—Quedo enterado, dijo el mozo yéndose.

—¡Ah, vos estáis enterado también! replicó Renzo: pues es verdad. ¡Cuando las razones son justas!...

Aquí es indispensable todo el amor que profesamos hacia la verdad, para hacernos proseguir fielmente una narración que honra tan poco á un personaje tan principal, y casi podríamos decir, al héroe de nuestra historia. Por esta misma razón de imparcialidad, debemos, sin embargo, advertir, que es la primera vez que á Renzo le sucedía una cosa semejante; y esto era precisamente la poca costumbre que tenía de cometer excesos, siendo la causa, en gran parte, de que el primero le fuese tan funesto. Los pocos vasos que había bebido al principio, unos después de otros, contra su costumbre, ya sea para apagar el ardor de su garganta, ya por cierta alteración de ánimo, que no le dejaba hacer nada con medida, le subieron con presteza al cerebro: á un bebedor un poco ejercitado no le hubiera producido otro efecto que quitarle la sed. Sobre esto nuestro anónimo hace una observación, que nosotros repetiremos, y valga lo que valiere. Los hábitos moderados y honestos, dice, tienen también la ventaja de que, cuanto más inveterados y arraigados están en un hombre, tanto más fácilmente, cuando él quiere desviarse, se resiente al instante de ellos; de modo, que se acuerda después por mucho tiempo, y una falta le sirve de lección.

Sea lo que quiera, cuando los vapores hubieron subido á la cabeza de Renzo, vino y palabras continuaron aglomerándose, uno sobre otras, sin regla ni concierto. En el momento en que lo hemos dejado, estaba ya según podía. Sentía grandes deseos de hablar: oyentes, ó á lo menos á los que podía tomar por tales, no faltaban; y por espacio de algún tiempo, aunque las palabras habían venido sin hacerse de rogar, sin embargo, se habían dejado colocar en un orden regular. Mas poco á poco aquel cuidado de concluir las frases empezó á ser sumamente difícil. La idea que se presentaba á su mente, viva y resuelta, se anublaba y desvanecía de repente, y la palabra, después de haberse hecho aguardar por un momento, no era ya la que venía al caso. En semejante angustia, por uno de esos falsos instintos que en tantas ocasiones pierden á los hombres, recurría á la bienaventurada botella; ¿pero qué auxilio podía prestarle ésta en tales circunstancias? Que lo diga el que lo sepa.

Nosotros únicamente referiremos algunas de las muchísimas palabras que dijo en aquella fatal noche; las muchas que omitimos desdicen demasiado, porque no sólo no tienen sentido, sino tampoco visos de tenerlo, condición necesaria en un libro impreso.

—¡Ah, patrón, patrón! Volvió á empezar dirigiendo la vista alrededor de la mesa y bajo la campana de la chimenea, fijándola con frecuencia en donde no estaba, y hablando siempre en medio del bullicio de la compañía: aunque eres posadero no puedo digerir... la pregunta del nombre, apellido y negocio. ¡Á un buen muchacho como yo!... No te has portado bien. ¿Qué satisfacción, qué ventaja, qué gusto... de poner en el papel á un pobre joven? ¿Digo bien, señores? Los posaderos debían estar á favor de los pobres muchachos... Escucha, escucha, patrón; quiero hacerte una comparación... por la razón... ¿se ríen, eh? Estoy un poco alegre... pero digo las cosas bien. Dime, ¿qué es lo que mantiene tu hostería? ¿Los pobres muchachos, no es verdad? Mira si esos señores de las ordenanzas vienen nunca á tu casa á echar un trago.

—Es gente que no bebe más que agua, dijo uno que estaba próximo á Renzo.

—Quieren estar en sí, añadió otro, para poder decir con más propiedad mentiras.

—¡Ah! gritó Renzo, ya ha hablado el poeta. Oíd, pues, también vosotros mis razones: responde tú igualmente, patrón. Y Ferrer, que es el mejor de todos, ¿ha venido jamás aquí á echar un brindis y á gastar un solo maravedí? ¿Y aquel perro asesino de don...? Me callo, porque tengo el cerebro demasiado... Ferrer y el padre Crrr... Yo me entiendo, son dos excelentes hombres; pero como éstos hay pocos. Los viejos son aún peores que los jóvenes, y los jóvenes... son... peores aún que los viejos. Sin embargo, estoy contento de que no haya habido sangre; éstas son barbaridades que están únicamente reservadas para el verdugo. Pan, ¡oh! esto sí. Yo he recibido terribles empujones: pero... también los he dado. ¡Paso! ¡Abundancia! ¡Viva!... y con todo, Ferrer también... algunas palabritas en latín... si es baraos trapalorum... ¡Maldito viejo! ¡Viva! ¡Justicia! ¡Pan! ¡ah! He aquí las palabras perfectas. Allí quisiéramos esos hombres... cuando se dejó oir aquel maldito ton, ton, ton, y después aún ton, ton, ton. No se trataba absolutamente de huir entonces, sino de tener allí al cura: ¿sé acaso lo que me digo?

Á estas palabras bajó la cabeza, y permaneció algún tiempo como absorto en una idea: después arrojó un gran suspiro y levantó la frente, con los ojos inflamados, con una emoción tan violenta que, ¡ay del que la causaba si se hubiese presentado en aquel momento! Mas aquellos hombres que habían ya empezado á divertirse con la elocuencia apasionada y embrollada de Renzo, aún más se divertían con su aire compungido. Los más cercanos decían á los otros: mirad; y todos se volvían hacia él; tanto, que llegó á ser el hazme reir de la reunión. No es decir por esto, que todos estuviesen en su sentido común, ó en el que ellos tenían de ordinario; pero para decir verdad, ninguno estaba tan falto de él como el pobre Renzo; y además de esto, hay que tener en cuenta que era campesino. Se miraban unos á otros para excitarlo con preguntas necias é impertinentes, y con cumplimientos irónicos. Renzo, tan pronto lo tomaba á mal, como á risa; tan pronto, sin hacer caso de todas aquellas voces, hablaba de otras cosas, ya respondía, ya preguntaba, siempre al revés y sin sentido. Por fortuna, en su desvanecimiento le había quedado, sin embargo, una especie de discreción instintiva para no pronunciar los nombres de las personas; de modo, que el que debía tener más profundamente grabado en su memoria, no fué proferido en aquel sitio. Hubiéramos sufrido demasiado, si ese nombre, hacia el cual experimentamos nosotros mismos un poco de afecto y respeto, hubiese sido denigrado por aquellas infernales bocas, y llegado á ser el juguete de aquellas malvadas lenguas.