—Volveos á vuestra casa, y sed prudente, replicó el escribano.
—Siempre lo he sido; vuestra señoría puede decir si jamás he dado quehacer á la justicia.
—Y no creáis que ésta haya perdido su fuerza.
—¡Yo! ¡por caridad! no creo nada; no soy más que un posadero.
—La canción de costumbre; jamás tenéis otra cosa que decir.
—¿Qué he de decir? La verdad desnuda.
—¡Basta por hoy! Lo que habéis depuesto no es suficiente; luego veremos el negocio, é informaréis más ampliamente acerca de lo que os podrá ser preguntado.
—¿Qué he de deponer yo? nada sé; apenas tengo cabeza para atender á mis quehaceres.
—Guardaos bien de dejarlo partir.
—Espero que el ilustrísimo señor capitán sabrá que he venido prontamente á cumplir con mi deber. Beso á vuestra señoría las manos.