—¿Que la canalla se haga dueña de Milán?
—¡Oh, justamente!
—¡Veréis, veréis!
—Comprendo muy bien: el rey será siempre el rey; pero el que habrá recibido, se quedará con ello; y naturalmente un pobre padre de familia no tiene deseos de recibir. Vuestras señorías tienen la fuerza; á vosotros es á quienes os toca...
—¿Tenéis aún mucha gente en casa?
—Un montón.
—Y vuestro parroquiano, ¿qué hace? ¿continúa alborotando, exaltando la gente, y preparando desórdenes para mañana?
—¿El forastero, quiere decir vuestra señoría? Se ha ido á acostar.
—¿Tenéis, pues, mucha gente?... ¡Basta! procurad no dejarle escapar.
¿Debo yo acaso hacer de esbirro? pensó el posadero; mas no dijo ni sí, ni no.