—¡De veras! Nada sabemos, dijeron algunos, poniéndose la mano sobre el corazón.

—¿Es posible?... repuso el comerciante. Pues oiréis hermosas cosas... ó más bien feas. ¡Eh, patrón! mi cama de costumbre, ¿está desocupada? Bien: un vaso de vino, y mi consabido guisado: pronto, pronto; porque quiero acostarme en seguida, para partir mañana muy temprano, y llegar á Bérgamo á hora de almorzar. Y vosotros, añadió, yendo á sentarse al lado opuesto, al cual estaba Renzo silencioso y atento, ¿no sabéis todas las diabluras de ayer?

—De ayer, sí.

—Mirad, pues, cómo sabéis las novedades. Bien decía yo, que estando aquí siempre de guardia para acechar á los que pasan...

—Pero hoy, hoy, ¿qué ha ocurrido?

—¡Ah! ¿hoy? ¿no sabéis nada hoy?

—Nada absolutamente; no ha pasado nadie.

—Pues dejadme remojar los labios, y después os explicaré las cosas de hoy: veréis.

Llenó el vaso, lo cogió con una mano, luego con los dos primeros de la otra, levantó los bigotes, se alisó la barba, bebió, y repuso: Hoy, mis queridos amigos, poco ha faltado que no haya sido un día tan turbulento como el de ayer, ó todavía peor; y casi me parece no ser verdad el estar aquí hablando con vosotros; porque había ya abandonado toda idea de viaje, con el único fin, de permanecer guardando mi pobre tienda.

—¿Qué diablo había? dijo uno de los oyentes.