—¡Ah, ah! Sabemos bien que ese hombre ha llevado á vuestra posada una gran cantidad de pan robado, y robado con violencia, por medio del saqueo y de la sedición.
—Viene uno con un pan en su faltriquera: ¿sé yo acaso adónde ha ido á tomarlo? Porque si es preciso hablar como en el artículo de la muerte, puedo decir no haberle visto más que un sólo pan.
—Ya; siempre excusándoos, defendiéndoos: el que os oiga á vosotros, todos sois unos santos: ¿cómo podéis probar que aquel pan fué bien adquirido?
—¿Cómo lo he de probar yo? En esto no me meto: yo soy posadero, y nada más.
—Sin embargo, no podréis negar que vuestro parroquiano no haya tenido la temeridad de proferir palabras injuriosas contra las ordenanzas, y de hacer ademanes perjudiciales é indecentes contra las armas de su excelencia.
—Vuestra señoría me permitirá que le diga: ¿cómo puede ser uno de mis parroquianos, si lo he visto ahora por primera vez? Precisamente es el diablo, salvo vuestro respeto, el que lo ha mandado á mi casa; y si yo le hubiese conocido, vuestra señoría sabe muy bien que no hubiera tenido necesidad de preguntarle su nombre.
—Á pesar de todo, en vuestra posada, á presencia vuestra, se han promovido proyectos incendiarios, palabras temerarias, proposiciones sediciosas, murmuraciones, gritos, quejas.
—¿Cómo quiere vuestra señoría que yo atienda á los disparates que pueden decir tantos alborotadores que hablan todos á la vez? Yo no debo mirar más que mis intereses, pues que soy un infeliz: y después vuestra señoría no ignora que el que tiene la lengua suelta, por lo regular tiene las manos ligeras, tanto más, cuanto que eran una cuadrilla, y...
—Sí, sí, dejadle hacer y decir; ¡mañana, mañana veréis si les habrá pasado ya la tontería! ¿Qué creéis vos?
—Yo no creo nada.