—Sí, sí, hijo mío, seréis conducido á casa de Ferrer, respondió el escribano.
En otras circunstancias, éste se hubiera reído de buen grado, á vista de una proposición semejante; mas entonces no era el momento más á propósito para reir. Ya al ir á buscar á Renzo había percibido en las calles un movimiento tal, que no había podido definir si era el resto de una conmoción aún no apaciguada, ó el principio de una nueva: los habitantes de los arrabales bajaban en gran número; se encontraban, marchaban agrupados y se paraban en cuadrillas. Al presente, sin hacer ningún caso, ó esforzándose á lo menos para no hacerlo, aguzaba los oídos y le parecía que el ruido iba siempre en aumento. Deseaba, pues, despachar, mas hubiera querido conducir á Renzo de buena voluntad; porque si se ponía en guerra abierta con él, no podía estar seguro, una vez puesto en la calle, de encontrar también tres contra uno. Por esto se daba de ojo con los esbirros para que tuviesen paciencia y no exasperasen al joven, y por su parte trataba de persuadirlo con buenas palabras. Sin embargo, el joven mancebo, á medida que se vestía poquito á poco, trayendo á la memoria, del mejor modo posible, los sucesos del día anterior, veía bien al propio tiempo que las ordenanzas, el nombre y el apellido, debían ser la causa de todo; ¿pero cómo diablos lo sabía ese hombre, y qué había sucedido aquella noche, para que la justicia se hubiese atrevido con tanta precipitación á ir en derechura á prender á uno de esos buenos muchachos que el día precedente tenían tanta voz en la reunión, y que no debían estar todos dormidos, pues que Renzo oía también en la calle un rumor siempre creciente? Mirando en seguida el rostro del escribano, descubrio la agitación que éste se esforzaba en vano en ocultar. De todo lo cual, así para aclarar sus conjeturas y descubrir terreno, como para ganar tiempo y aun intentar un golpe, dijo: “Bien conozco lo que motiva todo esto, ello es por causa del apellido. Ayer noche, verdaderamente estaba un poco alegre; esos posaderos tienen á veces ciertos vinos tan traidores; y á veces, como digo, se sabe que cuando el vino ha bajado, él es el que habla. Mas si no se trata de otra cosa, al presente estoy dispuesto á dar toda especie de satisfacciones. Por otra parte, vos ya sabéis mi nombre; ¿quién demonios os lo ha dicho?”.
—¡Bravo, hijo mío, bravo! respondió el escribano con ademán sumamente cariñoso: veo que tenéis juicio; y creedme á mí que soy del oficio, vos sois más amable que todos los demás: éste es el mejor medio para salir pronto y bien; con estas buenas disposiciones, en dos palabras seréis despachado y puesto en libertad. Mas yo, ya lo veis, hijo mío, tengo las manos atadas, y no puedo dejaros aquí como yo quisiera. Vamos, despachaos, y venid sin ninguna especie de temor; que cuando verá quién sois... y después, diré... dejadme hacer... basta. Despachaos, hijo mío.
—¡Ah, vos no podéis! entiendo, dijo Renzo; y continuaba vistiéndose, rechazando con ademanes á los esbirros, los cuales trataban de apoderarse de él con el objeto de que se despachase.
—¿Pasaremos por la plaza de la Catedral? preguntó en seguida al escribano.
—Por donde queráis; por el camino más corto, á fin de quedar más pronto en libertad, dijo éste, maldiciendo en su interior el ser obligado á dejar caer aquella pregunta misteriosa de Renzo, que podía llegar á ser el fundamento de otras ciento. ¡Cuando uno nace desgraciado! pensaba. He aquí que cae entre mis manos uno que se ve que no quería otra cosa que cantar; si yo tuviese únicamente el tiempo de respirar, así, extra formam, académicamente, por vía de conversación amistosa, se le haría confesar sin trabajo todo lo que uno quisiera; sería un hombre que llegaría á la cárcel ya perfectamente examinado, sin que se apercibiese de ello; ¡y un hombre de esta especie cae debajo mi férula en un momento tan angustioso! ¡Ah! y no hay medio de evitarlo, continuaba el consabido escribano calculando, prestando atención y retirando la cabeza hacia atrás; no hay remedio, el día amenaza ser peor que el de ayer. Un rumor extraordinario que se dejó oir en la calle, le dió lugar de pensar así: y no pudo menos de abrir los postigos de la ventana para dar una ojeadilla. Vió que era un grupo de gente de la ciudad, la cual á la intimación de dispersarse, hecha por una patrulla, había en un principio contestado con malas palabras, concluyendo, finalmente, por separarse murmurando siempre; lo que pareció al notario una mala señal, fué que los soldados avanzaban con mucha moderación. Cerró los postigos, vaciló un momento acerca de si debía llevar adelante la empresa, ó dejar á Renzo bajo la custodia de dos esbirros, y correr á casa del capitán de justicia para darle cuenta de lo que sucedía. Pero, pensó al momento, se me dirá que soy un cobarde, un pusilánime, y que debía ejecutar las órdenes que me han sido dadas. Estamos metidos en baile; por consiguiente es preciso bailar. ¡Maldita sea la locura! ¡Condenado oficio!
Renzo estaba de pie: los dos satélites se colocaron á ambos lados; el escribano les hizo seña de que no le violentasen demasiado; después, dirigiéndose á Renzo, dijo: Vamos, hijo mío; por favor, despachaos.
Á pesar de todo, Renzo escuchaba, veía y reflexionaba. Estaba ya del todo vestido, á excepción del jubón que tenía en una mano, y cuyos bolsillos registraba con la otra. ¡Hola! dijo, lanzando al notario una mirada muy significativa: aquí había dinero y una carta, señor mío.
—Todo se os devolverá puntualmente, contestó el notario, cuando se habrán llenado algunas pequeñas formalidades. Vamos, marchemos.
—No, no, no, dijo Renzo, sacudiendo la cabeza; esto no me gusta; quiero lo que me pertenece, señor mío. Daré cuenta de mis acciones; pero quiero lo que me pertenece.