Al amanecer, Renzo roncaba hacía ya cerca de siete horas, y estaba aún en lo más hermoso de su sueño, cuando dos fuertes sacudidas de brazo, y una voz que al pie de la cama gritaba: “¡Lorenzo Tramaglino!” le hizo despertar sobresaltado. Se desperezó, extendió los brazos, abrió con gran trabajo los ojos, y divisó de pie delante de él, y el extremo del lecho, á un hombre vestido de negro, y otros dos armados, el uno á la derecha, el otro á la izquierda de la cabecera. Entre la sorpresa, el sueño y los vapores del vino que sabéis, permaneció un momento como encantado; y creyendo soñar, y no agradándole aquel sueño, procuraba despertarse prontamente.

—¡Ah! ¿Habéis finalmente oído, Lorenzo Tramaglino? dijo el hombre de la capa negra, que era el escribano mismo de la noche anterior. Ánimo, pues; levantaos y venid con nosotros.

—¡Lorenzo Tramaglino! dijo Renzo: ¿qué significa esto? ¿qué me queréis? ¿quién os ha dicho mi nombre?

—Menos charlatanerías y levantaos pronto, dijo uno de los esbirros que estaba al lado de la cama agarrándole de nuevo el brazo.

—¡Hola! ¿qué violencia es ésta? gritó Renzo, retirando el brazo. ¡Posadero, posadero!

—¿Nos lo llevamos en camisa? dijo aún dicho esbirro volviéndose hacia el escribano.

—¿Habéis oído? dijo éste á Renzo; así se hará si no os levantáis pronto, muy pronto, para venir con nosotros.

—¿Y por qué? preguntó Renzo.

—El por qué, lo oiréis del señor capitán de justicia.

—¿Yo? soy un hombre honrado; nada he hecho, y me admiro...