—Bien, bien; á tratar de que paguen: con respecto á las conversaciones que tengan sobre el vicario de la provisión, y el gobernador, y Ferrer, y los decuriones, y los caballeros, y la España, y la Francia, y otras necedades semejantes, haced como que no los entendéis; porque si se les contradice, la cosa puede ir en seguida mal; y si se les da la razón, puede por otro lado tener también malas consecuencias. Ya sabéis que algunas veces los que dicen los más grandes disparates... basta; cuando se oyen ciertas expresiones, lo mejor es volver la cabeza y decir: allá voy, como si de otro lado llamase alguno. Además, trataré de volver lo más pronto que pueda.
Dicho esto, bajó con aquélla á la cocina, echó una ojeada alrededor para ver si había algo de nuevo, descolgó de un clavijero su sombrero y su capa, tomó un bastón que estaba en uno de los rincones, y renovando á su mujer, por medio de otra ojeada las instrucciones que le había dado, salió. Mas al paso que hacía todas aquellas operaciones, había vuelto á tomar en su interior el hilo del apóstrofe empezado en el lecho del pobre Renzo, y lo continuaba á medida que iba andando por la calle. ¡Campesino testarudo! Pues aunque Renzo hubiese querido ocultar esta cualidad, se manifestaba en sus discursos, en su pronunciación, en su aspecto y sus maneras. Un día como éste, á fuerza de política, á fuerza de tener juicio, yo sacaba las manos limpias; ¡y era preciso que vinieses tú al fin y al cabo á echarlo todo á perder! ¿Acaso faltan posadas en Milán, para venir á dar precisamente á la mía? Á lo menos si hubieras venido solo, hubiera cerrado un ojo por esta noche, y mañana por la mañana te habría hecho entender la razón: pero no señor, viene en compañía, ¿y de quién? ¡de un polizonte, para componerlo mejor!
Á cada paso, el patrón encontraba paseantes solitarios, ó cuadrillas, ó grupos de gentes que discurrían por las calles hablando bajo. En el presente estado de muda alocución, fué cuando vió venir una patrulla; retirándose á un lado para dejarla pasar, la miró de reojo, y continuó diciendo entre sí: he aquí el látigo de los tontos. Y tú, imbécil, pedazo de asno, por haber visto un poco de pueblo en movimiento que hacía un poco de ruido, se te ha metido en la cabeza que el mundo iba á mudarse. Con este magnífico fundamento tú te has perdido, y quisiste perderme á mí, que no era justo. Yo hacía todo lo posible por salvarte, y tú, imbécil, en cambio, ha faltado muy poco para que no me hayas revuelto la hostería de arriba abajo. Ahora te tocará el ver cómo vas á salir del embarazo; tocante á mí, sabré prevenirme. ¡Como si yo quisiese saber tu nombre por una mera curiosidad mía! ¿Qué importa que te llames Tadeo ó Bartolomé? ¡Efectivamente, gozo mucho en tener la pluma en la mano! Pero no sois vosotros solos los que queréis que las cosas vayan á vuestro modo: demasiado sé también yo que hay ordenanzas de las cuales no se hace ningún caso: ¡bella noticia para que uno tenga necesidad de oírsela á un campesino! Mas tú no sabes que las ordenanzas contra los dueños de posadas, sirven de algo. Quieres dar vueltas al mundo y hablar, é ignoras que cuando se quiere hacerlo á su modo y tener las ordenanzas en el bolsillo, lo primero es hablar con mucho miramiento. ¿Y sabes tú, gran animal, lo que le sucedería á un pobre posadero que fuese de tu opinión, y no preguntase el nombre del que le hacía la gracia de favorecerle? So pena á cualquiera de los expresados posaderos, taberneros y demás, según se deja dicho arriba, de trescientos escudos... ¡Sí, se les cobrarán trescientos escudos, y para gastarlos tan bien! para ser aplicados, los dos tercios á la real cámara, y el otro al acusador ó delator: ¡qué angelito! y en caso de insolvencia, cinco años de galeras y mayor pena, pecuniaria ó corporal, al arbitrio de su excelencia. ¡Obligadísimo á sus favores!
Á estas palabras, el posadero pisaba el umbral del palacio de justicia. Allí, como en todas las demás oficinas, había mucho que hacer; por todas partes se atendía á dar las órdenes que parecían más propias á prevenirlo todo para el día siguiente, á quitar todo pretexto á la rebelión, á enfriar la audacia de los que desean nuevos desórdenes, y asegurar la fuerza en las manos acostumbradas á emplearla. Se aumentó el número de los soldados que guardaban la casa del vicario: las bocacalles fueron atajadas con vigas atravesadas, atrincheradas con carros. Se mandó á todos los horneros que trabajasen en hacer pan sin descansar; se expidieron correos á los pueblos circunvecinos, con orden de enviar trigo á la ciudad; se comisionaron nobles para que fuesen á los hornos muy de mañana, á fin de que velasen la distribución del pan, y contuviesen á los revoltosos, por la autoridad de su presencia y buenas palabras. Pero para dar, como vulgarmente se dice, un golpe en el aro y otro en el tonel, y para hacer más eficaces los consejos con un poco de miedo, se pensó en el modo de echar mano á algunos sediciosos. Este cuidado correspondía, principalmente, al capitán de justicia, el cual, cualquiera puede figurarse con qué ojos vería las insurrecciones y los insurrectos, con una venda de agua vulneraria que llevaba sobre uno de los órganos de la profundidad metafísica. Sus sabuesos se habían puesto en campaña desde el principio del tumulto; y el consabido Ambrosio Fusella era, según ha dicho ya nuestro posadero, un polizonte disfrazado, enviado para que diese vueltas con el objeto de coger con las manos en la masa á alguno; como igualmente para espiarlo, conocerlo y atraparlo, apoderándose de él por la noche, cuando estuviese todo tranquilo, ó si no al día siguiente. Después de haber oído cuatro palabras del famoso sermón de Renzo, le había echado tontamente el fallo encima; pareciéndole un culpable excelente hombre, justamente lo que él deseaba. Viendo en seguida, que había llegado nuevamente de su pueblo, había intentado el golpe maestro de conducirlo en caliente á la cárcel, como á la posada más segura de la ciudad; mas el negocio le salió fallido, según hemos visto. Sin embargo, pudo llevar á la policía las noticias seguras del nombre, apellido y patria, además de otras muchas conjeturas que había hecho; de modo que, cuando el posadero llegó á aquel punto para dar cuenta acerca de lo que sabía de Renzo, tenían ya más noticias que él. Entró en la pieza acostumbrada é hizo su deposición; alegó cómo un forastero había ido á hospedarse en su casa y que no había querido manifestar su nombre.
—Habéis cumplido con vuestro deber en informar á la justicia, dijo un escribano del crimen, abandonando la pluma; pero ya lo sabíamos.
—¡Gran secreto pensó el patrón! ¡se requiere un gran talento!
—Y también sabemos, continuó el escribano, ese respetuoso nombre.
¡Diablo! ¿el nombre también? ¿Cómo lo han hecho? pensó el posadero esta vez.
—Mas vos, replicó el otro con grave semblante, vos no lo decís todo sinceramente.
—¿Qué es lo que debo decir más?