—Sería preciso estar allí para saberlo, replicó Renzo.
—¿Pero vos, no venís de Milán?
—Vengo de Liscate, respondió con prontitud el joven, que en el ínterin había calculado la contestación. Efectivamente, hablando en rigor, venía de dicho punto, porque había pasado por él, y el nombre lo supo, en cierto paraje del camino, por medio de un viajero que le había indicado que era el primer pueblo que tendría que atravesar para llegar á Gorgonzola.
—¡Oh! dijo el amigo, como si quisiese dar á entender: hubierais hecho mejor en venir de Milán; mas, paciencia... ¿Y en Liscate, añadió, no se sabía nada de Milán?
—Podría ser muy bien que alguno supiese algo, repuso el aldeano; pero yo, no he oído nada.
Y dichas palabras las profirió de esa manera particular que parece querer decir: he concluido. El curioso volvió á su sitio; y un momento después, el posadero se llegó á ponerle la comida en la mesa.
—¿Cuánto hay de aquí al Adda? le dijo Renzo entre dientes, con el ademán del bobo, que ya le hemos visto tomar algunas veces.
—¿Al Adda... para atravesarlo?
—Esto es... sí... al Adda.
—¿Queréis pasar por el puente de Cassano, ó por la barca de Canónica?