—¡Ay! ¡ay! ¡ay! exclamó el paciente; á los gritos la gente se agrupa alrededor; acude de todas partes de la calle, y la comitiva queda encallada. Es un hombre de mala vida, balbuceaba el escribano á los que le rodeaban; es un ladrón cogido in fraganti; retiraos, dejad pasar á la justicia. Mas Renzo, viendo que la ocasión era favorable, que los esbirros se volvían blancos, ó á lo menos pálidos, si ahora no me aprovecho, pensó interiormente, tanto peor para mí; y de repente se puso á dar voces: “¡Amigos míos! me llevan á la cárcel porque ayer grité pan y justicia; nada he hecho; soy un hombre honrado; socorredme, ¡amigos míos! no me abandonéis”.
Un favorable murmullo, voces manifiestas de protección, se elevaron como en respuesta. En un principio los esbirros mandan, después piden, luego suplican á los más próximos que se retiren y que dejen el paso libre; el tropel, al contrario, los cerca y los estrecha cada vez más. Ellos, á la vista del peligro, sueltan las esposas, y no tratan más que de perderse entre la multitud para deslizarse sin ser vistos. El escribano deseaba ardientemente hacer lo propio, pero era muy difícil á causa de su negra capa. El pobre hombre, pálido y atemorizado, trataba de encogerse, de hacerse el pequeño; esquivaba el cuerpo para salir de entre la gente, mas no podía alzar los ojos sin ver otros veinte clavados sobre él. Estudiaba todas las maneras de aparecer como un extraño que, pasando por allí al acaso, se había hallado en medio de la muchedumbre como una pequeña paja en medio de una menuda red; y encontrándose cara á cara con un individuo que le miraba fijamente con peor ceño que los demás, compuso su boca de modo que apareciese en ella la sonrisa, y haciéndose el inocente le preguntó: ¿qué ha sucedido?
—¡Oh, infame cuervo! repuso aquél. ¡Cuervo, cuervo! resonó por todas partes. Á los gritos añaden los empujones, de modo que al poco tiempo, ya á favor de sus piernas, ya con los codos de los demás, obtuvo lo que más le apremiaba en aquel momento; esto es, el salir de aquella barahunda.
CAPÍTULO DECIMOSEXTO
¡Huye! ¡huye! buen hombre; ¡he aquí un convento, allí tienes una iglesia! ¡por aquí! ¡por allí! gritan de todas partes á Renzo. Tocante á huir, júzguese si tenía necesidad de que se lo aconsejaran. Desde el momento mismo en que había empezado á concebir las esperanzas de escapar de las garras de la policía, echó sus cuentas, y pensó que si lo conseguía, saldría sin detenerse, no sólo de la ciudad, sino también del ducado. Porque se había dicho: de cualquier modo que sea, ellos tienen apuntadas mis señas en sus librotes, y con mi nombre y apellido me vienen á prender cuando quieran. Tocante á un asilo, no lo habría buscado hasta que tuviese los esbirros á sus espaldas; porque se había dicho otra vez: Si puedo ser pájaro de bosque, no quiero serlo de jaula. Había, pues, designado para refugiarse cierto pueblo situado en el territorio de Bérgamo, en el cual estaba establecido su primo Bartolo, que si recuerdan los lectores, muchas veces le había invitado á ir. Mas la dificultad consistió en encontrar el camino. Abandonado en un sitio desconocido de una ciudad, para él desconocida también, Renzo tampoco sabía por qué puerta se salía para ir á Bérgamo, y aun cuando lo hubiese sabido, ignoraba el camino que conducía á dicha puerta. Imaginó que le enseñasen el camino alguno de sus libertadores; pero así como en el poco tiempo que había tenido para meditar su posición, le pasaran por la mente ciertas ideas acerca de aquel espadero tan oficioso, padre de cuatro hijos, así, por sí ó por no, no quiso manifestar sus designios á tanta gente reunida, por si acaso hubiese algún otro de la misma índole, resolviendo de súbito alejarse precipitadamente de aquel sitio, y el camino hacérselo enseñar después en un sitio en donde nadie supiese quién era, ni por qué lo preguntaba. En seguida dijo á sus libertadores: “Mil gracias, amigos míos; ¡Dios os bendiga!”. Y saliendo por el lugar que se le hizo inmediatamente, tomó la carrera, se introdujo por una travesía, bajó por una callejuela, y galopó por espacio de largo tiempo sin saber adónde iba. Cuando le pareció que estaba ya bastante lejos, detuvo el paso para no infundir sospechas, y empezó á mirar ya á un lado, ya á otro, para escoger la persona á quien hacer su pregunta, la cara que le inspirase más confianza. Pero aun en esto había dificultad. La pregunta por sí sola era sospechosa; el tiempo urgía; los corchetes apenas vueltos de su pequeño aturdimiento, debían haberse puesto en movimiento para seguir las huellas de su fugitivo; la voz de aquella fuga podía haber llegado hasta allí, y en tales apuros, Renzo debía hacer acaso diez juicios fisionómicos antes de encontrar la figura que le pareciese á propósito. Ese gordiflón que está de pie en la puerta de su tienda con las piernas separadas, las manos detrás, sacado el abdomen, la barba levantada, debajo de la cual colgaba una gran papada, y que no teniendo otra cosa que hacer levantaba alternativamente su temblorosa é informe masa, dejándola caer sobre sus calcañares, tenía el aire de un parlanchín curioso, que en vez de contestar, le hubiera abrumado con preguntas. Ese otro que iba hacia él con los ojos fijos y la boca abierta, lejos de poder enseñar su camino á alguien, parecía apenas saber el suyo. Aquel muchacho, que á la verdad tenía trazas de ser muy despejado, mostraba, sin embargo, ser muy malicioso, y probablemente hubiera tenido el maldito gusto de hacer ir á un infeliz aldeano á la parte opuesta de la que éste deseaba. ¡Cuán cierto es que al hombre embarazado, á cada paso se le presentan nuevos obstáculos! Habiendo visto finalmente á uno que andaba muy aprisa, pensó que éste, teniendo regularmente algún negocio apremiante, le contestaría con prontitud, sin necesidad de más habladurías, y oyendo que hablaba solo, juzgó que debía ser un hombre franco. Después de haberse aproximado á él le dijo: “Por favor, caballero, ¿tendríais la bondad de decirme por qué lado se va á Bérgamo?”.
—¿Á Bérgamo? por la puerta Oriental.
—Mil gracias; ¿y para ir á la puerta Oriental?
—Tomad esta calle á mano izquierda, encontraréis la plaza de la catedral, y luego...
—Basta, caballero, ya sé lo demás; Dios os lo pague. Después de lo cual se encaminó precipitadamente hacia el lado que le había sido indicado. El interpelado le siguió un momento con la vista, y combinando en su pensamiento aquel modo de andar con la pregunta, dijo entre sí: ó ha hecho alguna, ó alguno se la quiere hacer.
Renzo llegó á la plaza de la catedral; la atravesó, pasó por el lado de un montón de cenizas y carbones apagados, y reconoció los restos de la hoguera, de la cual había sido espectador el día antes; pasó también muy cerca de la escalinata de la expresada catedral, y vió el horno de las muletas, medio destruido y guardado por soldados. Se dirigió vía recta por la calle á la cual había sido arrastrado por la multitud; llegó al convento de capuchinos, echó una ojeada á aquella plaza y á la puerta de la iglesia, y se dijo interiormente: El fraile de ayer me había dado, sin embargo, un buen consejo, el de esperar en la iglesia, con el objeto de hacer algo bueno.