—¿Y lo han verificado?

—Esperad: un buen hombre del vecindario ha tenido una inspiración del cielo. Sube á las habitaciones, busca un Crucifijo, lo encuentra, lo coloca en una ventana, toma de la cabecera de un lecho dos velas benditas, las enciende, y las pone á ambos lados de dicho Crucifijo. La gente levanta la vista. En Milán, es preciso decirlo, se conserva todavía un poco de temor de Dios: todos vuelven en sí; quiero decir, la mayor parte. Había diablos que por robar hubieran pegado fuego aun al mismo paraíso; pero viendo que la multitud no era de su parecer, han sido obligados á ceder y estarse quietos. ¡Acertad ahora lo que sucede de improviso! Todos los canónigos de la catedral en procesión, con la cruz, en traje de oro, y monseñor Manzeta, arcipreste, empezó á predicar por un lado, y monseñor Settala, penitenciario, por otro, y después otros por aquí y por allí. Pero, ¡buenas gentes! ¿qué queréis hacer? ¿Es este el ejemplo que dais á vuestros hijos? Volveos á casa; ¿no sabéis que el pan se ha puesto barato más que antes? Pero, id á verlo, que el aviso está fijado en las esquinas.

—¿Era verdad?

—¡Diablo! ¿Queréis que los señores canónigos fuesen de gran capa á decir mentiras?

—¿Y qué hizo el pueblo?

—Fueron yéndose poco á poco; corrieron á las esquinas; y el que sabía leer, allí precisamente se encontraba la meta. Atended un momento: un pan de ocho onzas por un sueldo.

—¡Qué dicha!

—Es una buena viña, con tal que dure. ¿Sabéis cuánta harina se ha desperdiciado entre ayer y esta mañana? La suficiente para mantener todo el ducado por espacio de dos meses.

—¿Y para fuera de Milán, no han hecho alguna buena ley?

—Lo que se ha hecho en Milán no es más que con respecto á la ciudad. No sé qué deciros; para vosotros, será lo que Dios quiera. Por sí ó por no, los alborotos se han concluido. No os lo he dicho todo; ahora viene lo bueno.