—Por cualquier parte que sea... Únicamente lo pregunto por mera curiosidad.

—Es que yo lo digo porque ésos son los sitios por donde pasan las gentes de bien, los que pueden dar cuenta de sus acciones.

—Muy bien, ¿y cuánto dista?

—Haced cuenta, que tanto por un paraje como por otro, poco más, poco menos, habrá unas seis millas.

—¡Seis millas! no creía que estuviera á tanta distancia, dijo Renzo; y luego replicó en seguida, con un aire de indiferencia llevado hasta la afectación: Y luego, si hubiese alguno que tuviera necesidad de acortar, ¿hay otros sitios para poder pasar?

—Seguramente, respondió el posadero mirándole fijamente con ojos de maligna curiosidad. Esto bastó para hacer expirar en la boca del joven las demás preguntas que tenía dispuestas. Trajo el plato hacia sí; y clavando la vista en el medio cuartillo de vino, que el posadero había puesto sobre la mesa, juntamente con aquél, dijo: “¿El vino es puro?”.

—Como el oro, repuso el posadero; preguntad si no á todos los habitantes del pueblo y sus contornos, que lo saben, y después juzgaréis. Así diciendo se fué á reunir á la compañía.

¡Qué malditos posaderos! exclamó Renzo interiormente: cuanto más los conozco, peores los encuentro.

Sin embargo, se puso á comer con gran apetito, prestando al propio tiempo oído, sin demostrarlo, con el objeto de descubrir terreno, de inquirir lo que se juzgaba en el pueblo acerca del grande acontecimiento, en el cual había tenido no pequeña parte, y de observar especialmente si entre aquellos habladores habría algún hombre de bien de quien pudiese fiarse un pobre muchacho para preguntarle el camino, sin temor de ser puesto en apreturas, y forzado á hablar de sus asuntos.

—Mas, decía uno, esta vez parece que los milaneses han querido hacerlo de veras. Basta; mañana á lo más tarde se sabrá algo.