—Me arrepiento de no haber ido á Milán esta mañana, decía otro.
—Si vas mañana, yo iré también, repuso un tercero, y después otro, y otro.
—Lo que yo quisiera saber, replicó el primero, es si esos señores milaneses pensarán además en la pobre gente de fuera, ó si tratarán de que se hagan buenas leyes, únicamente para ellos. Bien sabéis cómo son. ¡Orgullosos ciudadanos! ¡todo lo quieren para ellos! ¡los demás, como si no existieran!
—Nosotros también tenemos boca, no sólo para comer, sino también para exponer nuestras razones, dijo otro con acento tanto más modesto, cuanto que la proposición era más avanzada; y cuando la cosa esté bien encaminada... Pero creyó mejor no concluir la frase.
—No es sólo en Milán en donde hay grano oculto, empezaba otro con ademán misterioso y maligno, cuando he aquí que oyen acercarse un caballo. Todos corren hacia la puerta; y habiendo reconocido al que llegaba, se apresuran á salirle al encuentro. Era éste un comerciante de Milán, que yendo muchas veces al año á Bérgamo, con motivo de su tráfico, solía pasar la noche en aquella posada; y como encontraba casi siempre la misma reunión, los conocía casi á todos. Se agrupan á su alrededor; uno coge la brida, otro el estribo.—¡Bien venido, bien venido!
—Bien hallados.
—¿Habéis tenido buen viaje?
—Bonísimo; ¿y á vosotros, qué tal os va?
—Bien, bien. ¿Qué noticias traéis de Milán?
—¡Oh! hay grandes y famosas novedades, dijo el comerciante desmontándose y dejando el caballo en manos de un mozo: y además, continuó entrando acompañado de toda la reunión, y á estas horas lo sabréis, acaso, mucho mejor que yo.