—Ánimo; desnudaos pronto, continuó el posadero, y al consejo añadió la ayuda, que le era muy necesaria. Cuando Renzo se hubo quitado el jubón, aquél, habiéndolo tomado, metió en seguida las manos en los bolsillos, con el objeto de ver si estaban exhaustos. Los encontró, y pensando que al día siguiente su parroquiano tendría otra cosa que hacer que pagarle, y que la hacha caería probablemente en manos de donde él no podría hacerla salir, quiso probar si á lo menos conseguía concluir ese otro negocio.
—Vos sois un buen muchacho, un hombre honrado, ¿no es verdad? le dijo.
—Buen muchacho, hombre honrado, respondió Renzo, haciendo siempre trabajar sus dedos con los botones de los calzones que no había aún podido quitarse.
—Bien, replicó el posadero, saldad, pues, ahora esa cuentecita, porque mañana tengo que salir á ciertos negocios...
—Esto es muy justo, dijo Renzo, al fin yo soy un hombre honrado, aunque astuto; ¡mas los dineros! ¡ahora es preciso que yo los busque!
—Helos aquí, repuso aquél; y poniendo en obra todo su saber, toda su paciencia, y toda su destreza, logró hacer la cuenta con Renzo y hacerse pagar.
—Dadme una mano, patrón, para que yo pueda acabar de desnudarme, dijo Renzo. Veis, yo también comprendo que tengo un grandísimo sueño.
El posadero le dió el auxilio que reclamaba; hizo más: extendió el cobertor sobre él, y le dijo afectuosamente: buenas noches. Mas Renzo roncaba ya. Después, por aquella especie de atracción que nos lleva algunas veces á considerar un objeto de odio á la par de un objeto de amor, y que acaso no es otra cosa que el deseo de conocer lo que obra fuertemente sobre nuestro espíritu, se detuvo un momento á contemplar aquel parroquiano tan enojoso para él, y levantando la luz sobre su rostro, y haciéndola con la mano reverberar en él, en la actitud poco más ó menos, en la cual nos pintan á Psyquis, cuando va á espiar furtivamente las formas de su desconocido esposo: ¡Pedazo de asno! dijo en su mente al infeliz dormido; ¡tú mismo te la has buscado: mañana, pues, me sabrás decir qué gusto tendrá!... ¡Majaderos, que queréis ir por el mundo sin saber de qué lado sale el sol, para confundiros á vosotros mismos y al prójimo!
Esto dicho ó pensado, retiró la luz, se puso en movimiento, salió de la habitación, y cerró la puerta con llave. Llegado á la meseta de la escalera, llamó á la posadera, previniéndola que dejase sus hijos al cuidado de su criada, y que bajase á la cocina á hacer sus veces. Es preciso que yo salga, gracias á un viajero que ha llegado no sé cómo diablos aquí, por mi desgracia, le dijo. En seguida le refirió en compendio aquel enojoso contratiempo. Después añadió: ojo avizor, y sobre todo, prudencia, que estamos en un día muy fatal. Tenemos abajo una cuadrilla de desesperados, que entre el beber y entre que naturalmente tienen la lengua larga, hablan de todo sin reparar. ¡Basta!... Si algún temerario...
—¡Oh! no soy niña, y sé lo que es preciso hacer. Hasta aquí, me parece que no se puede decir.