—Mejor para vos, mejor para vos, así en dos palabras seréis despachado y podréis ir á evacuar vuestros negocios.

—Dejadme ir ahora, dijo Renzo; nada tengo que ver con la justicia.

—¡Vaya, acabemos! dijo un esbirro.

—¿Nos lo llevamos de veras? replicó el otro.

—¡Lorenzo Tramaglino! repitió el escribano.

—¿Cómo sabe mi nombre vuestra señoría?

—Haced vuestro deber, gritó el notario á los esbirros, los cuales se apoderaron de Renzo para sacarlo fuera del lecho.

—¡Eh! ¡no toquéis al pellejo de un hombre de bien, sin que!... Yo mismo me sé vestir.

—Pues vestíos pronto, dijo el escribano.

—Ya me voy á vestir, repuso Renzo, y andaba presuroso recogiendo sus vestidos esparcidos en desorden por el lecho, como los restos de un naufragio sobre la playa. Luego, empezando á vestirse, proseguía aún diciendo: Pero yo no quiero ir á casa del capitán de justicia; nada tengo que hacer con él: ya que se me hace esta afrenta tan injustamente, quiero ser conducido á la presencia de Ferrer: lo conozco, sé que es una persona excelente, y que me debe favores.