Detúvose un momento á mirar atentamente la puerta por la cual había de pasar, y viendo á lo lejos mucha gente que la guardaba, y teniendo la imaginación un poco acalorada (es preciso compadecerle, pues no le faltaban motivos), experimentó cierta repugnancia en arriesgarse á salir por ella. Se hallaba de manos á boca en un lugar de asilo, en donde con la consabida carta sería bien acogido: tuvo fuertes tentaciones de entrar; mas animándose de súbito pensó: pájaro de bosque hasta que se pueda. ¿Quién me conoce? Ciertamente, los esbirros no se dividirán en pedazos para irme á esperar á todas las puertas. Dirigió una mirada á su alrededor para ver si venían por aquel lado, y no descubrió ni esbirros, ni nadie que pareciese ocuparse de él. Sigue adelante, detiene aquellas benditas piernas que querían correr siempre, mientras sólo convenía caminar, y poco á poco, tarareando á media voz, llegó á la puerta. Había justamente ocupando el paso una porción de guardas, y de refuerzo una compañía de arcabuceros españoles; mas todos estaban ocupados en velar las afueras, para no dejar entrar á las gentes que á la nueva de una sublevación acuden, del mismo modo que los cuervos al campo en donde se ha verificado una batalla; de suerte que Renzo, con aire indiferente, los ojos bajos, y con el andar entre viajero y paseante, salió sin que nadie le dijese nada; pero el corazón le palpitaba con fuerza. Advirtiendo á la derecha un pequeño sendero, entró en él para evitar el camino real, y anduvo un buen pedazo antes de volver atrás la vista.
Camina sin descanso; encuentra á su paso cabañas, pueblos; sigue adelante sin preguntar su nombre, y seguro de alejarse de Milán, confía ir hacia Bérgamo: por el momento esto le basta. De cuando en cuando se volvía, y á cada instante miraba y se frotaba ya una, ya otra muñeca, doloridas todavía, y señaladas en derredor con una rubicunda raya, vestigios de la cuerda. Sus pensamientos eran, como cualquiera puede imaginarse, una confusa mezcla de arrepentimientos, inquietudes, cólera y ternura; era un estudio pesado el traer á la memoria lo que había dicho y hecho la noche anterior, el descubrir la parte secreta de su dolorosa historia, y sobre todo, cómo habían podido averiguar su nombre. Naturalmente sus sospechas recaían sobre el espadero, á quien recordaba habérselo declarado. Y calculando del modo tan astuto con el cual aquél se lo había sacado, en su aspecto, en sus ofertas y en todas sus preguntas, que tendían siempre á querer saber algo, las sospechas se cambiaban casi en certeza, si bien luego se acordaba confusamente de haber continuado charlando después de la partida del espadero; ¿pero con quién? Adivínalo, grillo. ¿De qué? Aunque recurría á la memoria era en vano; ésta no le decía más, sino que en aquel entonces se hallaba fuera de su casa. El infeliz se perdía en aquellas investigaciones: era como un hombre que ha echado muchas firmas en blanco, y que las ha confiado á uno á quien creía el non plus ultra de la honradez, y después al descubrir que es un petardista y un bribón, quiere obtener de éste que le dé á conocer el estado de sus negocios. ¡Pobrecito!, ¿qué ha de conocer? Todo es confusión.
El otro estudio penoso era fundar sobre el porvenir algún proyecto que no fuese al aire, que le pudiese gustar, y que no tuviese desagradables consecuencias; pero bien pronto lo más aflictivo fué poder encontrar el camino. Después de haber andado un buen trozo de él, puede decirse á la ventura, vió que por sí solo no podía lograrlo. Bien es verdad que experimentaba cierta repugnancia al pronunciar la palabra Bérgamo, como si tuviese un no sé qué de sospechoso, de impudente; mas no podía pasar por otro punto. Resolvió, pues, dirigirse, según lo había hecho en Milán, al primer transeúnte, cuya fisonomía simpatizase con él, y así lo verificó.
—Estáis fuera del camino, le respondió éste; y después de haber reflexionado un poco, mitad con palabras, mitad con gestos, le indicó la vuelta que tenía que dar para entrar en el camino real. Renzo le dió las gracias, hizo ademán de poner en ejecución todo lo que se le había dicho, se encaminó en efecto, hacia aquel lado con la intención de acercarse al dicho camino real, de no perderlo de vista, de andar costeándolo del mejor modo posible, pero sin poner los pies en él. El designio era más fácil de concebir que de ejecutar. Por último, así andando de derecha á izquierda, y como si dijéramos, haciendo eses, en parte siguiendo las demás indicaciones que se animaba á buscar por todos lados, en parte corrigiéndolas según sus luces y adaptándolas á su intento, ya también dejándose guiar por los caminos en los cuales se hallaba empeñado, nuestro fugitivo había hecho ya cerca de doce millas, cuando no estaba distante de Milán más de seis. Tocante á Bérgamo, era una gran dicha si no se había alejado más. Por lo tanto, empezó á persuadirse que de aquella manera no llegaría á conseguir lo que deseaba, y en su consecuencia trató de buscar otro expediente. El que le vino á la imaginación fué inquirir, por medio de alguna astucia, el nombre de algún pueblo cercano á la frontera, al cual se pudiese dirigir por caminos de travesía, y preguntado por dicho pueblo, se haría enseñar el camino sin necesidad de sembrar por do quier la consabida pregunta sobre Bérgamo, que le parecía oler tanto á fuga, á expulsión y á criminal.
Mientras buscaba el modo de reunir todas aquellas noticias sin promover sospechas, vió un verde ramo pendiente en lo alto de la puerta de una aislada cabaña, en las afueras de un lugarcillo. Hacía algún rato que sentía aumentársele la necesidad de restaurar sus fuerzas; calculó que aquel paraje sería á propósito para matar dos pájaros de un sólo tiro, y entró. No había allí más que una anciana con la rueca al costado y el huso en la mano. Pidió algo que comer, y le fué ofrecido un poco de stracchino y vino excelente. Aceptó aquél y rehusó éste (pues le había cogido odio á causa de la mala jugada que le había hecho la noche anterior); se sentó, suplicando á la anciana que se diese prisa. Ésta en un instante lo puso en la mesa, y empezó de súbito á abrumarle con preguntas, tocante á lo que él era y á los grandes acontecimientos de Milán, cuyas voces habían llegado hasta allí. Renzo, no sólo supo eludir las preguntas con mucha destreza, sino que aprovechándose de la dificultad misma, hizo servir á su intento la curiosidad de la vieja que le preguntaba adónde se dirigía.
Tengo que ir á varias partes, respondió, y si puedo ahorrar un poquito de tiempo, querría detenerme un instante en ese pueblo de bastante consideración, que se halla en el camino de Bérgamo, próximo á la frontera, pero, sin embargo, perteneciente al territorio de Milán... ¡Cómo se llama! Regularmente habrá alguno, pensaba entre sí.
—El que queréis decir es Gorgonzola, contestó la anciana.
—¡Gorgonzola! repitió Renzo, como para grabar mejor el nombre en su memoria. ¿Está muy distante de aquí? replicó en seguida.
—No lo sé exactamente; estará quizá unas diez ó doce millas. Si estuviese aquí alguno de mis hijos, os la sabría decir.
—¿Y creéis que se pueda ir por esos lindos senderos sin tomar el camino real, que tan lleno está de polvo? pero, ¡qué polvo! ¡Ya se ve, hace tanto tiempo que no llueve!