—Justamente el diablo; veréis: y trinchando la carne que se le había puesto delante, y después comiendo, continuó su narración. Los circunstantes de pie á un lado y otro de la mesa, le estaban escuchando con la boca abierta. Renzo en su sitio, sin que pareciese hacer caso, permanecía atento, acaso más que todos, mascando poco á poco los últimos bocados.
—Esta mañana, pues, los bribones que ayer movieron aquel tremendo alboroto, se hallaron en los sitios convenidos (estaban ya de inteligencia, y lo tenían todo preparado de antemano): se reunieron, y empezaron el bonito cuadro de ir corriendo de calle en calle, dando gritos, para juntar á la demás gente del pueblo. Podía compararse aquello, como cuando se barre la casa (con respeto hablando), que cuanto más se avanza mucho más se aumenta el montón de inmundicia. Cuando les pareció que había suficiente gente, se dirigieron á la casa del señor vicario de la provisión. ¡Como si no bastaran las atrocidades que le hicieron ayer! ¡á un señor de su clase! ¡malvados! ¡Y las injurias que vomitaban contra él! Todo era inventado, por supuesto; él es un buen señor, puntual: yo puedo decirlo, que sé todo lo de la casa, y le proveo de tela para la librea de su servidumbre. Se encaminaron, pues, á dicha casa: ¡era preciso ver qué canalla! ¡qué fachas! Figuraos que han pasado por delante de mi tienda: tenían tales caras, que... los judíos del Viacrucis no servían para descalzarlos. ¡Y las blasfemias que salían de aquellas bocas! era cosa de taparse los oídos si no hubiese sido porque no tenía cuenta el darse á conocer. Iban, pues, con la buena intención de saquear; pero... Y aquí levantando y extendiendo la mano izquierda, colocó el extremo del pulgar en la punta de la nariz.
—¿Pero?... dijeron casi todos los oyentes.
—Pero, continuó el comerciante, se encontraron con la calle cerrada con vigas y carros, y detrás de esta barricada, una magnífica hilera de migueletes, con los arcabuces preparados para recibirlos. Cuando vieron aquel bello aparato... ¿qué hubierais hecho vosotros?
—Volver atrás.
—Seguramente; así lo hicieron. Pero, ¡ved si no era el demonio el que los conducía! Están en el Cordusio; ven el horno que ayer habían querido saquear, ¿y qué se hacía dentro de aquella tienda? Se distribuía el pan á los compradores. Había allí caballeros, la flor de los caballeros, que vigilaban para que todo fuese con orden. Aquéllos (como iba diciendo, tenían el diablo en el cuerpo, y éste era el que los azuzaba), aquéllos entraron como desesperados; pilla tú, que yo también pillaré: en un abrir y cerrar de ojos, caballeros, panaderos, compradores, panes, bancos, mostrador, cajones, sacos, cedazos, salvado, harina, pasta, todo está revuelto de arriba abajo.
—¿Y los migueletes?
—Los migueletes tenían que guardar la casa del vicario: no se puede al mismo tiempo repicar y andar en la procesión. Repito que fué en un abrir y cerrar de ojos: coge, coge; todo lo que había que tomar fué llevado. Después se pensó en reproducir la misma diversión de ayer; esto es, el conducir lo restante á la plaza y hacer una hoguera. Ya empezaban los bribones á sacarlo todo de la casa, cuando uno más infame que los demás... ¡Adivinad la proposición que salió de su caletre!
—¿Qué fué?
—Hacer un gran montón de todo, en la tienda, y pegarle fuego juntamente con la casa.