todas sus fuerzas para hacerlo sentar de nuevo, repitió: otro traguito, no me hagáis este desprecio.

Mas el amigo se libró por medio de una sacudida; luego, dejando hacer á Renzo un diluvio de instancias y de reconvenciones, le dijo de nuevo: “Buenas noches”, y partió. Renzo seguía aún hablándole, cuando aquél estaba ya en la calle, después de lo cual cayó desplomado sobre el banco. Fijó los ojos sobre aquel vaso que había llenado; y viendo pasar por delante de la mesa al mozo, le hizo señas de que se parase, como si tuviera que comunicarle alguna cosa importante: le enseñó el vaso, y con pronunciación lenta y solemne, acentuando las palabras de cierto modo particular, dijo: “¡Helo aquí! Lo había preparado para aquel buen hombre; mirad, está lleno enteramente: es de amigo, mas él no le ha querido; á veces, la gente tiene ideas singulares; yo no tengo la culpa; mi buen corazón lo ha manifestado: ahora, ya que la cosa está hecha, es preciso no dejarla perder”. Dicho esto lo tomó y lo apuró de un trago.